Las tres generaciones

Mamá intentaba lavar su ropa de jardín pero no lograba limpiarlas

y entonces pensó en hundirla en un cubo de bencina. Funcionó muy bien.

Ella la retorció y se sorprendió de lo que había hecho

con todo aquel cubo cargado de residuos altamente explosivos.

Ella sabía que era peligroso dispersarlo alrededor,

porque al abuelo le gustaba arrojar sus fósforos encendidos al suelo.

De algún modo ella no se atrevió a arrojarlo en el sumidero de la cocina,

y lo que maldita fuera había que hacer con ello la pobre mamá simplemente no lo podía pensar.

Entonces la naturaleza pareció dar la clave, cuando abajo, en el lote del jardín

espió el edificio que agraciaba un lugar solitario,

su Palacio de Necesidad, el orgullo y felicidad de la familia,

engarzado en la gloria matinal de la vid, con asientos graduados adentro,

como aquella cabaña dorada que se halló ocupada por tres,

pero en este caso se confundieron las palabras:

un pequeño asiento para la niña, uno medio para Mamá,

y una sección sagrada bien grande para el Abuelo.
Bueno, mamá estaba muy contenta de sacarse aquella preocupación de la mente,

y levantando el cubo tan combustiblemente inclinada,

se apuró por el jardín hacia aquel refugio tan discreto,

y volcó el líquido amenazante seguramente a través del asiento central.
A la mañana siguiente el Abuelo se levantó, hizo una comida abundante,

olisqueó el aire y dijo: ‘¡Por Dios! Me siento lleno de frijoles.

Maldita sea si no estoy tan fresco como la pintura,

mi felicidad será completa con sola una sesión tranquila en el usual asiento matutino,

para fumar mi pipa y meditar, y quizás escribir un poema,

porque ese es el tiempo cuando un poco de rima se sacude en mi mollera’.
Se sentó en aquel asiento especial peinado brillante por su edad,

y viéndose como Walt Whitman, sólo un sabio de bigotes plateados,

llenó su plato de mazorca de maíz hasta el borde, lo tocó cómodamente y soltó una risa:

De un día perfecto recordaré éste como la corona’.
Encendió la hierba, suavizó su necesidad, estaba tan suave y dulce:

y entonces dejó caer el fósforo encendido a través del asiento del medio.

Su pequeña nieta Rosalina gritó desde la puerta de la cocina:
‘Oh, mamá, ven rápido, hay algo mal, escuché un rugido espantoso,

oh mamá, vi unas llamas, se están elevando y yendo cada vez más alto…

Oh, querida mami, tristemente temo que nuestro coto de confort se ha incendiado’.

La pobre mamá estaba estremecida de horror ante las palabras de Rosalina,

ella pensó en los fósforos del abuelo y en aquel cubo de bencina,

entonces al jardín se dirigió corriendo con toda su energía,

porque por lo general el abuelo estaba allí, y ella sabía que era su hora.

Entonces agarrando jadeante a Rosalina que contemplaba el fuego,

una humareda rugiente se levantaba, quizá la pira del viejo abuelo…

Pero mientras las dos expresaban su dolor escucharon un aliento conmovedor,

contemplaron al viejo en cuclillas en el estanque de patos cercano,
sus bigotes plateados se habían chamuscado, un naufragio de Dios todopoderoso,

con la mitad de una yarda de papel engarzada alrededor de su cuello…

El gritó: ‘Digo, gente, oh, ¿oyeron la gran explosión que hice? Me puso rígido,

supongo que ustedes no tuvieron tanto miedo, pero ahora mejor me arrastraré afuera de este humedal… Pero lo que quiero figurarme es ¿qué mierda es lo que comí?’
traducción: Hugo Müller

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