Una historia de explorador

Escuchen la historia del explorador, contada delante de sesenta,

cuando las pipas están encendidas y fumamos y escupimos al fulgor de la fogata.

Somos toscos y veteranos, y establecemos una regla general,

una genuina historia de explorador no es un cuento para la escuela dominical.

 

Una mañana temprano un explorador llegó al paraíso para aventurar su reclamo.

San Pedro gritó: “¿Quién espera afuera de las puertas tan brillante y perlado?”
“Soy un muerto reciente” dijo el explorador, “y anhelo visitar el infierno

donde tal vez languidecen unos compañeros míos, incluidas ciertas mujeres”.

Dijo Pedro: “Ve, tú viejo explorador, tan malamente rajado de la vida,

y si fallas en encontrar su camino vamos a fisgonear alrededor del paraíso”.
El saludó ¡y sí!, aquel viejo explorador cayó a los rojos espacios del infierno,

pero aunque estaba caliente no pudo ubicar a aquellos viejos rostros familiares.

La roca del fondo ardía, entonces él se dio vuelta y trepó con pasos más fugaces,

por la escalera fue derecho a la puerta del paraíso y allí, por supuesto, estaba Pedro.

“No puedo ver a mis compañeros” dice él “entre aquellos condenados para siempre.

Tengo una corazonada de que alguno de la tribu descubriré en el paraíso”.

Pedro dijo: “Cierto, y todo esto lo haré (dado que los exploradores son mi debilidad),

verás a los muchachos en el paraíso, alineados contra la barandilla,

tan pelados como fochas, en trajes de cumpleaños, con barbas por debajo de la mitad…

Bueno, te permitiré entrar ahora mismo, si puedes resolver un acertijo:

Entre aquella banda de rígidos que cuelgan y tontean alrededor de los portales,

hay uno cuyo nombre es conocido a la fama, es Adán, el primero de los mortales.

Por el bien de la quietud rompió con Eva, que era su señora…

Bueno, esa es la puerta, a cruzarla derecho, sólo muéstrame al tipo que es Adán”.
El viejo explorador fue abajo a la fila de barbudos grises que rumiaban,

con ojos sombríos lo miraron y se apretaban contra el enrejado.

En cada rostro el buscó algún rastro de nuestro hermano ancestral,

pero aunque examinaba con atención, pronto se desesperó porque no pudo recoger la pista más fantasmal. Entonces de pronto gritó con alegría: “¡Ja, ja! Una inspiración”.

Y fue corriendo animado de un lado a otro de la fila.

A Pedro, orgulloso gritó:  “Mira, todos dijeron que eran once.

Supongo me quedo con el número seis, ¡digo, muchacho! ¿Qué es para el paraíso?”

“¡Por Dios!, tú ganas” dijo Pedro. “Adelante. Pero dime cómo lo elegiste.

Son iguales como alfileres, todos deben ser mellizos. No hay nada que lo revele”.

El explorador dijo: “Fue difícil, mi cabeza estaba hirviendo conmocionada.

Me sentía un loco, luego de súbito tuve una encantadora noción.

Me agaché y miré debajo de cada barba que caía como lana de cordero.

Mi búsqueda fue premiada… Aquel individuo que encontré no tenía ombligo”.

 

traducción: Hugo Müller

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