Anillo de bodas

Empeñé el anillo de bodas de mi esposa enferma para beber y hacer de mí una bestia.

Obtuve lo máximo que podía brindar, las menos valiosas monedas de oro.

Con sigilo me deslicé en su habitación y se lo robé mientras dormía.

No creo que ella lo sepa, y en su lugar dejé una banda de plata que tiene mayor brillo
y reluce en su mano marchita.

No creo que ella se dé cuenta del cambio, no ve muy bien.
Ruego a Dios que ella no me descubra. Por lejos preferiría estar muerto.

Aún ayer ella pareció dudar, y mirándome largamente dijo:

Mi dedo se debe haber encogido, porque mi anillo parece más grande de lo que era”.
Lo contempló tan anhelante, y una lágrima grande rodó por su mejilla.

Ella dijo: “Lo enterrarás conmigo…”. Estaba tan conmovido que no pude hablar.

¡Oh, desgraciado de mí, cómo el whisky puede hacer un diablo de un hombre!

Y encima sé que ella aún me ama, como en la mañana en que nos casamos,

y oscuramente sé que yo también seré condenado el día que ella se muera.
Y todavía juro, antes de que ella se vaya, que recuperaré el anillo de la casa de empeño.

Lo obtendré aunque tenga que robarlo, entonces cuando para calmar su amarga pena

le den sueño, oh, sentiré su mano y lo pondré nuevamente,

a través de las lágrimas de su rostro gastado la veré,

y rezaré a Dios: ¡Oh, ten piedad de mí!”

 

traducción: Hugo Müller

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