Clancy, de la Policía Montada

En el pequeño manual carmesí está escrito llano y claro que aquel que use el abrigo escarlata deberá decirle adiós al miedo,

deberá ser un guardián del bien, un sabueso del camino,

en el pequeño manual carmesí no hay palabras como “falla”,

deberá seguir aunque los cielos se caigan, o las torres del infierno se congelen,

si fuera necesario dar media vuelta al mundo, con manos y rodillas sangrantes.

Es el deber, el deber, primero y último, dice el manual carmesí, el jinete escarlata responde: “Es el deber, hasta la muerte”. Y así barren las soledades, hombres libres de toda la tierra,

y así son centinelas de los bosques, los desiertos que conocen su mérito,

y así recorren las llanuras sobresaltadas, y se burlan del dolor y la pena,

y leen su manual carmesí, y descubren su pleno deber.
Caballeros de las listas de desconocidos, nacidos de la necesidad de la frontera,

desdeñosos de la palabra hablada, exultantes en el logro,

inconcientes héroes del desperdicio, sostenedores del nombre:

porque el Gran Jefe Blanco ha dicho así: “Que haya paz en todas mis tierras”,

y para mantener su palabra le dio al Oeste su Policía Escarlata.
El valle tenía labios lívidos, rígidos como la gravedad de Dios,

sombras nubosas de montaña adelgazan en nieblas de nube,

la tierra era como un cadáver y espantosa, con un silencio que aplastaba y atemorizaba,

y las estrellas del extraño sub-ártico destellaban sobre su sudario.
En lo profundo de la trinchera del valle dos hombres estacionaron la posta,

Seymour y Clancy el intrépido, frescos de la larga patrulla,

Seymour, el sargento; y Clancy, Clancy que alardeaba que podía atravesar como un potro cerril la tierra del norte, y aferrarse a las uñas del Polo.
Dos hombres solos en destacamento, parados para la ley en el camino,

sin desmayo en la vastedad, sabios con la sabiduría de los viejos,

por la noche saludó a un mestizo que contó una historia penosa,

“hombres blancos desfallecientes de hambre y locos en los bancos de Nordenscold.”
El pelirrojo Clancy se levantó, inclinado y ansioso de ojos, cargó el largo tobogán,

ató a cada perro a su posta, arremolinó su látigo ante el líder;

entonces, con un grito y un alarido se desvaneció como un fantasma hacia el Gran Silencio Blanco.
Las nubes eran una sombra neblinosa, las montañas eran una niebla sombreada,

sin sol, sin voz, sin pulso, el día era un sueño de lamento,

a través de las grietas heladas el río humeaba, burbujeaba y susurraba,

detrás había un camino fresco roto, enfrente de la nieve no pisoteada.
Clancy surcaba por encima de los perros, con un halo de su aliento vaporoso,

a través del peligro del agua abierta, a través del dolor del frío insensato,

sobre ríos sinuosos en una tierra prometida a la muerte,

hasta que llegó a una cabaña cubierta en los bancos de Nordenscold.
Entonces Clancy desató su revólver, y avanzó a través de la puerta abierta,

y allí estaba el hombre que buscaba, agazapado junto al fuego,

el pelo de su barba se estaba chamuscando, la escarcha en su espalda estaba gris,

y siempre entonaba y cantaba como si jamás se fuera a cansar:

He lavado y lavado en la arena brillante, y he franqueado la barrera del río,

pero sé, lo sé, que es allí abajo donde están los tesoros dorados,

entonces esperaré y esperaré hasta que las mareas se calmen,

y hundiré una caña una vez más, y me gustaría apostar de que iré aún a casa con una orquesta bronceada tocando delante de mí”.

Estaba casi tan flaco como una brizna, y se quejaba como un chucho con piel de alce,

entonces Clancy lo arropó y lo cuidó como una madre cuida a un niño,

lo colocó en el tobogán, lo cubrió con túnicas de piel,

entonces con los perros doloridos esforzándose inició el camino a lo Salvaje.
Dijo lo Salvaje “aplastaré a este Clancy, tan intrépido e insolente,

hacia él desataré mi furia, y lo encegueceré, lo abofetearé y batiré,

apilaré mis nieves para detenerlo, entonces cuando se le haya gastado su fuerza

saltaré sobre él desde mi emboscada y lo aplastaré bajo mis pies.
A él lo llamaré con mi silencio, lo abarcaré con mi frío,

más cerca lo estrujaré hacia mi seno congelado, me burlaré de él con mis ventiscas,

en lo profundo de mis nieves envolventes, reclamando su vida como mi tributo, dándole a mis lobos el resto”.
Clancy se arrastró a través de la vastedad, sobre él el odio de lo Salvaje,

de lleno en su rostro cae el vendaval, animando a sus huskies para que corran,

luchando, fiero de corazón y sin descanso, las nieves lo atravesaban y se apilaban sobre él,

siempre detrás de él el hombre loco cantando eternamente.
Ey, canta, canta, por el hielo y la nieve, y un corazón que siempre esté feliz,

ajustémonos con el cuidado de un amante (¿por qué un hombre debería dar lástima?)
Una tumba profunda, profunda, con la luna espiando, una tumba en la moldura congelada.

