Desde Homero

Libro Seis
Capítulo XLIV
I
En pueblos de montaña, entre San Fernando y Mayagüez, la misma sonrisa agitaba las lanzas emplumadas de caña por los elevados caminos del archipiélago.

La primera brisa sacudió las lanzas y su ruido fue como lluvia distante marchando desde las colinas, como una caracola en los oídos.

En el frío asfalto, domingos en las Antillas, la luz trajo la amarga historia del azúcar a través de los campos cuadrados, alcanzando hasta la cosecha, las banderas blanqueadas de la diáspora india.

La leve llovizna soplaba sobre la sabana oscureciendo el pellejo de los caballos de carrera, lentamente la niebla borraba las palmeras reales sobre las crestas de las montañas, y las mismas montañas.
Los parches marrones que habían agraciado a los caballos brillaban tan húmedos como sus pieles.

Un semental asustadizo tiró de su brida, ojos de mármol ante el trueno envolviendo las montañas, pero el caballerizo lo estaba conduciendo como un pescador, envolviendo la línea suelta bajo un puño, luego con el otro estrechando la rienda y angostando el círculo.

El cielo se partió en pedazos y un árbol bifurcado titiló, y de pronto aquella lluvia negra que podía perder un archipiélago entero en plena luz del día derramaba clavos en el techo, martillando el balcón.

Cerré la ventana francesa, y pensé en los caballos en sus establos con un casco inclinado, observando las sogas de lluvia.

Me quedé en la cama, sin corriente en la lámpara de cama y escuché el rugido del viento sacudiendo las ventanas, y recordé a Aquiles en su propio colchón y al desesperado Héctor intentando salvar su canoa, pensé en Helena mientras mi isla se perdía en la neblina, y estaba seguro de que no la volvería a ver.

De pronto la lluvia paró y escuché cómo corría el agua por la alcantarilla.

Abrí la ventana cuando salió el sol.
Reemplazó las pequeñas retamas de palmeras en las crestas.

Sobre el techo rojo galvanizado del potrero la humedad relumbraba, entonces los caballerizos condujeron los caballos sobre el nuevo césped y ejercitaron con ellos nuevamente, y había un brillo diferente en cada cosa, en las hojas, en los ojos de los caballos.

II
Olí las hojas trillando al tope del año en el verde enero sobre los caseríos naranja y las barracas militares donde estaban los Plunketts, el puerto marcado por el viento que viene con navidad, bordeado por el Artico, que fue cristianizado por Vent Noël, permaneció hasta marzo y, con suerte, hasta pascuas.

Refrescó los cedros, enceró el laurel-canela, y ocultó el vencejo africano.

Olí la llovizna en el asfalto dejando la colina, era el olor de un hierro sobre ropa empapada, escuché el chisporroteo del pez gato frito en aceite con su piel cobriza,

olí jamón tachonado de ajos, la costra de acras, la cera en el salón barnizado: Entren. Entren, el brazo del sillón Morris pegajoso con laca, vi una vela saliendo y una vela entrando, y una brisa tan fresca levantó las cortinas de encaje como enaguas, como una vela hacia Itaca, olí un riachuelo muerto en los desagües obstruidos.

III
Ah, enero de dos cabezas mellizas, mirándose tensas: un pasado, nos aseguran, nació en degradación, y un presente que nos levantó con el ruido del viento en hojas del árbol de pan ¡con tal regocijo que contradice lo pasado!

Las balas de cañón del fruto podrido del árbol del pan desde la batalla de los santos,

los asteriscos de agujeros de bala en las paredes de ladrillo del reducto.

Viví allí en todo sentido. Olí con mis ojos, podía ver con mis fosas nasales.

Capítulo XLV
I
Un lado de la costa sumerge sus precipicios en el Atlántico.

Los giros requieren cierres anchos, dado que la espalda es afilada y la curva apenas pierde una larga gota sobre los árboles inclinados por el viento, y las rocas entre los árboles.

Hay una vista amplia de Dennery, con su iglesia de piedra y los ocres y pelados acantilados en cuya base terminan las olas africanas.

A través del mar punteado cuyas olas las rocan velan y desvelan con su lazo al siguiente puerto que es Dakar.

El ininterrumpido viento golpea bajo las alas de las fragatas, las ves inclinadas por una fuerza que ha cruzado el mundo, ladeándose para encontrar apoyo en los súbitos remolinos de su corriente.

