Alejandro

Era el Gran Alejandro, coronado con un yelmo dorado, saciado en las edades, en su nave flotante, en una calma muerta.

Voces de sirenas cantando vagan a través de la profundidad: los marineros trabajando en sus remos, reman como en sueño.
Toda la pompa elevada de Asia, encantado por aquella sirena acostada, se desvaneció de sus mentes cansadas y soñadoras.
Como un muchacho arrogante satisfecho su capitán, su elegancia marchita e ida, en las almas de sus melancólicos marineros, mientras la canción languidecía.
El tiempo como un rocío que cae, la vida como la escena de un sueño, yacía entre sueño y sueño, sólo parecía… Oh, Alejandro, entonces, en todos nosotros, mortales también, ¡la cera no es tan llamativa en la ola azul oscuro!
Viene la calma noche estrellada, ¿qué entonces escuchará salvo el canto claro de las sirenas?

 

traducción: Hugo Müller

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