El reino de la manzana-estrella

Había aún fragmentos de un viejo pastoral en aquellos condados de la isla donde el ganado tomaba sus estanques de sombra desde un cielo más viejo, sobreviviendo desde cuando el paisaje copió objetos como un heresford al atardecer en el valle del río Wye. El agua de montaña que cae blanca desde la rueda del molino salpicando como pétalos de los árboles de manzana-estrella, y todos los molinos de viento y azúcar movidos por mulas en la noria de lunes a lunes, repiten en lenguas de agua y viento y fuego, en lenguas de negritos de misión escolar, como ríos recordando su fuente, parroquia Trelawny, parroquia St David, parroquia St Andrew, los nombres afligiendo los pastizales, los tilos y las vallas de piedra de marga y el ganado con su dócil permanencia, un contento epocal. Y había, como viejos lazos de boda en un ático, entre los chales y sombrillas y las daguerrotipos coloreadas con té, indicios de una felicidad epocal como ordenada e infinita para el niño, mientras el gran camino de la casa a la gran casa en una perspectiva de casuarinas hundiendo crines verdes a tiempo a los caballos, una vida ordenada reducida por anteojos día y noche, uno al disco del sol, el otro al de la luna, reducidos en un vidrio de ventana: niñeras reducidas a muñecas, escaleras de caoba no más grandes que aquellas de un álbum en las cuales el destello de cubiertos amarillos, tan gomosos como las tortas apiladas de la hora del té en aquella terraza enrejada de buganvillas que miraba hacia un proyecto de heresfords de raza bajo un cielo cárdeno como un souvenir de porcelana con aquellas palabras: ‘Heresfords al atardecer en el valle del río Wye’.
Es extraño que el rencor del odio se oculte en aquel sueño de ríos lentos y sombrillas de lirios, en instantáneas de viejas y finas familias coloniales, encrespadas al borde no de la edad, ni del fuego ni de químicos, no, para nada, sino porque, desbordado, inocentemente excluido se paraba el caballerizo, el muchacho del ganado, la sirvienta, los jardineros, los inquilinos, los buenos negros del pueblo, su boca en la quijada cerrada de un grito silencioso.
Un grito que abriría las puertas para balancearse salvajemente toda la noche, que estaba trayendo nubes más pesadas, humo más negro que las nubes, atemorizando al ganado a cuyos abultados ojos la gran casa disminuía, un viento candente de un grito que comenzó a extinguir las luciérnagas, que secó el crujiente molino de agua hasta detenerlo como si estuviese por pronunciar la parroquia de Trelawny en la anciana voz pastoral, un viento que voló todo sin inclinar nada, ni siquiera las hojas del álbum ni los tilos, voló a la niñera haciéndola retroceder en blanco de una pluma a una quimérica, una puntilla química que encogió a los herefords bebiendo en vacas marrones de porcelana sobre un pedazo de mantel, Trelawny temblando en la oscuridad, las pasturas carbonizados del viejo benigno Custos, y convirtió en un fragmento a aquella vieja pastoral del anochecer en un marco de bordes dorados atrapando ahora el sol de la tarde en Jamaica, haciendo de las dos épocas una.
El miró hacia afuera desde las ventanas de la gran casa, a las nubes que aún mantenía la fragancia del fuego, el vió los jardines botánicos oficialmente hundidos en una oscuridad formal, donde los gobernadores habían paseado y los jardineros negros habían sonreído sobre brillosas tijeras en los lirios de las sombrillas en los céspedes flotantes, los árboles llameantes obedecieron su voluntad y bajaron sus mechas, las flores estrecharon sus puños en el nombre de la frugalidad, las lámparas de porcelana de cacao maduro, el mechero de la magnolia se apagó en un circuito con los lirios de jengibre y dejó un bulbo solitario en la terraza, y habiendo extendido su mandato a aquel techo del candelabro de manzana-estrella, él le hubiese ordenado al cielo dormirse, diciendo, estoy cansado, guarda la luz de la estrella para las victorias, no podemos afrontarlo, deja a la luna adelante una hora más, y eso es todo. Pero aunque su poder, el mandato otorgado, se extendía desde el amanecer de mandarina al atardecer de manzana-estrella, su mano no podía contener el incesante torrente de polvo que cargaban las cabañas de los pobres, de su música de rock de raíz, por los barrancos de Yallahs y August Town, para alojarlos en espinos de maca, con sus harapos crucificados por cactus, latas, neumáticos viejos, cartones, desde las negras colinas de Warieka el cielo brillaba fiero como los diales de un millón de radios, un atardecer palpitante que brillaba como una grilla donde el ritmo terrible emergió desde la fonola de Kingston.

Vio las fuentes secas de cuadriláteros, la música de agua de los bailarines del país, los violinistas como pífanos puestos a un costado. Tuvo que curar esta isla de malaria en su baño de hojas de laurel, sus bosques lanzándose con fiebre, el seco ganado lamentándose como cabrestantes, el césped que se mantenía sacudiendo la cabeza para recordar su nombre.
No hay vocales en la rueda del molino, el río. Piedra de roca. Piedra de roca.
Las montañas rodaban como ballenas a través de las estrellas fosforescentes, mientras él se balanceaba como una piedra en las profundidades del sueño, conducido por el imán que empuja a la mitad del mundo entre una estrella y otra, por aquel poder negro que tenía el sueño asesino de nieve, que sacrifica al tirano a un niño durmiente. La casa se está meciendo en el ancla, pero mientras cae su mente es una rueda de molino en la luz de luna, y él escucha, en el sueño de su luz de luna, la campana hundida de la catedral de Port Royal, ve las monedas de cobre de burbujas elevándose desde los bolsillos para los ojos vacíos de bucaneros verdes, el pez loro flotando desde los hombros raídos de piratas, caballos de mar dibujando damas vestidas en paseo líquido a través de los prados del mar verde-musgo, él escuchó los coros hundidos bajo Palisadoes, un himno ascendiendo a tierra desde un cielo invertido por agua, un cangrejo trepando al campanario, y trepó desde aquel reino submarino mientras las luces de la tarde ingresaban al instituto, los estudiantes encendieron la lámpara en su propio acuario, él vio los voceos como el pez loro, mientras pasó hacia arriba desde aquel bautismo, sus lecciones de historia, las burbujas como ideas que no podía romper: Jamaica era capturada por Penn, y Venables, Port Royal pereció en un terremoto cataclísmico.
Ante las fachadas chispeantes de catedrales desde Santiago a Caracas, donde arzobispos penitentes lavaban los pies de mendigos (un momento entre paréntesis que hizo al Caribe una fuente bautismal, convirtiendo mariposas en piedra, y los buitres blanqueados como palomas merodeando la basura municipal), el Caribe nació como una cuenca elíptica en las manos de acólitos, y una gente fue absuelta de una historia que no cometieron, el esclavo perdonó a su látigo, y el desposeído dijo el rosario de islas por trescientos años, un himno que resonó como el zumbido del mar adentro de una cueva marina, mientras sus rodillas se convirtieron en piedra, ¡mientras los cuerpos de patriotas eran derretidos en las paredes aún encostradas con los mudas protestas de la Revolución! ‘San Salvador, reza por nosotros, St. Thomas, Santo Domingo, ora pro nobis, intercede por nosotros, Sancta Lucía sin ojos’, y cuando la guirnalda circular alcanzó la última perla negra de Santa Trinidad comenzaron nuevamente, sus rodillas perforadas en piedra, donde Colón había comenzado, con la perla de San Salvador, perlas de negras colonias alrededor de los cuellos de los indios. Y mientras ellos oraban por un milagro económico se formaban úlceras en los retratos municipales, los hoteles se iban y los casinos y burdeles, y los imperios de tabaco, azúcar y bananas hasta que una mujer negra, con un manto de buitre, trepó las escaleras y golpeó la puerta de su sueño, susurrando en el oído de la cerradura: ‘Déjame entrar, he finalizado mi oración, soy la Revolución. Soy la más oscura, la América más vieja’.
Ella era tan hermosa como una piedra en el amanecer, su voz tenía las guturales de ametralladoras a través de desiertos caqui donde la flor del cactus detona como granadas, su sexo era la garganta cortada de una india, su pelo tenía el tinte negro-azul del cuervo. Ella era un paraguas negro soplado de adentro hacia afuera por el viento de la revolución, la Madre Dolorosa, una rosa negra de pena, una mina negra de silencio, esposa violada, madre vacía, virgen azteca transfigurada por flechas desde miles de guitarras, una piedra llena de silencio que, si dio lengua a las torturas hechas en el nombre del Padre, hubiese cuajado la sangre del lobo merodeador, la fuente de generales, poetas y lisiados que danzaron sin moverse sobre sus tumbas con cada revolución, su césarea fue cosida por los dientes de ametralladoras, en cada atardecer ella trajo la palangana elíptica como alguna vez transportó servilletas penitenciarias para ser el baño de pies de dictadores, Trujillo, Machado, y aquellos cuyos rostros amarillearon como posters en paredes municipales. Ahora ella acarició su pelo hasta que se volvió blanco, pero ella no comprendió que él no quería otro poder que la paz, que deseaba una revolución sin derramamiento de sangre, quería una historia sin ningún recuerdo, calles sin estatuas, y una geografía sin mito. No quería ejércitos excepto aquellos regimientos de bananas, gruesas lanzas de caña y él sollozó ‘no tengo poder excepto para el amor’. Ella se perdió de su vista, porque él no podría matar, ella se encogió a un murciélago que colgaba día y noche detrás de su cerebro. El se levantó en su sueño.
traducción: Hugo Müller

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