Ey, canta, canta por los vientos y la tormenta,

y una tumba profunda en el hielo y la nieve, una tumba en la tierra del oro”.
Día tras día de oscuridad, el remolino de las nieves hirvientes,

día tras día de ceguera, la arremetida de las ráfagas aguijoneantes,

a través de un manchón de furia el balanceo de golpes tambaleantes,

a través de un mundo de confusión, vacío, inane y vasto.

La noche con su tormenta arremolinada retorciéndose, la noche desesperantemente negra,

la noche con sus horas de terror, adormecida y eternamente larga,

la noche con su cansadora espera, luchando contra las sombras,

y siempre el loco agazapado cantando su loca canción.
Frío con su terror estremecedor, frío con su súbito abrazo,

frío tan absoluto que te preguntas si alguna vez volverá a estar cálido,

Clancy sonrió mientras se estremecía, “seguramente no es un juego de niños

ser la nodriza mojada de un lunático en los dientes de una tormenta ártica”.
La tormenta pasaba y rompía el amanecer, afilada como un cuchillo y clara como el cristal,

el cielo era un iceberg coronado de azul, el sol fuera de la ley,

siempre junto al deslizamiento de la nieve, acechado por las rasgaduras del hielo y el miedo revoloteando,

siempre el maligno Salvaje jadeando y preparado para matar.
El perro líder se congela en el arnés, ¡sácalo del equipo!
El pulmón de la rueda de los perros sangrando, ¡dispárale y déjalo descansar!

Adelante y a avanzar con los otros, ¡azótalos hasta que aúllen!
“¡Empujen por sus vidas, ustedes, demonios! ¡Adelante! Detenerse es morir”.
Allí en la vastedad congelada Clancy luchó con sus enemigos,

el dolor de los dedos rígidos, el corte de la correa de los esquíes,

mejillas ennegrecidas a través de la solapa del sombrero, ojos que hormigueaban y se cerraban,

y siempre para urgirlo y animarlo la temblorosa canción del hombre loco.
El frío aumentaba, y más frío aún, hasta que el último calor abandonó la tierra,

y allí en la gran y espantosa quietud los fuegos de la bala brillaban y centelleaban,

y lo Salvaje alrededor estaba exultante y se sacudía con diabólica alegría,

y la vida estaba lejana y olvidada, el fantasma de una felicidad una vez soñada.
¡Muerte! Y uno que la desafiaba, un hombre de la Policía Montada,

combatió ahí para una larga contienda luego de que la esperanza se había ido,

sonreía a través de su amarga angustia, luchó sin cesar ni aflojar, sufriendo,

luchando, esforzándose, tambaleando y peleando de nuevo.

Hasta que los perros se acostaron en sus rastros, se levantaban, tambaleaban y caían,

hasta que sus ojos se nublaban con sombras, y el camino era tan difícil de ver,

hasta que lo Salvaje aulló triunfante, y el mundo era un infierno congelado, entonces dijo Constable Clancy: “Creo que ya es bastante para mí“.
Lejos en el camino lo vieron, y sus manos estaban blanqueadas como hueso,

su rostro estaba ennegrecido de horror, desde sus párpados corrián legañas saladas,

sus pies estaban extrañamente elevados, como si estuvieran hechos de piedra,

pero a salvo en sus brazos y durmiendo transportaba al hombre loco.
Entonces Clancy entró a las barracas, y los muchachos hicieron una escena,

y la dirección lo llamó un héroe, y era hermoso como puede ser un hombre,

pero Clancy contempló sus pantalones en el lugar donde debían estar sus pies,

y entonces aulló como un husky y cantó una nota que sacudía:
Cuando vuelva al viejo amor que es leal a la punta de los dedos diré:

`Aquí hay matorrales de oro, amor’, y besaré a mi muchacha en los labios,

‘es tuyo para que lo tengas y lo conserves, amor’. Es el orgullo, orgulloso muchacho seré

cuando regrese al viejo amor que me ha esperado por tanto tiempo”.

 

traducción: Hugo Müller

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