Una lección para este domingo

El creciente ocio del pasto de verano con sus frágiles cometas de furiosas mariposas requiere la limonada de simple aprecio en sondeo más gentil que los balanceos de mi hamaca y rituales no más molestos que una criada negra sacudiendo la ropa mientras canta las llanas notas de algún hosanna protestante, desde que estoy holgazaneando del pensamiento en cosas, o en lo que deberían ser, hasta que oigo los llantos de dos niños cazando alas amarillas, que rompen mi shabat con el pensamiento del pecado.

Hermano y hermana, con un broche común, frunciendo el ceño como serios lepidopteristas.
El pequeño cirujano perfora los finos ojos.

Acuclillada en sus piernas regordetas, como reza un mantis ella grita para eviscerar su abdomen.

La lección es la misma. La criada le quita a ambos prodigios su interés en la ciencia.

La muchacha, en túnica limón, comienza a gritar mientras la cosa mutilada, tambaleante, intenta su vuelo.

Ella es en sí misma una cosa de luz veraniega, frágil como una flor en este triste aire de agosto, no marcada por alguna pena tardía que no pueda hablar.
La mente se balancea hacia adentro temerosa, influida hasta la náusea por cualquier señal normal.
Herencia de crueldad en todas partes, y en todas partes los vestidos de verano desgarrados, la larga mirada atrás para ver donde nació la oportunidad, mientras el césped de verano se balancea al diseño de la guadaña.
traducción: Hugo Müller

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