La viuda

El lamento ha pacificado su rostro, hasta la esperanza ha de compartir un lugar tan quieto; aún, en el silencio de su corazón, por suerte, si comienza una extraña pisada, o una ocasión de palabra de éxtasis grite a través de la memoria tenuemente clausurada, su alma robará sus ojos para contemplar lo irrevocable, como si la muerte no hubiese tenido el poder para conservarle el largo sueño a quien la había amado.

Ahora todas las cosas adorables que mira parecen adorables en el olvido, y todas las cosas enmudecen lo que no debería ser más rico que cualquier melodía.

Sus manos estrechas, como pájaros que hacen nido para el beneficio de algún viejo instinto, han vaciado un refugio para su rostro, un lugar quieto y estrecho donde, lejos de la luz del mundo ella verá más claro lo que ha pasado. Y sólo los niños pequeños conocen las puertas de oscuridad a través de la cual se ha de ir su sonrisa.

 

traducción: Hugo Müller

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