En la ciudad

I
Salí del subterráneo y había gente parada en las escaleras como si supieran algo que yo desconocía. Esto fue en la guerra fría, y el polvo radiactivo. Miré y toda la avenida estaba vacía, digo literalmente, y pensé, los pájaros han abandonado nuestras ciudades y la plaga de silencio se multiplica a través de sus arterias, pelearon la guerra y perdieron y no hay nada sutil o vago en este horroroso vacío que es New York. Me topé con el estruendo de un altoparlante advirtiendo a los últimos escasos transeúntes, tal vez adeptos a las caminatas, que el mundo estaba por terminarse aquella mañana en la Sexta o Séptima Avenida sin gente yendo a trabajar en aquella incontrovertible, horrenda perspectiva. No quedaba otra cosa que morir, pero también no había otra alternativa que vivir. Bueno, si ardemos, será al menos en New York.

II
Todo en New York es una comedia de enredos. Estoy en una novela latinoamericana, una en la que un viejo de pelo de garza se sacude con cierta invisible pena, alguna obscena aflicción, y la cuenta secretamente hasta que muestra en su rostro las arrugas entre paréntesis confirmando su ficción para su profunda vergüenza. Miren, es solo la vieja historia de un corazón que no ha de claudicar cualquiera sean las chances, quijotesco. Es sólo uno que no romperá el corazón de nadie, aún cuando el entrecano coronel se lance desde su corcel en una carga de caballería, en una batalla que no lo convertirá en estatua. Es el infierno de un amor ordinario, no correspondido. Observen aquellas garcetas andando por el césped en una tropa desaliñada, banderas blancas arrastradas penosamente, son los blanqueados arrepentimientos de los recuerdos de un hombre viejo, stanzas impresas mostrando sus alas batidas como secretos bien abiertos.

III
¿Quién ha sacado la máquina de escribir de mi escritorio? Así soy un músico sin su piano con vacío arriba tan claro y grotesco como otra primavera. Mis venas florecen y estoy tan lleno de poemas, un tacho de alambre negro. Las notas afuera son visibles, gorriones alinearán la antena como palos, el camino está florecido pero los techos están fríos, y el gran río gris donde se desliza un transatlántico, grande como una montaña de invierno, se mueve imperceptiblemente como los años acumulándose. No tengo razón para perdonarla por lo que he podido traer. Estoy odiando el pasado, pasado el anhelo de Italia donde la nieve soplando absuelve y blanquea una cordillera arrodillada en las afueras de Milán. A través del vidrio estoy esperando el sonido de un pájaro que desquicie el comienzo de la primavera pero mis manos, mi trabajo, se sienten extraños sin la música oxidada de mi máquina. Sin palabras para el barco del Artico moviéndose hacia Hudson por la sarna de la vieja nieve derrumbándose de los tejados. No hay poemas. No hay pájaros.

IV
El dulce café de la vida
Si a veces caigo en una veterana quietud, sobre el mantel a cuadros rojos afuera del dulce café de la vida, donde el ruido del tráfico dominical en la ciudad es suave como una polilla trabajando en depósito, es porque raramente admito la edad, u honestamente, siquiera pienso en ella. He conservado las mismas furias, aunque mi rabia doméstica es ilógica, diabética, sin disminución de amor aunque mi mano tiemble salvajemente, pero no sobre esta página.
Mi lujuria tiene excelente salud pero si sucede que todas mis torres se encogen en arena goteante, la alegría aún inclinará las cañas con el júbilo de mi pluma en el camino a Vieuxfort con hierba buena blanca en el sol y el mar rompiendo en la brecha de Praslin, se suman a la gracia que he conocido y que la muerte estará tomando de mi mano en este mantel a cuadros rojos en este buen lugar.

 

traducción: Hugo Müller

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