Supongo

Supongo… y supongo que un pequeño y salvaje caballo de magia vino galopando del cielo con bridas de plata y me trepé a su silla para volar, y volar, y nos estiramos hacia el aire, fugaces en la luz del sol, una mota de polvo en su brillo, sobre cascos galopantes, su melena fluyendo en el viento, en una corriente penumbrosa y oh, cuando, completamente sola, la gentil estrella de la tarde vino arrugándose en el azul, vimos un castillo mágico en el aire, como una nube de luz de luna, y volamos ahí adentro, y a través del foso verde del puente levadizo espumamos y resoplamos, y había allí una hermosa reina que me sonrió extrañamente, y le habló a mi pequeño caballo salvaje también, una adorable y hermosa reina, y ella les gritaba con deleite –y delicia- a sus delicadas doncellas ‘¡Miren a mi hija, mi querida!’ Y ellas me coronaron con flores, y luego se saciaron de tocar sus arpas, solemnes y claras, y pasteles y bebidas mágicas fueron esparcidos sobre la mesa, y por la ventana entraron pájaros saltando con ojos brillantes, picoteando migas de los platos y sorbiendo el vino, y salpicando hasta el techo se lanzaron a fuentes de cristal, y príncipes en escarlata y verde dispararon con sus arcos y flechas, y se arrodillaron con sus platos de frutos para la reina, y caminamos en un jardín mágico con ríos y glorietas, y mi cama era de marfil y oro, y la reina respiraba suave en mi oído una canción de encantamiento, y yo nunca envejecí… Y nunca, nunca retorné a la tierra, oh, jamás y jamás, ¡cómo lloraría y lloraría mi madre! Habrá nieve en los campos entonces, y todas estas dulces flores se marchitarán en invierno, y morirán… Supongo… y supongo.
traducción: Hugo Müller

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