La brisa trillaba las palmeras en el fresco camino de diciembre donde el cometa se precipitó con asientos de leopardo vacíos, tan rápido un hombre sobre un burro intentando leer su siguiente feroz señal escuchada sólo dos compases sordos desde el tempo alegre del zouk que es ejecutado en estéreo, cuando chilló alrededor de un puente y comenzó a ascender desde las palmeras y su sombra de cestería que dejó la clara pantalla del viento mientras se cerró alrededor de la curva, cuando de pronto Héctor vio el cerdito trotando y pensó en la advertencia de Plunkett mientras lo escuchaba gritar con el mismo sonido que hacen las ruedas del cometa alrededor de la curva desde la rueda de conducción engrasada con sudor.

Las ruedas traseras giran a un punto muerto, como un timón.

El cerdito trota al lado más seguro del camino.

Alojadas en sus ramas rotas las cartas enrolladas arden.

Héctor tiene ambas manos en la rueda. Su cabeza estaba inclinada bajo la estatua balanceante de la madona de las rocas, su sonrisa se meneó bajo la capucha azul, y cuando su vestido estriado se aquietó, la sonrisa permaneció en su porcelana con hoyuelos.

Ella vio, en el hombre inclinado, la oval calma común del orador, el usual ángulo de la cabeza sobre el púlpito del tablero.

Su palma elevada, pequeña como la de una muñeca desde su manto cerúleo,

indicaba que él había orado suficiente al galón de espuma alrededor del altar del acantilado que ahora, si él deseaba, podía levantar su cabeza, pero permaneció en el mismo lugar, el modo en que un hombre quedará cuando se termine la masa, sin liberar sus manos ni para santiguarse, corazón, y espalda velozmente y luego arrodillarse enfrentando al altar.

El saludó en remordimiento infinito, por su misericordia ante lo que le había hecho a Aquiles, su hermano.

Pero su arco estaba terminado, para el curso de cada cometa es así.
La media luna predestinada fue impresa en la carretera por los neumáticos abrasadores, una lágrima de sal corrió por la mejilla de porcelana y se fue en una lenta gota al nudo que aún aferraba la rueda. En el mar moteado, el viento ininterrumpido arreó las largas olas africanas, y azotó la pequeña bandera de la isla en su punta de lanza.

II
Los conductores se inclinan sobre la carretera. Uno captura mi equipaje fuera del baúl. El resto estalla en patois, con gesto de desesperación ante el perdido privilegio de conducirme, entonces giran hacia otros clientes.

Los caballos pacen en las pasturas de la tarde, sus pieles húmedas con luz que dispara sus lanzas sobre los peinadores.

Yo tenía el transporte todo para mí. “¿Arregló todo? Bueno. Un buen amigo murió en aquella carroza que es llamada cometa”.
El giró en la silla de enfrente, revolviendo el aire con su mano libre.

Yo me senté, me tendí de espaldas, desalentando la conversación, con mis pies cruzados.

“¿Nunca sabes cuándo, eh? Yo estaba en el aeropuerto aquel día. Lo veo irse como un cohete. Siempre dije que aquella cosa tenía demasiada fuerza de caballo. Y así lo dije, y así se hizo. El mismo hotel, jefe, ¿correcto?”
Yo vi las ciudades costeras retroceder mientras la lengua de la autopista traducía bosque en selva, la salvaje sabana en moderadas pasturas, que otra vida yendo en su “cambio para mejor”, su paz paralizada en una tarjeta postal, un futuro concreto delante de todo eso, en los bloques de cemento de desarrollo del hotel con la obsoleta nave del carpintero, como lo sentí, en las nítidas marinas, el fantasma del pescador. Remos viejos y sierra de arco oxidada. Mi nave requería el mismo cuidado de acurrucarse, la misma devoción natural, malhumorada, de la mano que dibuja un marco de ventana florido o planeaba una elegante canoa, su tiempo se fue con el espíritu en la madera, mientras la madera se ponía obsoleta y los yesistas suavizaron la página blanca del cemento blanco.

Yo observé el mar del mediodía. No quería que la pobre se quedara en la misma luz de modo que yo podía transfigurarlos en ámbar, el resplandor posterior de un imperio, ¿prefiriendo un cobertizo de paja de palma con palos inclinados a aquella triste parada de autobús?

