Claudia Andujar, o cómo el arte fotográfico cura y salva

A los 89 años, Claudia Andujar todavía retoca sus trabajos. Por cinco décadas ha fotografiado al pueblo indígena yanomami, una tribu de 33.000 personas que viven en 192.000 kilómetros cuadrados de selva montada en la frontera entre Brasil y Venezuela. Hasta principios del siglo pasado vivían en completo aislamiento del mundo exterior, pero desde entonces la enfermedad, la deforestación y el cambio climático han cobrado las vidas de varios de ellos.

La elección de Jair Bolsonaro en Brasil representó una amenaza más. Vehemente enemigo de la legislación que protegía sus tierras, el presidente de ultraderecha comentó: “Los indígenas están cambiando indudablemente… Cada vez son más seres humanos como nosotros”.

Mientras prepara una retrospectiva en la Fundación Cartier de Paris, que exhibirá una pequeña muestra de una colección personal con más de mil fotos, Andujar dice: “Ya no saco más fotos, pero uso mi archivo para mostrar cómo he visto a los yanomamis. El gobierno actual no los respeta. No entienden quiénes son”.

El cambio en la naturaleza de la obra de Andujar se expone en la muestra. Aunque las primeras imágenes son directamente documentales, la artista advierte que siempre estuvo más interesada en dar con un vínculo humano en sus materias que abordar su trabajo con objetividad profesional.

“Desde el comienzo decidí que no sacaría fotos si no tenía una conexión con la persona que estaba fotografiando. Desarrollar una intimidad con el individuo y la comunidad es lo primero. La fotografía siempre fue secundario a ello” dice la artista.

Al sumergirse en la cultura yanomami, pronto tuvo claro que jamás representaría su visión del mundo a través de la composición convencional. En su lugar, empleando técnicas como la doble exposición, exposiciones largas, el uso de filtros de colores o manchas de vaselina en las lentes, Andujar comenzó a construir una muy extraña obra, fiel a la experiencia del pueblo yanomami.

Una sala de la muestra de Paris está dedicada a los rituales shamánicos, que son un aspecto clave de la cosmología yanomami. Durante estas ceremonias la tribu cree que espíritus – xapiris – descienden en la selva dejando rastros de luz blanca brillante en su despertar. Andujar lo representó sacudiendo su cámara mientras sacaba fotos de los shamanes girando y convulsionando. Una imagen muestra una mujer con el rostro oscurecido por rastros enrulados de luz blanca humeante danzando a través de la superficie de la foto.

En otra, un hombre, desnudo excepto por franjas de pintura corporal, se acuesta en el suelo cerca de una bola ardiente de luz emitiendo desde una fuente desconocida. Una ceremonia funeral, en donde el muerto es colocado en un ataúd tejido que cuelga de un árbol, es fotografiada a través de un filtro naranja extraterrenal. Un grupo de yanomamis es mostrado en capas múltiples, usando una doble exposición, un modo de reflejar el ritmo, el movimiento y el intenso ruido de las ceremonias indígenas.

Davi Kopenawa, una activista y shaman yanomami, fue quien tomó contacto con Andujar por primera vez en 1977. “Era bastante inusual que viniera una mujer blanca, una mujer que no fuera especialmente misionera. Claudia se tomó su tiempo para conocernos, durmió en nuestro shabono” dice él, refiriéndose a las edificaciones anilladas de madera donde viven los yanomamis en comunidad. “Cuando los blancos invadieron nuestra tierra, nos tomaron por sorpresa y no estábamos preparados para manejar aquel primer contacto. La gente no indígena quiere que nos desvanezcamos, quieren que nos muramos… Aún es un peligroso campo de batalla para nosotros allá afuera, pero para sobrevivir necesitamos confrontarlo. Estas imágenes son parte de ello. Ella fue capaz de mostrarlos, de mostrarnos, a la gente de la ciudad”.

Nacida en Suiza en 1931, Andujar creció en Oradea, un pueblo en la frontera entre Rumania y Hungría. Sus padres se separaron cuando ella tenía nueve años. En 1944, mientras el ejército alemán cercaba el pueblo, su madre la llevó a Suiza, dejando detrás a su padre, de nombre Siegfried. El, y toda su familia judía, perecieron en Auschwitz y Dachau.

Esto, dice Andujar, subyace a la afinidad que siente por los yanomamis. “Quiero ayudarlos a sobrevivir como mi familia no pudo. Pienso que mi trabajo es dependiente del sufrimiento de mi infancia. Mis amigos de la escuela murieron todos en Auschwitz. Todos, Nadie, nadie sobrevivió”.

Kopenawa concuerda en que la infancia de Andujar es clave en su relación con los yanomamis. “Cuando la gente del mundo estuvo en guerra Claudia sufría un montón. Pero eso le dio la experiencia requerida para tomarnos imágenes”.

