En las Vírgenes

No se puede poner en el suelo hinchado del órgano de la iglesia anglicana cristianizada de St.Croix, detrás de la voz del paracaidista: ‘Hecho policía después de Vietnam. Hice treinta saltos’.
Campanas penalizan la calle muerta y pichones se tambalean desde la piedra del campanario, abriendo sus toboganes, circulando hasta que los llamados de la campana cesen. ‘¡Salud!’ El vidrio del paracaidista está levantado. La congregación se para como una patrulla, arrastrando zapatos y botas, repitiendo órdenes mientras el órgano golpea: ‘Te alabamos, Señor, glorificado sea tu nombre’.
No puedes escuchar, más allá del silencioso puerto, las olas a los cañonazos con el magullado horizonte, o las máquinas especiales diparando a Buck Island. La única guerra aquí es una guerra de silencio entre el cielo y el mar azul, y sólo una voz, la del coro que marcha, se eleva para dirigir a los nuevos conscriptos con el ancestral grito de ‘A bordo, soldados cristianos’ en bancos semi-vacíos, quietos, o como un vaso, mitad llenos. Colgada de una cornisa, una gaviota luce como una medalla desde el cielo azul sarga. ¿Estos son todos los botes?, ¿es el agua azul todo? Las rocas se superponen con encajes donde están amarrados botes, catamaranes y kayaks, ¿asintiendo el oleaje de ‘Alabemos al Señor’?
Wesley y Watts, su luz evangélica lanzada por los pozos de la mina hasta nuestros bancos en la capilla, su rayo apretado con motas de antracita que se vierten sobre nosotros en nuestros bancos: desde los molinos lentos de Dios en Lancashire, ceniza sobre los muertos sumidos en las trincheras de Flanders, mientras una llovizna gris contamina ahora la vista de este puerto azul, enmarcado en ventanas donde dos hojas de palma amarilla, sacudidas por la lluvia del viento, concuerdan como cogotes de caballos, y un oso asintiendo, lento como un coche fúnebre, una niebla de lluvia borlada y, como cambia el clima en un niño, el día paradisíaco afuera se pone oscuro, los yates revolotean como polillas en una jarra gris, las voces marciales se desvanecen en tormenta, mientras a través del puerto, como una tímida seducción, un arcoiris despliega su arco de siete colores.

Esta noche, ahora domingo, ha sido puesto a descansar.
Las luces del altar conducen el vidrio gris donde los yates se repiten rígidamente y brillan con cada ola –los grandes estacionamientos de la afluencia de la marea-, y cada mástil balancea el dial de la noche mientras su aguja vira para encontrar la estación que es verdaderamente paz.

Como lasers de neón disparados a través de los discos que hacen explotar la música de las esferas, y, una por una, la ciencia infecta las estrellas.
traducción: Hugo Müller

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