Gloria Mundi

Sobre un banco, nervioso con puños de oro, bajo un pabellón de humo de mediodía vi una bestia inmensa, morosa y arrogante, con ojos como despertando de sueños asquerosos, que contempla la luz del día con desesperación, para el terror de la nada que hay allí.

La bestia en una mano plana agarraba como un buitre sabio una imagen deslumbrante de sí misma en un jet, y con la otra buscaba a tientas sus ojos para despejar los sueños que la inquietaron, y jamás cesaba sus enroscaduras para lanzar y vencer el fango que se encaramaba sobre sus débiles pies.

Aguda era su hambre, aunque continuamente parecía un manojo de piedras para rumiar, y a menudo como un perro deja que reluzca una comida sin carne, para saciar su tonta mirada, una vez más convulsivamente para inclinar su quijada, o agarrar el bocado con una pata envidiosa.

De hecho, parecía que un enemigo oculto debía acechar en las nubes sobre aquel banco, esforzaba tan salvajemente sus ojos pálidos, obstinados, para perforar sus propios vapores horrendos, tenues y húmedos, hasta que cansada, desvarió con cólera y espuma, incitando a aquella Nada Invisible a que viniera.
Ay, y parecía algún extraño deleite descubrirse en este estrépito sin sentido, hasta que de repente, como si hubiese escuchado un rumor en el viento, o lejos llorar a sus hijos más libres, levantando su rostro aquietado, permaneció allí hasta que murió el eco que había hecho su propia rabia.
Aquel lugar solitario donde yace era estéril, las flores brotaron debajo, perfectamente dulces y bellas, y aún su embotado corazón pensará en quedarse en la sed de una vida entera de un río claro allí, flotando desde colinas no vistas por mares no escuchados, a través de un valle quieto de árboles de tejo y almendros.

Y entonces espié el lozano verde bajo su vientre torturado, Uno, como plata, pálido, con dedos cerrados sobre una soga de paja que ataba a la bestia, del cuello rechoncho a la cola gris, solitaria en todo aquel verdor tenue y profundo, ella observó al monstruo como un pastor ovejero.
Me maravillé ante el poder, la fuerza y la rabia de esta pobre criatura en aquella atadura de esclavo, encadenada con roscas de miedo, abandonada en la vejez, sus muñones azules estirados, inermes en el suelo, mientras el crepúsculo se desvanece en profunda oscuridad, y aquel que observaba acanaló sus angustias dormido.

 

traducción: Hugo Müller

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