La soñadora

Cuando un día de verano vino Ana, ella sentía que debía llorar, tan silenciosa estaba la casa despejada y fresca, parecía una casa de sueño. Y seguro, cuando ella abrió la puerta, absorta en aquella quietud, su madre sentada, con la cabeza inclinada, cargada de espaldas, dormida sobre una silla, rápido, rápido dormida; sus dos manos caídas, dobladas sobre sus rodillas, así su pequeño rostro inconciente parecía medio irreal: tan calma, cada rasgo iluminado con la luz pálida del sueño, tan bella su frente, cada problema había sofocado bajo su cabello.

Pero aunque ahora su mente se movía a través del sueño, aún su mirada parecía descansar bajo sus veloces pestañas selladas, sobre su pecho que se movía, sobre Ana, tan quieta, tan quieta se paró ella, su sueño era tan profundo que hasta sus manos sobre sus rodillas parecían saturadas con sueño. Y mientras Ana atisbaba, un espanto como nube se abalanzó sobre ella, y luego, sobre cautelosos pies de ratón ella se deslizó y de puntillas salió nuevamente.

 

traducción: Hugo Müller

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