Alambre de púas Bill

Al amanecer del día la tierra blanca yace toda sombría y espantosa,

cuando Bill McGee me dice: “Tenemos que hacerlo, Jim.  Tenemos que llegar rápido a Fort Liard. Sé que el río está malo, ¡pero oh!, la pequeña mujer está enferma… ¡Por qué!, ¿no lo sabes, compañero?

¡Y yo! Bueno, sí, debo confesar que no era duro ver que su pequeño grupo familiar pronto sería uno o tres.

Y entonces respondí, descuidado: “¡Por qué, Bill! ¿No creerás que me atemoriza aquel arroyo burbujeante? A donde sea que digas, iremos”.
Alambre de púas Bill era un verdadero hombre vivo, con interiores revestidos de cobre,

porque “alambre de púas” era la marca de “alcohol” a la que estaba más inclinado.

Lo conocían lejos, sus iglús están en la ribera de Kittiegazuit.
Lo conocían bien, las tribus que viven dentro de la tierra baldía.

Desde Koyokuk a Kuskoquim su fama estaba en todas partes,

e hizo amor, sobre toda la vida, con aquella pequeña Julie Claire,
la ágil muchacha, esclava blanca que compró por setecientas pieles,

y la llevó a su cabaña para hacer sus mocasines.
Nos arrastramos por el banco del río y éramos tipos flojos,

aquella Julie Claire de Dios sabe dónde, Alambre de púas Bill y yo.

De orilla a orilla oímos el rugido que hacían los témpanos de hielo agitados,

y nos reíamos fuerte, y arrojamos nuestra balsa y seguimos en su despertar.

El río barría, saltaba y se enfurecía, y nos atrapó en su tranco,

y nos lanzamos en medio de un mundo que aplastaba a cada lado.

Con hosco estruendo los bancos se derrumbaban, la costa de hielo lanceaba la corriente,

los témpanos desnudos se levantaban como espectros, zangoloteando y brillando.

Un ancla de hielo negro de extraña maquinaria se disparó hacia arriba desde su lecho,

como la noche y el día nos abrimos paso y aceleramos como la flecha.

Pero “¡más rápido!” gritaba Alambre de púas Bill, y miraba el día largo como la vida

en torpe desesperación ante Julie Claire, tan blanca como la muerte yacía.

Y a veces parecía rezar y a veces parecía maldecir, y se inclinaba, con ojos de amor,

y aún ella se ponía peor.
Y mientras nos sumergíamos, saltábamos y nos lanzábamos, su rostro estaba cogido por la pena,

y yo podía sentir sus nervios de acero temblar ante el esfuerzo.

Y en la noche ma agarró fuerte cuando me había dormido rápido:

El río está pateando como un buey… ¡saca el remo delantero!
Aquello que está adelante es la puerta infernal del Cañón, conozco de viejo su rugido, y…

¡seré condenado, el hielo está atascado! Tenemos que ir a la orilla”.
Con un salto salvaje agarré el remo. La noche estaba negra como el pecado.

El hielo flotante se rompía, rasgaba y destrozaba, y nos aturdía con su estrépito.

Y cerca, y más cerca, y claro, y más claro yo oía la explosión del cañón,

y rápido y fuerte seguimos adelante para encontrar nuestra espantosa condena.
Y mientras con espanto atisbé la muerte que nos esperaba allí mi único pensamiento era la chica,

la pequeña Julie Claire; y así, como un loco demonio atemorizado, jadeé en el remo,

y pie a pie, pulgada a pulgada, maniobramos la balsa hasta la orilla.
El banco estaba estacado con hielo molido, y mientras nos raspaba y chocaba

sólo conocía una cosa para hacer, y a través de mi mente titiló:

aún mientras tanteé para encontrar la soga escuché el grito salvaje de Bill:

“¡Ese es mi trabajo, muchacho! Soy yo quien salta. ¡Enderezaré la balsa o moriré!”
Lo vi saltar, lo vi arrastrarse, lo vi ganar la tierra, lo vi nadar, lo vi caer, luego correr con la soga en la mano.

Y entonces la oscuridad lo engullió, y nos arrojamos abajo una vez más,

cerca, más cerca aparecía el abismo, y su rugido era como un trueno.

¡Oh Dios! Todo está perdido… De Julie Claire vino un gemido de dolor, y entonces,

la soga se puso tensa de pronto, y temblaba ante el esfuerzo, se deslizaba y aflojaba,

silbaba y apretaba, ¡y oh, sostuve mi aliento! Y allí estábamos colgados y nos balanceábamos justo en las fauces de la muerte.
Un pequeño hilo de cuerda de cáñamo, y cómo lo observé allí,

con un infierno de sonido todo alrededor, y la oscuridad y la desesperación,

un pequeño hilo de cuerda de cáñamo, lo observé completamente solo,

y en algún lugar en la oscuridad detrás escuché el lamento de una mujer,

y en algún lugar en la oscuridad detrás escuché el llanto de un hombre,

luego silencio, silencio, cayó el silencio, y se burló de mi grito vacío.
Y aún una vez más desde la orilla escuché aquel grito de dolor, un lamento de mortal agonía, entonces todo fue silencio nuevamente.
Aquella noche fue el infierno con todos los adornos, y cuando el amanecer rompió la oscuridad vi una tierra estrecha y nivelada, pero nunca un signo de él.

Vi una orilla chata y congelada de espantosa disposición, vi un largo hilo de cuerda que se desvanecía en el hielo.
Y en aquella orilla sin rocas ni árboles encontré a mi compañero muerto.

No había lugar allí para colocar la balsa, así él sirvió en su lugar,

y con la soga azotándole la cintura, en última lucha desafiante, se lanzó debajo del hielo,

que lo cerró y lo agarró fuerte, y allí él nos mantuvo apartados de la muerte, tan rápido descansa en la muerte…

Digo, ¡muchachos! No soy un tipo pío, pero sólo intenté rezar.

Y entonces miré a Julie Claire, y yo estaba dolorido y avergonzado,

porque de las ropas que la cubrían oí un llanto de bebé…

Así fue el amor conquistador de la muerte, y se dio vida por vida,

Y aunque no haya santo en la tierra, ¿piensan que Bill se cuadró con el Cielo?

 

traducción: Hugo Müller

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