Hacia una radicalización de la dictadura bolsonarista

Los desafíos a la democracia y el orden civil en Brasil han aumentado enormemente en las últimas dos semanas. Mientras se acrecientan los riesgos para el gobierno de Bolsonaro, del mismo modo el presidente ultrafascista amenaza con desangrar el país y endurecer aún más su dictadura financiada por Washington.

Las tensiones alcanzaron su punto de ebullición cuando Lula fue liberado por un fallo miserable de la misma Corte que lo condenó, con el Ministro de Justicia Sérgio Moro como adalid y factotum de su encierro y proscripción. La cantidad de causas que le armaron con el infame sistema de lawfare, fakenews y posverdades propagadas por los think tanks de la derecha global, en concertación con sus medios de comunicación masivos y sus sicarios judiciales como Moro.

La imagen de la salida de Lula de la prisión fue un poderoso símbolo de repudio a su gobierno que, como ya se ha explicado en varias oportunidades, no es otra cosa que la continuidad del golpe encabezado por el traidor Temer, hecho reconocido por este infame personaje que lo precedió en la presidencia. Lula conserva una fuerte capacidad de empatía con los pobres, que son mayoría en este país hundido en una profunda crisis económica desde 2014, cuando la última presidente legítima del país decidió entregarle las riendas de la economía a los Chicago boys[1].

La liberación de Lula fue una llamarada de esperanza para la izquierda continental, siendo velozmente abortada por el exitoso golpe militar-policial al gobierno de Evo Morales en Bolivia. En su primer discurso en libertad, Lula convocó a protestas similares a las que se llevan a cabo en Chile, y el gobierno respondió amenazando que pronto lo encerrará de nuevo por “sedicioso”, empleando similares argumentos a los de los golpistas bolivianos. De hecho, Bolsonaro prestó todo tipo de colaboración –principalmente financiera- para consumar este golpe en el país vecino.

De hecho, hasta el presente, el gobierno de Bolsonaro se manejó siempre en forma idéntica a la de los cruceños racistas. El sicariato es la metodología para deshacerse de sus enemigos –bien al estilo colombiano- mientras que las amenazas a lulistas través de redes sociales son frecuentes y atermorizan a los brasileños que quieren volver al denostado “populismo”. Además, los ideólogos del bolsonarismo, como el filósofo-astrólogo agente de la CÍA Olavo de Carvalho, ya han propuesto que han de implementar la ley AI-5 de la dictadura, que les permitía a los policías y militares robar, torturar y matar impunemente. Bolsonaro y su clan, que lo creen mesías, han exaltado y celebrado las acciones de reputados torturadores.

Si bien sus puntos de vista sobre la política y la economía los extrae del evangelismo estupidizante que domina ideológicamente a la nación, Bolsonaro tiene serios problemas de egocentrismo y enajenación. Y cree que sus hijos bobalicones son competentes y pueden asesorarlo libremente en su gestión. Adoradores del gobierno asesino y masacrador de Israel, los Bolsonaro son capaces de desatar “cacerías” peores que las lanzadas por el gobierno de la autoproclamada Añez. De hecho, toda la familia Bolsonaro está fuertemente implicada con el asesinato de la activista lesbiana petista Marielle Franco.

Cuando O Globo reveló los detalles del informe que vinculan al presidente con este cobarde crimen Bolsonaro estalló de furia en un video que publicó en su cuenta de Twitter desde Arabia Saudita, donde se había reunido Mohammed bin Salman, el autor intelectual del descuartizamiento del periodista del Washington Post, Jamal Khashoggi. Allí el excitado presidente brasileño anunció que instruyó a Moro para que procese a todos los que lo difaman asociándolo al asesinato de Franco.

Dos meses antes, el periodista de ultraderecha Augusto Nunes agredió físicamente al periodista puto Glenn Greenwald, quien denunció todas las maniobras y ardides que utilizaron Moro y Bolsonaro para encarcelar a Lula. La paliza que recibió Greenwald fue festejada por el gobierno bolsonarista, y en sus chabacanos modos, alardearon en redes sociales de que debió ser más violenta.

Lo que revelan todos estos eventos es que Bolsonaro y su troupe son una banda de provocadores que quieren reprimir cualquier vestigio de socialismo o comunismo del territorio brasileño. Amparados en su discurso negacionista y revisionista, convencieron a millones de compatriotas que la dictadura del siglo XX fue noble y no infame. Ellos saben que para terminar de liquidar la democracia necesitan generar desorden y protestas, lo cual es una consecuencia natural de sus desastrosas políticas públicas. Una nueva transformación del régimen golpista brasileño se avizora en el horizonte, y no es precisamente bella, sino más bien horrorosa, estando estrechamente emparentada con lo recientemente acaecido en Bolivia.

[1] Economistas que creen en el libre mercado absoluto y el achicamiento extremo del aparato estatal.

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