Abuelo

El cielo es poderosamente dulce, creo; no hay apuro por ir allí,

ser un pecador, más o menos, tal vez no se ajuste allí.

Aún pervertido, atado a confesar, debería languidecer un poco allí.
El cielo es estupendo, dicen los predicadores: estoy tan acostumbrado a la tierra aquí,

tengo tan buenos momentos por todo el camino, regocijo, diversión y alegría aquí,

ochenta primaveras se van hoy desde que nací aquí.
Es como un hechizo de años felices. Desearía poder comenzar,

nube y brillo del sol, risa, lágrimas, viviendo cada minuto.
Mujeres también, las preciosas queridas, lleno de ellas en él.
¡Cielo!, esa es otra historia. Deberían dejarme masticar allí.

Tendré mi jarra de cerveza, ¿me gustará la bebida allí?
Quizá me vuelva flojo y rancio, no más coros para hacer allí.
Aquí saco la maleza del jardín, asusto a los cuervos del pillaje,

fermento un montón al sol, hablo sobre la labranza.

He luchado una hilada de batallas, anciano del pueblo.

El cielo es poderosamente fino, lo sé… Todavía, no se está tan mal aquí.

Veo los arces todos brillantes, los estorninos son tan agradables aquí:

estaré poderosamente furioso de partir, he tenido tiempos suculentos aquí.
Señor, sé que comprenderás. Con tu luz me conducirás.

Aunque no sea un tipo piadoso, estaré aquí cuando me necesites.

¡Dios! Sé que el cielo es grandioso, ¡pero maldita sea! Dios, no me apures.

 

traducción: Hugo Müller

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