Ruinas de una gran casa

Aunque nuestro sol más extenso se ponga en adecuadas declinaciones y no haga sino arcos invernales,

no pasará mucho antes que yazcamos en la oscuridad, y tengamos nuestra luz en cenizas…

Browne, entierro de urna, piedras solamente, los miembros descartados de esta Gran Casa, cuyas muchachas como polillas se mezclan con el polvo de la vela,
resto para archivar las garras de dragón de la lagartija.

Las bocas de aquellos querubines de la puerta gritan con mancha,

el eje y la rueda del coche se sedimentan bajo el lodo de excrementos de ganado.

Tres cuervos aletean por árboles y se quedan, crujiendo en el bosque de eucaliptus.

Un olor de limas muertas se acelera en la nariz, el leproso del imperio.

‘Adiós, campos verdes, adiós, ¡ustedes, felices huertos!’

Mármol como Grecia, como el sur en piedra de Faulkner,

belleza caduca que prosperó y se fue,

pero donde el césped se rompe en una erupción de árboles

una pala bajo las hojas muertas llamará al hueso de algún animal o cosa humana muerta
caída desde los días malignos, desde los tiempos del mal.

Parece que las cosechas originales eran limas crecidas en aquel sedimento que obstruye la falda del río,

los hurgones imperiosos se han ido, sus muchachas brillantes se fueron,

el río fluye, eliminando dolor.

Trepé una pared con la reja de hierro de artesanos exiliados protegiendo aquella gran casa de la culpa, quizás, pero no de la renta del gusano ni el calvario acolchado del ratón.

Y cuando un viento sacudía las limas yo escuchaba lo que Kipling oyó,

la muerte de un gran imperio, el abuso de la ignorancia por la biblia y la espada.

Un campo verde, roto por paredes bajas de piedra, sumergido en el riachuelo,

y paseando, pensé luego en hombres como Hawkins, Walter Raleigh, Drake,
poetas y asesinos ancestrales, ahora más perplejos en el recuerdo de cada crimen ulceroso.

La verde era del mundo entonces fue lima pudriéndose cuyo hedor devino texto del galeón mortífero.

La podredumbre se quedó con nosotros, los hombres se han ido.

Pero, como la ceniza de los muertos es levantada en un viento que abanica la brasa ennegrecida de la mente,

mis ojos ardieron desde la prosa cenicienta de Donne.
Pensé que llameó con rabia, algún esclavo está pudriéndose en este lago señorial,

pero aún el carbón de mi compasión peleó por aquella Inglaterra que también fue una vez una colonia como nosotros,

‘parte del continente, pedazo de alta mar’, recoveco bombardeado,

torre pretenciosa, trastornada por canales espumosos y el vano costo de la amarga facción.

Todo en compasión concluye tan diferentemente de lo que el corazón concertó:

‘igual que si un feudo de tus amigos…’.

 

traducción: Hugo Müller

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