Se dispara la epidemia de opiáceos en Estados Unidos

En West Virginia están esperando una segunda ola. La epidemia que ha golpeado al estado de los Apalaches más fuerte que a ningún otro estado del país finalmente parece estar en retirada. Ahora está avanzando nuevamente. No es coronavirus sino sobredosis de opioides, con un azote conduciendo al resurgimiento del otro.

Covid-19 se ha tomado 93 vidas en West Virginia en los últimos tres meses. Eso es sólo una fracción de aquellos muertos por sobredosis de droga, que causaron más de 1.000 muertes en el estado en 2018, la mayoría por opioides pero también metaanfetaminas (conocidas también como “meth”).

Aquel año fue mejor que el anterior, cuando el estado apalachino parecía dar vuelta la onda de una epidemia que ha asolado la región por dos décadas, destruyendo vidas, separando familias y arrastrando economías locales.

Ahora el coronavirus parece estar deshaciendo los avances hechos contra una epidemia de droga que se ha llevado más de 600.000 vidas en Estados Unidos en las últimas dos décadas. Peor, también está sembrando el terreno para un resurgimiento de largo plazo de la adicción al exacerbar varias de sus condiciones, incluido el desempleo, bajos ingresos y aislamiento, que contribuyeron a la suba de la epidemia de opiáceos y “muertes de desesperación”.

“El número de sobredosisi de opioides se está disparando y pienso que no va a ser fácil de doblegar” dijo el doctor Mike Brumage, ex director de la policía de control de drogas de West Virginia. “Una vez que el tsunami de Covid-19 finalmente retroceda, nos va a dejar con las condiciones sociales que posibilitaron la crisis de opioides que emerge en primer lugar, y aquellas que no se van a ir”.

Para Brumage y otros el coronavirus también ha mostrado lo que puede ocurrir cuando el gobierno toma una emergencia de salud pública seriamente, a diferencia de la epidemia opiácea, que ha sido largamente ignorada, aún cuando la cifra de muertos trepó a cientos de miles.

La AMA (American Medical Association) dijo que está muy preocupada ante los informes que muestran aumentos de las sobredosis en más de 30 estados aún cuando hace faltan meses para esperar datos más actualizados. Agentes de salud pública de Kentucky a Florida, Texas y Colorado, han registrado brotes en las muertes por opiáceos, mientras las ansiedades económicas y sociales creadas por la pandemia de Covid-19 prueban ser tierra fértil para la adicción. Además, Brumage dijo que un número significativo de personas han abandonado programas de tratamiento en la medida que las redes de apoyo fueron desarticuladas por las órdenes de distanciamiento social.

“Soy un firme adherente a la idea de que lo opuesto a la adicción no es la sobriedad, lo opuesto a la adicción es la conexión. Claramente, lo que perdimos con la pandemia es una pérdida de conexión” –dijo el experto yanqui.

“Mucha de la gente que estaba usando el programa ni siquiera tiene banda ancha ni teléfono celular, especialmente aquellos que no tienen techo. Simplemente caen del programa”.

El resurgimiento había sido previsto. En marzo, cuando escalaba Covid-19, Donald Trump advirtió sobre la pérdida humana más allá de las vidas tomadas por el virus. “Vamos a tener tremendos suicidios, ¿pero saben lo que tendremos más que nada? Adicción a las drogas. Verán usar drogas como nadie las había usado antes. Y la gente se estará muriendo por todo el lugar por adicción a la droga” –dijo el presidente.

Brumage y otros estaban doloridos porque creían que la escala de la respuesta del gobierno es necesaria. Pero vieron que la movilización de recursos financieros y políticos se dirigían a afrontar el virus en claro contraste con la respuesta de las sucesivas administraciones a la epidemia opioide.

Emily Walden perdió a su hijo en una sobredodisis de opio y ahora dirige Fed Up!, una ONG que busca reducir los niveles de prescripción de opiáceos en Estados Unidos.

“El congreso actuó inmediatamente con el coronavirus para ayudar a aquellos que perdieron sus empleos, para asegurarse que la gente sería cuidada y que se estaba dirigiendo el problema adecuadamente. Mire la diferencia con la epidemia opioide, no se hace nada para combatirla” –nos aseguró.

Brumage reveló que las instituciones de salud congelaron un proyecto de investigación, de 1 billón de dólares, para encontrar tratamientos al dolor menos adictivos.

“Se ha robado el oxígeno de la habitación y es el único foco de lo que está ocurriendo” dijo Brumage. “También hay una fatiga de la crisis del opio. Se puede pensar en Covid-19 como un huracán mientras la crisis de opiáceos es más como el calentamiento global. Está sucediendo, es lenta, pero no está ocurriendo a la misma velocidad y escala como lo está haciendo el coronavirus ahora”. Brumage atribuye la diferencia en la respuesta, en parte, a actitudes hacia la adicción a las drogas.

“La diferencia entre contraer Covid y morir de una sobredosis es el estigma en torno al uso de drogas. Esto se ha instilado a través de los Estados Unidos: la gente que usa drogas es vista como moralmente deficiente, y por tanto resulta más fácil aislar y alienar a esta gente”.

Walden no acepta esta explicación. Como muchas otras familias devastadas por los opioides, ella ve una catástrofe personal y de salud pública, generada por el poder financiero y político de la industria farmacéutica, al conducir a una prescripción de opiáceos exageradamente alta, siendo éste el factor principal que impulsa y fortalece la epidemia opioide. “Esto lleva a lobbystas y dinero. La gente dice que es el estigma pero no lo es. Hay estigma, pero es sobre ganancias y codicia” –dijo la representante de la ONG anti-opiácea.

El doctor Raeford Brown, ex ejecutivo del Comité Asesor de Opioides de la FDA (Food and Drug Administration), es un crítico pertinaz de la influencia de la industria de drogas sobre la política médica de opiáceos y la respuesta del gobierno a la epidemia. Ve un paralelo con el coronavirus, con estados levantando fuertes órdenes de distanciamiento social demasiado temprano ante la presión de las corporaciones empresariales.

Para rematar nuestro informe, confluye: “Estados Unidos no es bueno en salud pública. Ha fallado la prueba con los opioides y con las pandemias virales. Es más probable que nos mate una enfermedad como éstas que lo hagan los rusos y los chinos. A la hora de enfrentarlos estaremos armados hasta los dientes y dispuestos a arrojarles varias bombas atómicas y supersónicas. Jaja”.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *