Alma bendita

¡Miren! Estoy viejo, mi cabello es blanco, mis ochenta años se están apagando,

y sentado junto al fuego esta noche bebo un ron que alivia mi tos.

Es verdad que soy ronco como un grajo, pero sintiéndome bíblicamente bardo,

estoy garabateando estas líneas en un libro: los versos completos de Thomas Hardy.
Aunque hoy él sea leído por pocos, he amado su obra más allá de toda medida,

así aquí esta noche hojeo sus páginas con el placer del viejo tiempo,

y con este libro sobre mis rodillas (hoy tan penosamente descuidado),

pienso y medito cómo pronto estaré entre los grandes rechazados.

Aún mientras escribo estas líneas con entusiasmo, aunque la hora para mí sea tardía,

pienso: “Esta noche, en todo el mundo soy el único que está leyendo a Hardy”,
y ahora él parece tan cerca de mí que parece que comulgo con su espíritu,

y mientras nadie lo ame tanto como yo ganaré un modesto mérito.
Estoy agradecido al hermano Thomas, aunque todo el mundo pase sin escuchar,

si algún barba gris se engaña conmigo, tal como esta noche estoy leyendo tus rimas, diciendo:

“Viejo bastardo, tú y yo por el pecado estamos enlazados en cuerpo y mente…”

Entonces antes de golpear el heno que he de acomodar brindaré con tu fantasma en el ponche de medianoche.

 

traducción: Hugo Müller

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