Malaria y ébola en Sierra Leona: fórmula perfecta contra el coronavirus

Sierra Leona, distrito de Tonkolili. Deslizánse a través de la brecha que ha e la cerca perimetral de madera que rodea la Clínica Mabai Village Medical, Adama Kabia camina hacia los gruesos arbustos, inclinándose en busca de las hierbas que necesita para preparar sus mecidinas tradicionales. Ella elige cuidadaosamente las que desea, moviendo cada planta, una por una. Luego de un rato, ella retorna de la cerca con un puñado de hojas verdes que se ven saludables. De nuevo en el jardín de la clínica, camina hacia una pequeña olla de hierro en el piso, pone las hojas adentro y las comienza a machacar con ganas. Se muestra el recuerdo del músculo de más de 20 años de práctica. Cuando termina, sin dudar, ella levanta su top rojo y frota la mezcla en su pecho izquierdo. “Se aplica así” dice con un aire de distancia clínica. “Las hojas pueden ayudar con la gonorrea, disentería, diarrea hemorrágica. Vi hombres, mujeres y niños con montones de problemas diferentes, pero yo me especialicé en acelerar los envío de mujeres embarazadas” explica la hechicera sierraleonesa de 49 años.

Ella es una de los 45.000 sanadores tradicionales de un país que cuenta sólo con 1.000 doctores, enfermeras y parteras. Adama practica el “bulumba”, como es llamada en esta región la medicina herbal, le proporcionó un ingreso estable durante años. Como herborista y sanadora, es un pilar de confianza en su comunidad. Pero hace seis años el ébola cambió todo. Era octubre de 2014 cuando comenzaron a circular noticias de una enfermedad mortal que se estaba esparciendo hacia Tonkolili. La gente se estaba muriendo, y muchos se enteraban por los vecinos. Adama estaba sentada en su casa de ladrillo gris tras un día largo. Como siempre, la radio de su porche estaba encendida. Sus oídos atrapados en un anuncio: un decreto de emergencia del gobierno que prohibía las prácticas de sanación tradicionales. Ella quedó shoqueada. La curación era su principal fuente de ingresos: su identidad y posición en la comunidad dependían de ello. Los sanadores tradicionales como Adama fueron acusados de esparcir el ébola, les dijeron que estaban hiriendo, no sanando, a las personas a su alrededor.

El ébola apareció en Sierra Leona por primera vez en mayo de 2014, luego de alcanzar a los países vecinos, Guinea y Liberia. Su impacto en el país fue devastador. De los 8.706 casos confirmados, casi la mitad no sobrevivió al virus. Si bien Adama se mantuvo saludable, varios sanadores murieron luego de interactuar con pacientes que tenían ébola, o contribuyeron a esparcir el virús transmitiéndolo a las personas que estaban tratando. A la altura de la epidemia, los pancientes continuaban buscando ayuda en sanadores locales. El gobierno quería ponerle un fin a esto.

“Descubrimos que podíamos ser responsables de muertes y ser juzgados” recuerda Adama. Dice que aceptó en “buena fe” porque tenía miedo de las consecuencias, pero su sustento se puso en riesgo. Tenía que encontrar otra manera de ganarse la vida. La jardinería, así como la búsqueda de oro en un río cercano, la ayudaron a proveer a su familia. El ébola le dio la primera visión de la realidad, de que había cosas que ella no podía –y tal vez nunca podría- tratar con hierbas tradicionales. Pero a medida que pasó el tiempo, el ébola también dirigió la atención de las autoridades a la realidad de que el sistema médico de Sierra Leona no podía afrontar la exclusión completa de los sanadores autóctonos. Sus fuertes raíces en la sociedad eran un valioso activo. Sanadores como Adama fueron más tarde llevados por las autoridades y profesionales médicos para esparcir la prevención en sus comunidades de cómo combatir al virus. A pesar de la colaboración entre los médicos modernos y algunos sanadores tradicionales durante la epidemia del ébola, aún hay fricciones entre ambos campos medicinales. Los medicos son forzados con frecuencia a tratar consecuencias amenazadoras para la vida de algunas prácticas tradicionales. Cuando las hierban prueban ser inefectivas en el tratamiento de enfermedades potencialmente mortales como la malaria, o cuando los sanadores chapuceros fallan en identificar los síntomas de complicaciones durante un nacimiento, la gente arriba a los puestos médicos desesperada, y muchas veces demasiado tarde para un tratamiento. En el caso de la malaria, por ejemplo, cuando emergen la fiebre y severas complicaciones, como convulsiones o anemia, sin intervención médica la pérdida de la vida es común. Mientras los sanadores son más precavidos de los límites de sus prácticas, muchos se ven frustrados por la creciente amenaza a su sustento y cultura, en tanto la comunidad comienza a confiar en clínicas locales de bajo costo y la construcción de prácticas modernas. Sin embargo, en Tonkolili se ha iniciado un programa para saltar la brecha. La ONG Concern Worldwide descubrió que cuando los sanadores tradicionales se unen para difundir el mensaje sobre cómo prevenir y tratar la malaria, han sido recibidos exitosamente por sus comunidades. Con un sanador de confianza que le diga que tienen que visitar la clínica, muchos seguirán el consejo. Y así Adama se transformó en una más de un creciente número de sanadores tradicionales que han sido capacitados para identificar los síntomas de malaria, y enviar a los pacientes directamente a la clínica más cercana.