Yo no prefería un camino cuyos senderos trepaban la engrosada sintaxis de viajeros coloniales, ¿la prosa medida que leí como estudiante de secundaria? ¿Aquella ensenada, con sus bajíos marrones allí, Praslin?, ¿aquella garza? ¿Me esperaron para desarrollar mi nave?

¿Por qué santificar aquella pretensión de preservar lo que dejaron, la hipocresía de amarlos desde hoteles, una valla de latas de galletas se sofocó en viñas de amor, escenas a las cuales estuve atado tan ciegamente como Plunkett con su búsqueda llena de remordimiento?
El arte es la nostalgia de la historia, prefiere un techo de paja a una fábrica de concreto, y la iglesia grande sobre un pueblo blanqueado. La brecha entre el conductor y yo se incrementó cuando él dijo: “¿El lugar está cambiando, eh?”
Donde se ha ido una vieja licorería pero no aquel río con sus sombras atascadas. Eso me haría un extraño. “Todo para los buenos” dijo él. Yo dije: “Todo para los buenos”, entonces, a mí mismo, “quienesquiera que sean”. Capté sus ojos en el espejo. Estábamos trepando fuera de Micoud. ¿No habían hecho de su pobreza mi paraíso?
Su espalda podría haber sido la de Héctor, transportando turistas en la otra dirección del hogar, el asiento de leopardo rascándose sus espaldas húmedas como los apoyabrazos cubiertos de piel.

Condujo su carga ardiente, cansado del sudor, que duraba por nieve en la luna y no tuvo que enfrentar el calor de aquel sol hundiéndose, que conocía un clima tan monótono como sólo éste puede producir de sus invariables destellos de vegetación de una visión primaria como aquellos lirios de punta roja que disparan desde el margen, que sus secas calabazas de falsas máscaras africanas para un falso Aquiles sacudido con las semillas que venían desde las mentes de otros hombres.
Así déjenlos pensar aquello. Quien necesitaba arte en este lugar donde incluso las mujeres viejas pasean con las columnas rígidas, y los pescadores tienen tantos pulgares adeptos, tenía tanta gracia esta gente, pero lo que uno envidiaba más de ellos era la parte del calipso, el ritmo caribeño aún en los caracoles de sus oídos, como el ritmo del surf, hasta que demasiada felicidad fue ensombrecida con la culpa como cualquier otro edén, y ellos suspiraron ante la señal:  Lounalao, el mar dorado chato como una tarjeta de crédito, extendiendo su línea a una playa que ahora parece cualquier otra, Grecia o Hawaii. Ahora el condenado souvenir se sintió absurdo, excesivo. Las calabazas pintadas, los caracoles. Sus propios rostros anaranjados como calabazas. El mío se sintió tan extraño como aquellos que sienten ante el mostrador cómo cambian sus cuerpos.
III
El cambio yace en nuestro silencio. Hemos venido a aquella curva donde los árboles están deformados por el viento, y los acantilados, toscos, en declive a la espuma.

“Es aquí justo donde todo termina” dijo el conductor, y abrió de golpe la puerta del transporte de su lado, luego del mío.

“Sin embargo, jefe, la vista es bonita”. Me reúni con él en el borde racheado.

“Su nombre era Héctor”. El nombre estaba inclinado como los árboles en el precipicio apuntando a la tierra. En su eco un hombre de guerra gritó en el viento. El conductor se movió para hacer pis, entonces gritó por sobre su espalda: “Un gerrero del camino. Podía correr como un loco cuando tomaba potencia. Tenía una bonita mujer. Quizás murió por ella”.

Por ella y el turismo, pensé. El conductor se sacudió, levantó la entrepierna y se subió la cremallera. “Loco, pero un tipo gentil de cualquier modo, con un muy buen cerebro”.

Corte a un leopardo galopando en una llanura seca a través de Serengeti.

Corte a los fanáticos pulverizados, zapateados por un semental sin jinete, su melena salvaje asustando al estafador.

Corte a las manos de una mujer aferradas a su boca sin sonido.

Corte a la rueda del tapacubos con púas de la carroza.

