Carmelita

Cuando la muerte estaba cabalgando un día a través del monte Carmelo él tomó su camino, donde encontró a un monje mendicante, borracho de tres o cuatro cuartos, con una mirada santa y una sonrisa piadosa, harapiento y gordo y tan descarado como el pecado, que sostenía sus manos e imploraba: ‘Dame, dame en nombre de la Caridad, te ruego. Dame en nombre de la Iglesia. Oh, dame, ¡dame para que sus sagrados hijos puedan vivir!’
Y la muerte replicó, sonriendo largo y ancho: ‘Te daré, santo padre, te daré un paseo’.
Con un estrépito y explosión de sus huesos, él brotó de su famoso caballo pálido, con su lanza, agarró al tipo por el cuello y los pies, y lo puso a horcajadas con la cara hacia atrás.
El monarca rió alto con un sonido que cayó como terrones en el casco sonoro del ataúd:

‘¡Ja, ja! Un mendigo a caballo, dicen, ¡cabalgará al demonio!’, y el golpe de plano de su dardo cayó en la grupa del cargador, que salió galopando.

Rápido, rápido y rápido voló, hasta que las rocas, los rebaños y los árboles que crecían junto al camino se oscurecieron y mezclaron opacos a los salvajes, anchos ojos del jinete en tamaño. Parecidos a un par de tartas de moras. La Muerte rió nuevamente, como una tumba puede reír en un servicio fúnebre estropeado, y las intenciones de los dolientes se frustraron junto al cuerpo levantando su cabeza y objetando más procedimientos en su representación.
Muchos años y días pasaron desde aquellos eventos.
El monje ha sido por mucho tiempo un cadáver polvoriento, y la Muerte jamás recuperó su caballo. Porque el fraile agarró su cola y la condujo a la palidez del monasterio gris, donde la bestia se estableció y fue alimentada con aceite de cebada y pan hasta que creció más gorda que el fraile más gordo, y así en su debido curso fue nombrado Prior.
traducción: Hugo Müller

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