La mujer y el ángel

Un ángel estaba cansado del cielo, mientras descansaba en la calle dorada

su halo se inclinaba a los costados, y su arpa permanecía muda a sus pies,

entonces el Señor se agachó en su piedad y le dio un pase para ir,

por el espacio de una luna, al mundo terrestre para mezclarse con los hombres.

Se quitó sus atuendos celestiales, apenas esperando que queden derechos,

le dijo adiós a Pedro, que estaba parado junto a la puerta dorada,

los cantantes asexuados del cielo cantaron una ferviente despedida,

y los diablillos levantaron la vista mientras farfullaban sobre las ardientes banderas del infierno.

Nunca se vio un ángel como ese, ojos de azul celestial,

rasgos que figuraban a Apolo, cabello de tinte dorado,

las mujeres simplemente lo adoraban, sus labios eran como el semblante de Cupido,

pero nunca se aventuró a usarlos, y así lo hacían lento.

Hasta que al fin vino una mujer, una maravilla de cariño, y ella le susurró:

“¿Me amas?” Y él le respondió a aquella mujer, “Sí”. Y ella dijo:

“Abrázame y bésame, y sosténme, así”, pero fieramente él retrocedió, diciendo:

Esta cosa está mal, y lo sé”.
Entonces dulcemente ella burló sus escrúpulos, y suavemente lo engañó:

Tú, que eres verdaderamente hombre entre los hombres, hablas con la lengua de un niño.

Hemos superado los viejos comportamientos, hemos explotado, como una correa demasiado apretada, las antiguas, gastadas tradiciones puritanas del Bien y el Mal”.

Entonces el Señor temió por su ángel, y lo llamó de vuelta a su lado,

pero oh, la mujer era maravillosa y oh, ¡el hombre fue tentado!

Y en lo profundo de su infierno cantó el Diablo, y éste era el tenor de su canción:

“Las viejas, gastadas tradiciones puritanas del Bien y el Mal”.
traducción: Hugo Müller

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