La ley del Yukón

Esta es la ley del Yukón, y siempre ha sido clara:

“No me envíen a los tontos y débiles, envíenme a los fuertes y sanos,

fuertes para la furia roja de la batalla, sanos porque los hostigaré hasta herirlos,

envíenme hombres ceñidos para el combate, hombres que están con arena hasta la médula,

veloces como la pantera en el triunfo, fieros como el oso en la derrota,

engendrados de un pariente bulldog, armados al calor del horno.

Envíenme a lo mejor de su especie, dénme los escogidos,

a ellos los llevaré a mi pecho, a ellos los llamaré mis hijos,

a ellos doraré con mi tesoro, a ellos los saciaré con mi carne,

pero los otros –los defectuosos, los inadaptados, los aplastaré bajo mis pies.

Disolutos, condenados y desesperados, lisiados, paralizados y asesinados,

ustedes me enviarían la progenie de sus alcantarillas, ¡vayan!, tomen la prole de nuevo.
Salvajes y anchas son mis fronteras, severo como la muerte es mi imperio,
desde mi despiadado trono he gobernado sola por un millón de años y un día,

abrazando mi poderoso tesoro, esperando que venga el hombre,

hasta que él barrió como un turbio torrente, y luego de él barrió la escoria.

El pálido alcahuete de la línea mortal, el nervioso de la pluma,

uno a uno los eliminé, porque todo lo que buscaba eran Hombres.

una a uno los desmayé, atemorizándolos hasta el dolor con mis tinieblas,

uno a uno los traicioné en mis múltiples condenas.

Los hundí como ratas en mis ríos, los hambreé como perros en mis llanuras,

pudrí la carne que les había dejado, envenené la sangre en sus venas,
estallé con mi invierno sobre ellos, marchitando su vista para siempre,

latigué sus rostros con hongo blanco, gimiendo salvaje en la noche,
tambaléandose ciegos a través del torbellino de la tormenta,

tropezándose locos a través de la nieve,

congelados rígidos en el cúmulo de hielo, quebradizos y doblados como un arco,

sin rasgos, sin forma, abandonados, perfumados por los lobos en su vuelo,

dejados por el viento para hacer música a través de las costillas que brillan blanco,

royendo la negra corteza del fracaso, buscando el pozo de la desesperación,

torciendo el dedo en el gatillo, intentando chapurrear una oración,

saliendo con una modelo, delirando con labios llenos de espuma,

escribiendo un cheque por un millón, diciendo tonterías domésticas,

perdidos como una sabandija en el incendio… o de otro modo

buscando un solaz de borracho en el pueblo de tiendas, hundiéndose cada vez más abajo,
embarrados en el fango hasta el tope, muertos para un mundo decente,

perdidos en medio del naufragio humano, lanzados lejos a la frontera,

en el campamento en la curva del río, con sus docenas de salones brillando,

sus alborotos en sus casas de juego, resonando todos sus gramófonos,
engarzados con los crímenes de una ciudad, llenos de pecado y rodeados de mentiras,

en el silencio de mi vastedad montañosa, en el relampagueo de mis cielos de medianoche.

Lugares de plaga, aún herramientas de mi propósito, tan poco sufro al verlos esforzarse,

aplastando a mis débiles en sus crisis, que sólo los fuertes sobrevivirán.
Pero los otros, los hombres de mi ánimo, los hombres que establecerán mi fama

hasta su última edición, ganando mi honor, no vergüenza,

buscando mis valles más lejanos, luchando a cada paso que dan,

disparando a la cólera de mis rápidos, escalando mis murallas de nieve

rasgando las tripas de mis montañas, saqueando los lechos de mis arroyos,

a aquellos los llevaré a mi pecho, y les hablaré como habla una madre.

Soy la tierra que escucha, soy la tierra que cría,

inmersa en belleza eterna, aguas cristalinas y bosques.

Mucho tiempo he esperado solitaria, rehuida como una cosa maldita,

monstruosa, patética, temperamental, la última de las tierras y la primera,

avizorando las fogatas de los campamentos en el crepúsculo, triste con un anhelo abandonado,

sintiendo mi vientre sobre-preñado con la semilla de ciudades no nacidas.

Salvajes y anchas son mis fronteras, severo como la muerte es mi imperio,

y espero por los hombres que me vencerán, y no seré vencida en un día,

y no seré vencidoapor enclenques, sutiles, suaves y moderados,

sino por hombres con corazones de vikingos, y la simple fe de un niño,

desesperados, fuertes y sin resistencia, no estrangulados por el temor o la derrota,

a ellos los doraré con mi tesoro, a ellos hartaré con mi carne.
Grandiosa me paro desde cada tierra hermana, paciente y cansadamente sabia,

con el peso de un mundo de tristeza en mi quietud, ojos desapasionados,

soñando sola con un pueblo, soñando sola con un día,

cuando los hombres no violen mis riquezas, y maldigan y se vayan,

haciendo chismes de mi generosidad, manchando la mano que les dio,

hasta que me levante en mi cólera y barra su camino y los estampe en una tumba.

Soñando con hombres que me bendecirán, con mujeres que me estimarán bien,

con niños nacidos en mis fronteras de radiante maternidad,

con ciudades saltando de estatura, con fama como una bandera desplegada

mientras derramo la ola de mis riquezas en el ansioso regazo del mundo”.

Esta es la Ley del Yukón, que sólo los fuertes prosperarán,

que seguramente los débiles perecerán, y sólo los justos sobrevivirán.

Disolutos, condenados y desesperados, lisiados, paralizados y asesinados,

ésta es la voluntad del Yukón, ¡sí, qué clara la manifiesta!
traducción: Hugo Müller

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