Herido

¿No es extraño? Hace un año, con apenas un pensamiento más allá de la monótona ronda,

hice mi trabajo decente y gané mi paga, estaba medianamente feliz, estaría ligado.

Sí, en mi pequeño surco estaba contento, viendo mi vida correr suavemente al final,

con días prosaicos pasados en la labor estólida,

y noches alegres, una pipa, un vaso, un amigo.

En el buen tiempo de Dios un fuego de hogar brilla acogedor, una esposa y niños,

y todo lo que necesita un tipo, cuando ¡de pronto!, mi sueño va como una burbuja:

salgo al escenario de las hazañas espléndidas.

Grito con furia, me revuelco profundo en la sangre:

yo, que era un escribiente en una tienda de comestibles
Más extraño que cualquier libro que haya leído jamás.

Aquí, yazgo en el apestoso campo de batalla, bajo las estrellas,

amontonado con los muertos grasientos, me gustaría también,

si nadie me lleva adentro, morir.
Golpeado en los brazos, piernas, hígado, pulmones y bilis,

malditamente agradecido de que no haya nada más de mí para herir,

aunque calmo, y nunca sintiendo dolor alguno, y lleno de maravilla por el giro de las cosas.

Porque de los muertos que me rodean tres son míos,

tres enemigos conquistados en el remolino de la contienda,

así si me muero no tengo derecho a gimotear,

siento que he hecho muy bien mi pequeño aporte.
No sé cómo –pero hay mendigos allí, tan muertos como arenques en un frasco de escabeche.

Y aquí estoy, más malherido de lo que pensaba
porque en la lucha una bala aguijonea como la abeja, nunca le prestas atención,

el aire es metal caliente, e hiere todo lo viviente con pequeños aleteos.

Pero a tu cargo. Ves los compañeros caer, tu compañero estaba a tu lado,

luchando bien como lunático, giras hacia él, ¡y sí!, ya no hay compañero,

te preguntas vagamente si lo ensartaron mal.

Pero a tu cargo. Los cielos vomitan muerte, y la viciosa muerte está maldiciendo el campo.

Estás ciego de sudor, estás aturdido y sin aliento,

y aunque grites no puedes escuchar un sonido. Pero a tu cargo.

¡Oh, la guerra es un juego estimulante!

A tu alrededor nubes humeantes como una torre de ogros,

la tierra está cercada con espuelas de llamas, y en tu casco llueven piedras y cenizas.

Pero a tu cargo. ¡Es extraño! No tienes miedo.

Las balas de las ametralladoras azotan y golpean tu camino,

rojos, amarillos, negros, los humeantes gigantes se encabritan,

las bombas estallan, los cielos rugen en cólera. Pero a tu cargo.

Alambres de púas todos pisoteados. La tierra toda ensangrentada y alquilada por una explosión,

sombríos montones de gris donde una vez hubo montones de marrón,

una zanja irregular, la primera línea de los alemanes al fin.

Todo aplastado al infierno. Su segundo justo adelante, entonces a tu cargo.

No hay nada más que hacer. Más agujeros apestosos,

sangre, alambre de púas, muertos espantosos (la correa de tu polaina deshecha, eso te preocupa).

Miras a tu alrededor. Piensas que estás completamente solo.

Pero no, tus camaradas vienen surgiendo a izquierda y derecha,

el tipo más cercano se deja caer sin un gemido, su rostro aún gruñendo con la rabia de la batalla.

¡Ja! Aquí está la segunda trinchera, igual que la primera, sólo un poco más expuesta,

más aporreada, corroída por las llamas, maldecida por la muerte,

sin duda una bonita pieza de trabajo, ahora por la tercera,

y allí tu trabajo estará hecho, así a tu cargo. Nunca te detienes a pensar.

Tu maldita correa arrastrándose mientras corres, sientes que venderías tu alma por un trago.
El aire acre está lleno de lamentos agrietados. Te preguntas cómo está tu andar cansino.

Echas espuma de rabia. ¡Oh, Dios!, estar al alcance de alguien para lanzarse, aplastar y matar.

Tu camisa está goteando sangre, estás viendo rojo,

estás enloquecido por la batalla, tu turno está llegando ahora.

¡Mira!, allí está el áspero alambre de púas levantado, y allí está la trinchera, llegarás allí de cualquier modo.

Tu correa queda atrapada en una franja de alambre y caes, quizá te salve la vida,

porque sobre pilas de bolsas de arena los ves disparar,
tipos con las cabezas peladas, sus ojos ardiendo en la contienda.

Te arrastras, te cubres, entonces nuevamente te sumerges con todos tus camaradas rugiendo a tus talones.

¡A por ellos, compañeros! Apuñalas, clavas, embistes, una llamarada de gloria,

entonces el mundo en rojo se tambalea.

Una estampida de triunfo, entonces… estás un poco por desmayarte…

¡Aquella maldita correa! Ahora a sujetarla…

Bueno, ese es el cargo. Y ahora estoy aquí solo.

He construido un pequeño muro de alemán en alemán,

para protegerme de las abejas plomizas que zumban (me evita preocupación y no les hace daño).

La única cosa que me pregunto es cuándo pasearán por mi camino algunos camilleros.

No hay demasiado que haya quedado de mí, pero mientras hay vida hay esperanza, al menos eso dicen.

Bueno, si estoy estropeado seré un tipo feliz. Les digo que no envidiaría a ningún rey.

He parado de pelearme, y estoy orgulloso y contento,

he tenido mi hora de coronación. ¡Oh, la guerra es lo mejor!

Nos da a los tipos comunes, trabajadores, nuestra oportunidad,

nn sabor de gloria, caballería, romance.

Ay, dicen que la guerra es infernal, es celestial también.

Le permite a un hombre descubrir lo que vale.

Toma su medida, muestra lo que puede hacer, le da alegría como nada en la tierra.

Lo atiza con una llama que de otro modo se apagaría,

aquellos días tristes, discordantes, le enseñana dolor y sacrificio,

fe, fortaleza, coraje sombrío más allá de toda alabanza.

Sí, la guerra es buena. Así, aquí junto a mi crimen,

un feliz desgraciado espera en medio del estrépito,
porque aunque perezca la ganancia será mía…

¡Hola, aquí, compañeros! ¿No me llevarán? Dénme un cigarro para fumar en el camino…

¡Hemos tomado La Boiselle! ¡El infierno, dicen! Bueno, eso haría a un cadáver levantarse y sonreír…

¡Adelante! Viviré para luchar otro día.

 

traducción: Hugo Müller

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