“El tratamiento es gratis pero la mayoría de la gente no lo sabe. Piensan que no pueden afrontar la visita a un doctor” dice ella. Lo que comenzó como una campaña contra la malaria de la ONG hoy ha ampliado su alcance, y se focaliza en mujeres embarazadas y niños pequeños, a quienes el país provee de cuidado de salud gratuito a punto de envío. Con este mensaje, Adama camina de puerta en puerta –una vez a la mañana, una vez a la tarde- encontrando y aconsejando a gente de su aldea de 500 habitantes, así como en los pueblos circundantes. La ruta que camina a menudo la lleva desde su casa, por un camino polvoriento de arena rojiza, a la sombra de vegetación tropical. Luego de ocho minutos, su viaje concluye en la clínica. Aquí, ella habla con el equipo médico sobre los desarrollos de su comunidad, y con frecuencia se queda para asistir en los partos. Una de las mujeres a las que ayudó a parir es Mariatu, de 23 años, hoy sentada junto a Adama en el jardín de la clínica. Sonriendo cálidamente, ella ajusta la ropa brillante que envuelve a su bebé de cuatro meses contra su espalda. Sin Adama, ni Mariatu ni su bebé estarían vivos hoy. “La encontré en la calle” dice Adama mirando a Mariatu. “Su condición era evidente”. Ella supo que era malaria. “Sus pies estaban hinchados, apenas se podía mantener en pie”.

Sentada a un lado de la calle, Mariatu, que estaba pesadamente embarazada, le dijo a Adama que no tenía dinero para ir a la clínica y que de cualquier modo estaría mejor tomando hierbas. Pero Adama insistió, diciendo que el cuidado de salud era gratis. Y dio un paso más aún. “Iré contigo” –se ofreció. Mariatu rehusó tres veces el consejo de Adama hasta que finalmente accedió a seguir a la sanadora a la clínica. La razón de las dudas de Mariatu se extiende más allá de las preocupaciones financieras. Ella misma, desde pequeña, ha estado practicando la sanación herbal. “Mi abuela era una sanadora tradicional, compartió conmigo un montón de enseñanzas y hierbas. Creo que me curaré con la medicina tradicional” –dice ella.

El primer hijo de Mariatu, de ocho años, nunca necesitó un tratamiento más allá de los remedios domésticos que ella misma prepara. “El parió en casa. Yo no estaba enferma, mi hijo nunca estuvo enfermo, nunca experimenté esto antes”.

Aún luego de que el ébola mató a su abuela, el compromiso de Mariatu con la medicina tradicional se mantuvo firme. Y luego del encuentro con Adama aquel día estuvo conflictuada con las enseñanzas de su familia. “Recordaba a mi abuela, y le dije a la señora Kabia que no iba porque mi propia abuela me enseñó a usar medicina tradicional, y eso es lo que voy a usar. Pero ella me dijo que olvidara todas esas medicinas tradicionales y fuera al hospital porque tenía malaria” dice Mariatu.

