Egipto, Tobago

Hay una palmera frustrada en esta furiosa orilla, sus plumas el casco oxidado de un guerrero muerto.

Antony, lerdo, estirando en el letargo su sexo inerte como un gato durmiente, sabe que su corazón es el verdadero desierto.

Sobre las dunas de su agitación, al tamborileo de su corazón que desvanece el espejismo de las legiones, a través de las sábanas enmarañadas por el amor, los trirremes desvaneciéndose.

En la puerta tallada de su templo una mosca escurre su mensaje.
El peina un cabello húmedo hacia afuera de la oreja, tan perfecto como el sueño de un niño.

El contempla, inerte, la columna caída. El yace como una palmera de cobre a las tres de la tarde junto a un mar caliente y un río, en Egipto, Tobago, su pantano de sal se seca en el calor donde él se hundió sin armadura.

El cambió un imperio por sus collares de sudor, el rugido de arenas, las olas cambiantes de senadores, para este techo silente sobre silente arena, este oso canoso, cuya piel se muda a plateada, para este rápido zorro con dulce hedor. Desmembrado por el sueño, su cabeza está en Egipto, sus pies en Roma, su ingle una trinchera en el desierto con su soldado muerto.

El pasó un dedo a través de su cabello rígido y crispado como la cola de una yegua. Sombras se arrastraban arriba del azulejo del palacio.

El está demasiado cansado para moverse, un lamento hubiese despertado trompetas, un gesto más de guerra.

Su resplandor, un escudo reflejando fuegos, un semblante de bronce que no puede fruncir el ceño ante la carnicería, suda la fuerza del sol.
No es la agitación de la lujuria otoñal, sus traiciones, que lo condujeron, despedidas y sucias de polvo, este lejano, ni siquiera amor, sino una gran rabia sin clamor, que crece grandioso porque su profundidad es silenciosa, escucha el río de su joven sangre marrón, siente estremecerse todo el cielo con su párpado azul.
Ella duerme con el suave ingenio de un niño, aquel sueño que hiere los tallos de las lanzas, siente la cosecha de legiones con nada para sus cuchillos, que hacen Césares, farfullando a las moscas, cacheteando sus frentes, con la imprenta del laurel, borrachines, comediantes. Todos de sueño humilde, cuya paz es dulce como la muerte, cuyo silencio tiene todo el peso y la volubilidad del mar, que balancea este globo por el aliento trémulo de un cabello.

Frustrado y salvaje y coronado de palmas, Antony, oxidándose en Egipto, preparado para perder el mundo, al Actium y la arena, cualquier otra cosa es vanidad, pero esta ternura por una mujer que no es su amante sino su niño durmiente.

El cielo está sin nubes. La tarde es templada.
Hugo Müller

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