Bosque de Europa

Las últimas hojas caen como notas de un piano y dejan sus óvalos haciendo eco en la oreja, con música desgarbada se para, el bosque invernal parece una orquesta vacía, sus líneas regidas sobre aquellos manuscritos de nieve esparcidos.

El incrustado laurel de cobre de un roble brilla a través del vaso amarronado sobre una frente tan brillante como el whisky, mientras el aliento invernal de las líneas desde Mandelstam, que tú recitas, se desenrolla tan visiblemente como se fuma un cigarrillo.

‘El susurro de notas de rublo junto al Neva limón’.

Bajo tu lengua exiliada, crujiente bajo el talón, las guturales crepitan como hojas decadentes, la frase desde los círculos de Mandelstam con luz en una habitación marrón, en la estéril Oklahoma.

Hay un archipiélago gulag bajo este hielo, donde la sal, manantial mineral de las lágrimas que corren por estas llanuras tan duras y abiertas como el rostro de un pastor agrietado por el sol y rastrojado con nieve sin afeitar.

Crecimiento en los murmullos del Congreso de Escritores, la nieve circula como cosacos alrededor del cadáver de un indio cansado hasta que un vendaval de tratados y papeles blancos hacen que perdamos la visión de un solo humano a través de la causa.

Entonces cada primavera estas ramas cargan sus escudos, como bibliotecas con hojas recién publicadas, hasta que el desperdicio lo recicle –el papel en nieve-, pero, a cero de sufrimiento, una menta permanece como este roble con unas pocas hojas zafadas.

Mientras el tren pasa los íconos del bosque torturado, los témpanos sonando como corrales de carga, luego las espitas de lágrimas congeladas, las estaciones chirriando vapor, él las condujo en un solo aliento invernal, cuyas consonantes congeladas se convirtieron en piedra.

El vio la poesía en estaciones abandonadas, bajo nubes vastas como Asia, a través de distritos que podrían tragarse Oklahoma como una uva, aquellos árboles sombreados de la pradera no se detienen pero su espacio es tan desolado que se burla de sus destinos.

¿Quién es aquel niño oscuro en los parapetos de Europa, observando el río de la tarde fingir sus soberanías estampado con poder, no con poetas, el Támesis y el Neva sonando como notas de banco, entonces, negro sobre oro, las siluetas del Hudson?

Desde el congelado Neva a donde derrama el Hudson bajo las cúpulas del aeropuerto, las estaciones haciendo eco, el tributario de emigrantes cuyo exilio se ha hecho tan sin clase como el frío común, ciudadanos de un lenguaje que es ahora nuestro, y cada febrero, cada ‘último otoño’, tu escribes lejos de los trilladores, plegando el trigo como una muchacha trenza su cabello, lejos de los canales de Rusia temblando de insolación, un hombre viviendo con inglés en una habitación.

Los archipiélagos turísticos de mi sur son prisiones también, corruptibles, y aunque no hay prisión más dura que escribir versos, lo que es poesía, si vale la pena su sal, excepto hombres pasando una frase de la mano a la boca.

De la mano a la boca, a través de siglos, el pan que permanece cuando los sistemas han decaído, cuando, en el bosque de ramas de alambre de púa, los círculos de un prisionero, masticando la única frase cuya música perdurará más que las hojas, cuya condensación es el sudor marmóreo de las frentes de ángeles, que nunca se secarán hasta que el Borealis cierre las luces de pavo real de su lenta brisa de Los Angeles a Arcangel, y el recuerdo no necesite nada para repetirse.

Atemorizado y hambriento, con fiebre divina Osip Mandelstam se sacudió, y cada metáfora lo estremeció con escalofrío, cada vocal más pesada que una piedra de frontera, ‘al murmullo de notas de rublo por el Neva limón’, pero ahora aquella fiebre es un fuego cuyo fulgor calienta nuestras manos, Joseph, mientras gruñimos como primates intercambiando guturales en esta caverna invernal de una cabaña marrón, mientras en las corrientes afuera mastodontes fuerzan sus sistemas a través de la nieve.

 

traducción: Hugo Müller

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