Encuentro de lucha

Qué agallas tenía el muchacho italiano que combatió con astucia a aquel francés sombrío,

cerca de una hora se molieron como locos y batieron la alfombra en raro estilo antiguo.

Luego se levantaban y se lanzaban como catapultas,

se enredaban, retorcían, se aferraban y colgaban,

se arrojaban en salvajes saltos mortales, y se montaban y martillaban,

se agachaban y balanceaban, y gemían y gruñían, suspiraban y aullaban,

ahora anudados fuerte, ahora brotando libres,

y se inclinaban para buscar los huesos del rival, sus rostros crispados en agonía…

Luego se levantaban con rabia, como tigres chocaban y golpeaban,

se agitaban y arrojaban, tropezaban y resbalaban, con golpe de martillo,

y chorreaban sudor y esfuerzo pulmonar, la gran concurrencia rugía de alegría
y salvaje escuché a una muchacha cerca gritarle al francés:

¡Atta, Muchacho! Ve por él, Jo-jo, mata al tipo”.
El muchacho de Roma era delgado y erguido, y veloz y elástico como un arco,

el hombre de Metz era severo y sombrío a pesar de todos los trucos que parecía conocer.

Entre rodillas y pantorrillas con una llave-candado, tomaba el hombro del muchacho como un vicio,

la mano aprisionada se ponía blanca como tiza, mustia como la muerte y fría como el hielo.

Y entonces él intentaba quebrarle la muñeca, golpeaba su riñón con la rodilla,

pero con un grito y giro-relámpago la juventud romana luchaba libre…

Entonces se engancharon y mutilaron como toros locos, y ciegamente se golpeaban,

hueso a hueso, se tendieron desparramados sobre la alfombra,

y se retorcieron y sacudieron con amargos gemidos.
Luego con los pies bamboleantes se colgaron de las cuerdas con ojos de dolor,

y entonces el francés se agachó y arrojó al italiano entre la turba de abajo,

que lo ayudó a levantarse nuevamente, con vítores, burlas y silbidos,

a donde el galo con mando y poder colgaba dispuesto a patear sus genitales,
y lo arrojaron inconsciente al ring… Y entonces un viejo gritó: “¡Mi hijo!”
La multitud enloquecida comenzó a arrojar sus sillas al ring, la lucha había terminado.

Suaves sandalias plateadas golpetearon el piso, a la falta de sonido se escucharon las palmas,

Las luciérnagas cantaban libres, la paz era preciosa y profunda.

Oh, ¿ha sido un sueño maligno?… Busqué una capilla de santos,

y allí delante del brillo del altar apreté mis manos y pensé y pensé…

 

traducción: Hugo Müller

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *