El tonto toca sus campanas (abigarradas)

Ven, Muerte, tenía una palabra para tí, y tú, pobre Inocencia, y Amor, una muchacha con ala rota, y Pena, también, el tonto cantará para ustedes, como tontas cantarán.
Ay, la música tiene poco sentido, y un tono se cuenta pronto, y la Tierra es vieja, y mi pobre ingenio es denso, aún tengo secretos, querida, mi querida, para susurrártelos todos: ven cerca.

Y a menos que algún espantoso oyente lo cuente, sonaré mis campanas.

¡Están todos en guerra!
Sí, sí, sus cuerpos van bajo el sol ardiente y la estrella gélida para cantar canciones de dolor, arrastrando un viejo cañón a través de un barro de lluvia y sangre, la nueva luna destellando duro en ojos amplios con insanias.
¡Silencio!… Uso palabras cuyo significado apenas conozco, ¡y los pájaros mudos están mirando al Amor!

Desde su sombra de hoja y flor, temblando ante traiciones que incluso se agazapan a la luz del mediodía. Escuchen, no escuchen lo que dije sobre las huestes frenéticas de hombres, más locos que yo, envidiosos, alimentados de odio, que matan y mueren, ¿no hablé llano, entonces?, ¿aún la Pena suspira, ‘¿por qué?’
Tú, cosa tonta, vé a tus margaritas. Las mías no son noticias para que se enteren los niños, y la Muerte no tiene oídos. El ha cenado donde se arrastran en silencio de sueño gusanos sino ojos, todavía, cuando él sonríe, la mano que atraviesa sus mandíbulas sonrientes débilmente traquetea sus huesos delgados y… allí, allí, ¡escuchen cómo mis campanas se pierden sin cuidado en el aire!…

No, tuve un sueño de un mundo completamente loco. No un simple loco feliz como yo, que estoy loco como una escena vacía de agua y sauce, donde estuvo el viento, sino aquel loco malo de Satán, que se pudre en su propia cabeza, y cuenta como muerto, no uno honesto, y dos, sino para los fantasmas que eran, valientes, fieles, sinceros cuando, cabezas en el aire, en el claro verde y azul de la Tierra compartieron el cielo con la Belleza que los invitó allí… ¡Allí, ahora!, él se va, Huesos Viejos, lo había cansado.

Ay, y la luz se oscurece y la rosa está dormida, y la cansada Inocencia en sueños aquí…

Ven, Amor, mi muchacha, asintiendo con aquella cabeza soñolienta, ¡es hora de que sean dichas tus oraciones!

 

traducción: Hugo Müller

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