Corte al rostro de su quijada musculosa, luego flashback a Aquiles lanzando una lata roja y un machete. Siguiente, un florero con el eco del ronco susurro de una muchacha, “Homero”, como en una concha marina. Corte a un escudo de plata rodando como un cubo. Rebobinar, en cámara lenta, esbirros reunidos junto al río de un pueblo con lanzas por remos. Corte al surcado océano zumbando su misal. Corte. Una grulla levantando un despojo. Un caballo husmeando el oleaje, luego estremeciendo su cuello. Ha pagado la penalidad de abandonar el mar tan sin gracia y traicionero como parecía, para el negocio del taxi, él estaba haciendo dinero, pero todo aquel dinero lo estaba avergonzando de las largas tardes de gritos por el muelle enrollándose con pasajeros. Extrañaba la arena incierta bajo sus pies, suspiró por el hoyo de una ola, y el tirón del remo cuando giraba en su mano, y el atardecer de concha rosa con sus bajos pelícanos. La capital lo estaba corrompiendo con su vida rugiente, su mercado iluminado, sus diferentes transportes compitiendo. La capital ha sido su esposa legal que, como Helen, la hizo durar desde una distancia, y ahora tenía a ambas, pero un terrible descontento ahuecaba su rostro, descubrir que el mar era un amor que jamás podía perder, hacia cada gesto violento: cerrando de golpe la puerta, raastrillando el embrague. Condujo como si estuviera conducido por furias, pero las furias pagaban la renta. Un hombre que maldijo el mar ha maldecido a su propia madre. Mer era ambas, madre y mar. En su canoa perdida había dicho sus oraciones. Pero ahora estaba en otro tipo de vida que lo estaba cambiando con su nuevo estéreo, sus infinitos garajes, donde no podía sacarse su remera, escuchando la nota convocante de la caracola.

Capítulo XLVI
I
Héctor fue enterrado cerca del mar que había amado una vez. No demasiado lejos de los bajíos donde Aquíles peleó por una lata y Helena no escuchó el lamento de la almendra de mar sobre la bahía cuando Filóctetes explotó la bomba, ni el golpe sordo de tambor, ni una vela traqueteando para descansar como si su trabajo del día estuviera terminado, y su compañero, calibrando la profundidad, inclinado sobre la borda, luego cansadamente sonando las brazas con un remo, el mismo rito que sus compañero srepetirían pronto lo suficiente cuando fue su turno de yacer quietos como Héctor, bajando una canoa de pino en el canal de tierra, para dormir bajo las caracolas apiladas, a través de cada clima en el montículo con corona de violeta. Agazapado para que su amigo escuche Aquiles susurró acerca de su río ancestral, y de las cosas que reconocería cuando llegue allí, su verdadero hogar, por siempre, compadre, por siempre. Entonces Filóctetes cojeó y apoyó su mano firmemente en una espalda sacudida para anclar su pena. Los siete mares y Helena no pudieron estar más cerca. Aquiles cargó un remo a la iglesia y lo colocó afuera con la lata roja.
Ahora su voz se fortaleció. El dijo: “Compañero, ésta es tu lanza”, y apoyó el remo lentamente, del mismo modo en que había apoyado los remos paralelos en el casco del gomero el día en que el veloz africano y su sombra corrieron.
Y ésta fue la oración que Aquíles no podía pronunciar:  “La lanza que te doy, mi amigo, es solo madera. La vejación es pasado. Sé cuán bien la trataste. Jamás sabrás mi admiración, cuando te paraste cruzando el sol en la proa de la larga canoa con los anillos de tu pecho como un escudo, decirle a cualquier enemigo esto era un cumplido. Porque ningún africano ha lanzado su gran crucero en la bahía por la cual él nació con tanta belleza. ¿Me escuchas? Los hombres no te conocen como yo. Está bien. Duerme bien. Buenas noches”. Aquiles movió la mano de Filóctetes, luego miró a Helena parada sola y velada en la luz de viuda. Entonces alcanzó la tumba y levantó la lata hacia ella. Helena aprobó. Un viento barrió el sol.

II
El orgullo en el rostro de Helena luego de esto, como una piedra con el nombre de Héctor entre corchetes, sus labios cortados por sus citas en paréntesis. Parecía más severa, más ennoblecida por la distancia mientras lentamente cruzó la calle caliente del pueblo como una vela distante en el horizonte. El dolor la realzaba. Cuando sonreía lo hacía con tal distancia que era difícil decir si había escuchado tu condolencia. Era el niño, Ma Kilman les dijo, aquello la hizo más hermosa.

