Apolo Belvedere

Sentado en una caja de galletitas y escupiendo en el fogón

tuve una súbita noción de que me gustaría vagar, así que compré un billete,

tan fácil como puede ser, desde Pumpkinville en Idaho a Roma en Italia,

y en siete días me encontré en otra atmósfera contemplando una estatua llamada Apolo Belvedere.

Ahora soy un pecador ahogado en ron, y la religión no es mi plan,

aún estaba asombrado por aquel dorado Vaticano,

y cuando vi la capilla de San Pedro todo lo que pude hacer fue jurar,

en lo que recuerdo fue después de todo una forma de rezo,

pero mientras buscaba en medio de aquellas desconcertantes visiones hacia dónde dirigirme
la elegida era aquella que llamaban Apolo Belvedere.
Digo, no tengo cultura y no conozco ningún arte, pero aquella estatua de allí me atrapó,

parada en su sala aparte, en una alcoba cubierta de terciopelo, mirando siempre brillante,

como la visión de un poeta, plena de belleza, gracia y luz,

y aunque sé que ese tipo de palabras suenan afeminadas al oído,

fue tal cómo me conmovió aquel Apolo Belvedere.

Contemplé sus imágenes en las revistas lustrosas de arte moderno,

y maldita sea si puedo entender qué significan:

¿cualquier imbécil de hoy destaca miles de años de prueba?
Porque aquellos viejos paganos nos hacen ver como mezquinos en el mejor de los casos.

Y quizá, también, sus mentes eran tan luminosas y claras

como aquella inmortal estatua de Apolo Belvedere.
Y toda su marcha de progreso y maquinaria, me pregunto, cuando todo esté dicho,

¿añadirán tanto como aquello?

¿Y no eran aquellos viejos talladores en su dulce y simple modo

almas más serenas y felices que nosotros, pobres tontos de hoy?

Nos hubiesen tenido lamiéndolos, pensé, y me paré con una mezcla de ánimo y melancolía
ante aquella estelar estatua de Apolo Belvedere.
Entonces regresaré a Pumpkinville y a mi humilde hogar,

y soñaré con todas las visiones que tuve en la eterna Roma,

pero nunca diré una palabra de aquella tierra encantada

que te hace retroceder al pasado, la gente no lo comprendería,

y en medio de mis mayores recuerdos guardo como el más cercano y querido

aquel trozo de música congelada, aquel Apolo Belvedere.

 

traducción: Hugo Müller

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