Luego de la guerra Andujar se mudó primero a New York, antes de establecerse en São Paulo en 1955. “Era consciente de que estaba buscando algo que había desaparecido de mi vida. Nunca forcé la relación con los yanomamis, pero había algo en mí que buscaba una conexión o propósito que ellos me proveyeron” dice ella. El más largo de sus reiterados viajes para vivir con la tribu fue de un año. Le preguntamos si se sentía en su casa con ellos: “Sí, me sentía en casa”.

La exhibición de Paris deja claro que el periplo de Andujar de ser una outsider a campeona de los yanomamis fue largo. En una pared, mostrando su primera obra, es una forma que recuerda las portadas de la revista Sententa, de los ’70, en la que una modelo blanca posa contra el exótico fondo de una aldea indígena. Por todos lados, los yanomamis son mostrados simpáticamente, quizás romantizados, sin rastro de lo que los antropólogos conservadores reclaman ser una cultura violenta inherente a la tribu. En 1968, el antropólogo yanqui Napoleón Chagnon, informó que la tribu vivía en un “estado de guerra crónico”. Mientras las disputas indudablmente ocurrieron, Kopenawa rechaza la generalización, y lo hace respaldado por varios estudios desde entonces.

Andujar dice que mientras se siente cercana a los yanomamis, y jamás sintió miedo, hay una poderosa dinámica entre ellos y ella. “Hay varias creencias sobre los yanomamis en la fotografía, y la captura de lo que llamamos su alma” dice Andujar. “Tienen este temor, esta sospecha de la cámara. Primero hay que conocerse, ganarse su confianza, y luego se olvidan de la cámara”.

En 1976 Adujar regresó a São Paulo, luchando por obtener permiso para retornar al Amazonas, cuando escuchó que había una epidemia de sarampión entre los indígenas. “Escuché que todos los pueblos habían desaparecido, conocí tantos que murieron”. Kopenawa dice que la enfermedad fue parte de una persecución a su pueblo por la dictadura militar. “Los hombres blancos trajeron todas aquellas enfermedades cuando construyeron la ruta transamazónica. Vi morir a mi madre y a mi padre”. La tragedia precipitó un cambio mayor en la carrera de Andujar.

Bruce Albert, un antropólogo francés que trabajaba en el área en aquel tiempo, recuerda que había un fuerte deseo de la dictadura por mantener la noticia de que la situación se estaba esparciendo. “Las agencias gubernamentales difundieron un montón de rumores maliciosos, xenófobos, sobre nosotros. Estaban furiosos de que estuviéramos allí y un tipo merodeaba diciendo a los yanomamis que nosotros, los europeos, vinimos a saquear sus riquezas”.

Albert recuerda que Andujar arribó a la escena en un escarabajo Volkswagen negro. “Estaba dormido en mi hamaca cuando escuché un ruido de motor. Años atrás había conducido en Paris un escarabajo blanco, y éste era exacto el mismo sonido. Pensé que estaba alucinando pero me levanté, salí y allí estaba la silueta de Claudia contra las luces delanteras del auto sobre la pista sucia, compuesta como si fuera una de sus fotos. Había escuchado sobre ella de los indios pero nunca la había visto. Aquí llegó como un personaje de su propia obra”.

“Yo estaba indudablemente advertida de que estaba causando problemas al gobierno. Ellos me estaban observando” dice Andujar.

Albert y Andujar, junto con Carlo Zacquini, un misionero católico liberal, conformaron la CCPY (Comisión Consultiva Pro-Yanomami), un grupo activista que hace campañas por los yanomamis, y que fueron instrumentales para presionar a que haya una demarcación oficial de las tierras de la tribu. Garantizada en 1992, esto ahora se limita a  96.650 kilómetros cuadrados. De todos modos, a pesar de las protecciones legales, Kopenawa estima que 20.000 mineros ilegales están operando buscando oro en el Parque Yanomami con el permiso táctico del gobierno brasileño.

Fue a través del CCPY, trabajando con un grupo de doctores de São Paulo, que Andujar comenzó a coordinar un programa médico y la cámara fue una herramienta en este activismo. Aún el cambio de dirección permitió la producción de sus más atrapantes fotografías.

Tradicionalmente, los yanomamis no dan sus nombres, refiriéndose sólo a sus relaciones con los otros. Para mantener los registros médicos, el equipo necesitó un modo de identificar a cada paciente. A cada yanomami se le asignó un número, escrito o en un collar de madera, que Andujar fotografía usándolos. En su simplicidad pragmática, y contándose por centenares, las imágenes muestran a los yanomamis en su costado más vulnerable, afrontando la embestida de la enfermedad traída por extraños. Y mientras este proceso nació de una necesidad administrativa, ha sido el proyecto más biográfico de Andujar, el joven y el viejo contemplando a la cámara, sus nombres remedando aquellas marcas sobre las víctimas del holocausto.

A pesar del poder inherente a su fotografía, Andujar dice que no piensa que el arte tenga una finalidad política. En un gesto a la obra de su vida, la artista se encoge de hombros. “Esto no cambiará la actitud de Bolsonaro. Todo lo que espero es que cuando la gente vea mis imágenes experimente una conexión con este pueblo como pueblo, un pueblo que, bajo este presidente, está sufriendo nuevamente”.

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