III
Los ritos de la isla eran simplificados por sus elementos, con lugares cambiados. El mar rítmico era el jardín de Aquiles, la surcada trama de llantenes ruidosos transportaba su sentido del mar, y Filóctetes, a su altura, a menudo escuchaba en un viento que de repente sacudió la ira de gargantas profundas, el frondoso sonido de olas lejanas sumergiéndose con humo, y para humo estaban las hogueras que el sol atrapaba en las azules alturas en sonrisa, haciendo el mismo trabajo que Filóctetes aclarando su plan, así como, al atardecer, el humo venía del borde brillante del horizonte como si lo hiciera desde su olla de esmalte. El humo olía como un arrepentimiento que los hombres no pueden nombrar. En el campo calcinado los enormes troncos podados ardían lentamente como torres, y la hermosa oscuridad índigo lentamente se desplumaba, devorando sus hojas quietas, encendiendo las moradas de la luciérnaga, levantando la garceta alarmista para golpear su laguna y dejarla en la jaula de los manglares, tomar los mástiles de sus velas, luego con rápido cabeceo anclarse velozmente y plantear su pregunta nuevamente.
A la noche, la isla invirtió sus elementos, la garza de un cuarto de luna flotaba desde la tumba de Héctor, la lluvia se levantaba desde el mar, y el acero corrugado del mar resplandecía como cabezas de clavos.
Plátanos estropeados se inclinaban y balanceaban con su ruidoso poder sobre los surcos del jardín de Filóctetes, un coro de ancestros ancianos y pitillos y susurro rodeando cada casa del pueblo con su jardín de fondo, con su rango de muladar de ollas oxidadas, redes podridas y la fría palangana de la luna. Ellos sonaron, cuando se conmovieron, luego del meridiano de luz de luna de su cruce, como el surf nocturno, contemplaron en silencio las sombras de sus niños alumbrados. En Filóctetes, gimiendo y empapando la flor en su espinilla con sulfuro caliente, limpiando sus bordes con vaselina amarilla, y agarrando sus rodillas, estrujando trapos en la palangana. A la noche, cuando los corrales están dormidos, y la línea rota de la ola susura como Filo “Buen Dios, ay, ¿por qué mi pecado es este dolor?” los viejos plátanos sufren y brillan.

Capítulo XLVII
I
Islas de hojas de bayas en el baño medicinal de una caldera, una cura sibilina. La rama de un limonero dividiendo el cielo en una mitad sumergida en su varilla divina. El polvo blanco del espino, que el vencejo inclina ligeramente, esperaba una mano negra para romper en pedazos y hervir sus hojas para la herida del ancla puntiaguda oxidándose en arena limpia del fondo.

Ma Kilman, en un sombrero negro con su franja de bayas, se hacía camino por los costados de la escalera de cemento de la puerta trasera de la licorería, la cerraba y apretaba fuerte la bisagra. Con esa maniobra se atrapó un dedo y se retorció el arco, y soltó una suave maldición católica, luego cruzó ella misma. Cerró la puerta. El asfalto transpiraba con el calor, las hojas flojas del árbol del pan estaban gruesas sobre la cerca. Sus anteojos nadaban en su sudor. Ella se rascó una axila. La maldita peluca estaba mal hecha. Ella iba en el transporte de las cinco a la Messe, y a veces tenía que enderezarse mientras rezaba hasta que la oblea se disolviera en su ternura, del modo en que una gota de lluvia se derrite sobre la lengua de una brisa. En la fresca cueva de la iglesia el sudor de sus ojos se secó. Ella rodó con las bandas elásticas de sus medias hinchadas bajo las rodillas. Fue entonces que su tornillo en las pantorrillas le hizo recordar a Filóctetes. Entonces, numerando sus rosarios, comenzó su propia letanía de bayas,
saludó a las caléndulas que endurecían sus aureolas en las alturas, suave anémona y claro berro de agua, el sagrado corazón de Jesús punzado como el anturio, las espinas de leña, llamado el árbol de la vida, el buen alóe para las costuras, el agujero en la palma de la margarita, con su sangre secándose que fue el agujero en la espinilla del pescador desde que fue herido por un gancho, allí está la pálida tisana, al costado de su infancia de malaria. Estaba el que aliviaba la brecha de nacimiento, aquella para el baño de amor antes de que los retoños de manzanas verdes al sol maduren como los pezones en las adolescentes. Pero cuál fue el camino que condujo a través de ortigas a la cura, la furiosa sibila no puede recordarlo. Mimosas se contraen en sus dedos, cerrándose como celosías ante algún mal pasajero cuando ella los alcanzó. El olor de incienso permanece en sus ropas. Adentro, las llamas de la vela están erectas alrededor del féretro del altar mientras ella y sus amigos hablan de viejos asuntos en los escalones, pero la planta mantiene su secreto cuando su recuerdo llega, cerrándose en sus frondas.

