Las llaves de la mañana

Cuando una vez en la ventana de su habitación, aprendiendo su tarea para la escuela, la pequeña Luisa se sentó sola en la clara y fresca mañana, ella inclinó sus ojazos marrones a través de la calle vacía y vio a la Muerte obsevarla suavemente en la pálida y dulce luz matinal.

El suyo era un rostro enjuto y cetrino, él se sentó con los ojos medio cerrados, como un viejo marinero en una nave en calma bajo los cielos del trópico. Junto a él en la oscuridad había dejado su bastón y su sombreado sombrero, aquellos que la pequeña Luisa miró bastante claramente desde donde estaba sentada, la estrechez de sus cabellos negros como el carbón, sus manos tan largas y delgadas que apenas parecían agarrar del todo las llaves que colgaban entre ellas: ambas eran de oro, pero una era pequeña, y con esta última él se agitó en el aire, como si fuera a decir “¡Ven aquí, niña, ven a mí!”
Luisa dejó la lección de su libro en el frío alféizar de la ventana, y en la casa durmiente y plena de sol fue suavemente hacia abajo, hasta que se paró en la puerta medio abierta y espió. Pero es extraño decir que donde la Muerte se había sentado a asolearse sólo quedaba una sombra: sólo la capucha redonda de la elevada chimenea y el pequeño sol detrás, habían llamado a la razón a la muerte durmiente con su sombra en el polvo. Pero ella pensaba mucho en lo extrañas que eran las llaves que él portaba, y cuando quiso atraerla, él se había movido muy levemente en el aire.

 

traducción: Hugo Müller

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