Librepensador

Aunque el predicador sea una molestia, el ateo lo es aún más.

No creo que lo religioso valga una maldición, mis visiones son reconocidas por ser amplias,

y aún me callo como una almeja cuando la gente se imagina a Dios,

odiaría que mis hijos pensaran como yo, y aunque me dejen en la estacada

siempre estoy muy agradecido de ver a mi familia dirigirse a la iglesia.

Aunque tenga un estante de libros con material escéptico

debo confesar que conservo su conocimiento para mí: la duda no ayuda a la felicidad.

Nunca me burlo de las sagradas escrituras, pero envidio a aquellos que las mantienen vivas,

y aunque nunca haya estado en eso estoy orgulloso de tener un banco en la iglesia.
Siempre fui un tipo dubitativo, supongo que algunos nacen de ese modo.

No puedo apegarme a la religión desde la vez que rompí el día sabático.

Aún el ateísmo es un trago amargo, y esto lo he aprendido de maneras áridas,
si crees en una cosa, será cierta en tanto te involucres en ello.

Estoy de acuerdo en que soy sentimental, por cómo siempre estoy

contento de girar desde Ingersoll y ver a mis pequeñas muchachas vestidas de comunión.

Y mientras mi gente camina pesadamente hacia la iglesia les grito con simple alegría:

Digo, gente, si van a hablar con Dios digan una palabra por mí”.

 

traducción: Hugo Müller

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