Un lejano grito desde Africa

Un viento está revolviendo la piel leonada de Afrika, Kikuyu, rápido como moscas, cebado sobre las corrientes de sangre de la llanura. Cadáveres están esparcidos a través de un paraíso. Sólo el gusano, coronel de carroña, grita: ‘¡No gasten compasión en aquellos muertos separados!’

La estadística justifica y los académicos agarran los salientes de la política colonial. ¿Qué es esto para el niño blanco acuchillado en la cama?, ¿para los salvajes, reemplazables por judíos? Trillados por batidores, los largos juncos se rompen en un polvo blanco de ibises cuyos gritos han rodado desde el amanecer de civilizaciones, desde el río carbonizado o la llanura repleta de bestias. La violencia es leída de bestia en bestia tan natural como la ley, pero el hombre íntegro busca su divinidad infligiendo pena. Delirante como aquellas bestias preocupadas, sus guerras danzan a la estrecha carcaza de un tambor, mientras él todavía llama coraje a aquel espanto nativo de la paz blanca contraída por los muertos. Nuevamente la necesidad brutal oculta sus manos bajo la servilleta de una causa sucia, nuevamente un desperdicio de nuestra compasión, como con España, el gorila lucha con el superhombre. Yo, que estoy emponzoñado con la sangre de ambos, ¿a dónde debo dirigirme, dividido hasta las venas? Yo, que he maldecido al borracho oficial de la ley británica, ¿cómo elijo entre esta Africa y la lengua inglesa que amo?, ¿traicionando a ambos, o devolviendo lo que me dieron?, ¿cómo puedo afrontar semejante matanza y ser cool?, ¿cómo puedo irme de Africa y vivir?

 

traducción: Hugo Müller

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