II
El rocío no se ha secado aún en los toldos acanalados de blanco y los palanquines de los paraguas cabeceando ñames donde la oscura arboleda no se ha calentado sino con tempranas mañanas de frescura perpetua, en donde los brazos aristados del cedro sostienen un concejo. Entre sus nudosos pies crecía la caña de una hierba desconocida, su flor puntiaguda brotaba como un ancla enterrada, sus olores transportados por el viento distraían a la abeja de su polen, pero su poder arraigaba en su amargura, atrajo su cabeza inclinada por la nariz como una espiga hace ante un toro dando vueltas. Para aproximarse Ma Kilman bajó su cabeza hacia un costado y apantalló el hedor con un pañuelo empapado en colonia. La paja estaba arraigada con el olor transportado, cuando se gangrenó, del corte de Filóctetes. En su vestido negro, su sombrero negro con bayas, ella trepó por un camino de cabra desde el pueblo, pasando las piedras con las palmeras y caracolas secas, donde los enterrados sufren el sol todo el domingo, mientras las cabras buscan las nuevas coronas. Una vez más ella se rascó la picazón en las axilas, casi soltando su bolso. Luego ella trepó duramente por el camino arruinado por la lluvia, la bahía cerrándose detrás de ella como una herida, y descansó.

Todo lo que hacía eco repetía su esquema: el balido tembloroso de una cabra, un martillo multiplicándose en un techo, y a través de los patios traseros una madre maldiciendo a un niño demasiado agil para vencerlo. Ma Kilman recogió su bolsa y suspiró hacia arriba al hilo del olor, un brazo detrás de su espalda, pasando el cactus, los arboles de espino, y entonces el bosque apareció sobre ella, verde grueso, el verde casi negro con su vestido en su sombra, su borde de flores salpicando el pasto con rocío. Entonces ella se tambaleó hacia atrás desde la línea de hormigas a sus pies. Ella vio el curso que mantuvieron detrás de ella, siguiéndola desde la iglesia, señalando un lenguaje que no podía reconocer.
III
Un vencejo transportó la fuerte semilla en su estómago hace siglos desde su orilla en las antípodas, rozando los canales marinos, águilas pescadoras, su suerte se mantuvo a su sombra. Ella apuntó a cargar la cura que precede cada herida, el reversible Bight de Benin era su proa, su objetivo la niebla anillada de un horizonte circulante. Los granos de estrella por la noche le daban más hambre, el mar sin hojas, sin hogar para su cansancio. A veces dormitaba en su vuelo por un segundo vencejo, cerrando las semillas de su mirada, luego con el timón recto. Los secos copos de mar enblanquecieron su pecho, adelgazaron sus plumas. Entonces, una mañana la estrella de día se levantó lentamente del lugar equivocado y la asustó porque todas las olas estaban soplando del mal este. Ella vio la isla con cuernos y desenrollo sus garras con un frágil llanto, dado que los vencejos no son dados al canto, y revoloteaban por una playa, eyectando la semilla en el pasto cercano a la arena. Ella hizo nido en alga seca. En un año estaba de hueso blanqueado. Todo aquel movimiento, una pila de frágil ceniza desde el fuego de su voluntad, pero la viña creció sus propias alas, trepó como las hormigas fuera del océano, los ancestros de Aquiles, las mujeres cargando carbón después de que la puerta oscura se deslizara sobre la bodega. Mientras la madeja crecía en olor igual lo hacía su fuerza en la raíz húmeda del cedro, donde la flor estaba anclada a la raíz abigarrada como una lagartija arrastrada hacia arriba, pie por pie cetrino.
traducción: Hugo Müller

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