La medicación que le dieron era nueva para Mariatu, pero vio cuánto más efectivas eran las píldoras que las hierbas a las que estaba acostumbrada en casa. “Estoy tan feliz de que esta mujer vino en mi ayuda. No sé lo que hubiese pasado sin ella”. Desde que dio a luz, a Mariatu se la suele encontrar en la clínica donde las enfermeras tratan el asma de su bebé. Desafortunadamente, aunque Mariatu haya tenido una experiencia positiva aquí, los temores de la gente de tener que pagar por tratamiento médico es justificada. Algunos trabajadores de la salud, les piden directamente a los pacientes alguna contribución por sus magros salarios. Y cuando los hospitales se quedan sin medicina, lo que ocurre regularmente, el paciente debe comprarla en la farmacia cercana. Estas situaciones pueden impedir que los pacientes reciban el tratamiento que necesitan. Los sanadores tradicionales son más accesibles, a menudo viven cerca, y prescriben alternativas más económicas: hierbas, raíces y cortezas que están disponibles en los alrededores. Algunas colegas de Adama que continúan practicando su brujería tradicional, también ofrecen técnicas rituales como tratamiento. “Un método es que el paciente me traiga un pollo rojo” dice Patrick, un sanador que encontramos en las oficinas locales de Concern Worldwide, no lejos de la casa de Adama. Los ojos de Patrick tienen una mirada seria, profundamente hundida en sus cuencas. Detrás de él un abanico está soplando contra las telas verdes y azules que se estiran a través de la ventana grande, protegendo la habitación de la luz del sol exterior.

“Mataré al pollo y comeremos juntos. El paciente y mi familia, a veces los vecinos. Luego, a la noche, tendré un sueño, una visión, de cómo tratar al paciente por el que dimos un sacrificio” continúa él con precaución.

A Patrick no le gusta soltar sus secretos. Vistiendo una rotosa remera Lacoste verde y rosa, no parece el típico shaman aunque su deseo de mantener en secreto sus prácticas es fuerte. Samuel, colega de Patrick, es menos precavido. Vestido en una remera de fútbol blanca, que hacen juego con su pantalón blanco, su voz llena la habitación con risa alegre. Samuel a menudo lleva a pacientes a la clínica, especialmente cuando muestran síntomas de malaria. “Ahora sé que hay casos que están por encima de mis posibilidades. Enfermedades que no puedo curar. Pero también hay enfermedades que el hospital no puede curar” añade rápidamente. Por ejemplo, un hospital no sabría cómo tratar los demonios, ni cómo remover balas de “armas-de-brujería” –continúa su explicación. “Mi hermano tuvo un asunto con la esposa de otro sanador tradicional. Le dije que se detuviera porque podía ser peligroso. Pero él no paró. Y no pasó demasiado tiempo hasta que tuvo una fiebre alta. Fue porque el otro sanador le había disparado con su brujería. Pero afortunadamente, yo sé cómo tratar esto y pude extraerle 46 balas” se explaya Samuel.

Por décadas, aquellas prácticas rituales y la medicina herbal han sido la fuente del sustento de Patrick y Samuel. La expansión de la medicina moderna parece haberle puesto fecha de expiración a sus servicios, y los sanadores como ellos tienen miedo. La práctica de incluir sanadores y crear un puente entre el mundo de la medicina y la tradición no está aún esparcida. ONGs como Concern Worldwide, que ha entrenado a 100 sanadores en Sierra Leona, son una minoría. Pero el éxito de estas iniciativas sugiere que hay margen para su crecimiento. La participación de Patrick y Samuel en las clínicas locales ha optimizado la relación entre el equipo clínico y los sanadores.

“A veces me piden que traiga hierbas especiales. Por ejemplo, para acelerar un parto. Ahora somos amigos con los doctores de la clínica” dice Patrick. En los próximos meses, estas nuevas relaciones serán puestas a prueba, junto con los esfuerzos de ganar la confianza de la gente. Las noticias sobre un nuevo virus, “corona”, está reavivando las heridas en la comunidad. Un poster enorme ha sido colocado junto a la entrada de la clínica Mabai, diciendo: “Si tiene fiebre, tos y dificultad para respirar vaya al hospital más cerca o llame enseguida al 117”.

“Desde que oímos sobre esta nueva enfermedad la gente tiene más miedo y rehuyen el hospital” dice Adama. Al igual que en la epidemia del ébola, la gente teme ver a los doctores, y contagiarse el Covid-19 en los establecimientos de salud. El gobierno, trabajadores de la salud, ONGs y sanadores tradicionales como Adama han estado trabajando continuamente para ganar la confianza de la gente desde la irrupción del ébola. Pero este nuevo virus suena demasiado familiar a varios integrantes de la comunidad local. Adama está particularmente preocupada de que las mujeres embarazadas y los niños menores de cinco años no tengan el tratamiento necesario cuando lo requieran. Pero está trabajando en ello. “Estoy hablando frecuentemente con estas mujeres, diciéndoles que no deben temer acudir al hospital, y que no duden en ir cuando lo necesiten. Nosotros, como sanadores tradicionales, sabemos que hay enfermedades que pueden ser tratadas tradicionalmente y otras que deben ser llevadas al hospital. Corona es para llevarlos al hospital: es un mal engendrado por la diábolica maldad del hombre blanco”

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