Fuera de la tierra

Una vez tres alegres granjeros apostaron una libra a que en cada danza despegarían a los otros del suelo.

Pronto se quitaron sus abrigos y se deslizaron, y se pusieron sus aseados y elegantes zapatos.

¡Uno, dos, tres! Y salieron afuera, no demadiado rápido, y no demasiado lento, a la sombra del mediodía del olmo, al sol y a través de la pradera, pasando la escuela, con las rodillas bien inclinadas, chasqueando los dedos, se fueron bailando.

Hacia arriba y a través, y dando vueltas y vueltas, cruzaron charlando el límite de la parroquia, junto al médano de Tupman hicieron su trecho, moviendo el estómago en estilo de tres barras.

Luego derecho a través de Whipham, cuesta abajo, trotando luminosos, pero no demasiado rápido, hacia los campos a Watchet y a través del Wye, vieron deslizarse hasta siete elegantes iglesias, siete elegantes iglesias y cinco viejos molinos, granjas en el valle y oveja en las montañas, el acre de un hombre viejo y el estanque de un hombre muerto, dejaron todo atrás, mientras danzaban atravesando Wool.

Y Wool se fue, como cimas que parecen girar en sueño danzaron en sueño: Withy, Wellover, Wassop, Wo, como un viejo reloj marcharon sus talones. Anduvieron una legua, otra legua y otra legua, y ninguno se cansó ni se echó a perder.
¡Y se anotaron y contemplaron! Pasando el sauce, Leigh se expandía con sus aguas el gran mar verde.

Dice el granjero Bates ‘Yo soplo y soplo, lo que hay debajo del agua, porque, ¡ningún hombre lo sabe!’

Dice el granjero Giles ‘Mi mente se debilita, y un buen hombre hundido está lejos para buscarlo’.

Pero el granjero Turvey, girando sobre las puntas de sus pies, levanta sus polainas e ingresa: abajo, donde las sirenas recogen y tocan sus arpas tintineantes en un día de verde mar, abajo donde las sirenas lindas y con aletas, alisan con sus peines su cabello amarillo…

Bates y Giles se sentaron en la teja contemplando el sombrero flotante de Turvey.
Pero nunca una onda ni una burbuja decían dónde estaba comiendo de platos de oro.

Nunca un eco atravesó el mar de la fiesta, el baile y la música.

Llamaron, llamaron, llamaron, no hubo respuesta: nada excepto el susurro arenoso de las olas.
Entonces se sentaron silenciosos y sombríos, vagamente melancólicos del hogar y la cama, hasta que ambos se pararon juntos y dijeron: Nosotros no sabemos ni soñamos donde has estado, Turvey, sólo que en las profundidades del mar azul, pero viene plata acuciante, y viene más dispuesta, aquí estamos los dos pagando nuestros cuarenta pesos, porque hay algo seguro, Turvey, seguro y resonante, nos bailaste una plaza, Turvey, fuera de la tierra’.
traducción: Hugo Müller

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