La balada del blasfemo Bill

Hice un contrato para enterrar el cuerpo del blasfemo Bill McKie,
cuando sea, donde sea y como fuera la manera en que se muriera,

ya sea que muera a la luz del día o bajo la luna con rostro de pico,

en la cabaña o el salón de baile, en el campo o buceando, en botas o zapatos de charol,

sobre la tundra de terciopelo o el pico virgen, junto al glaciar, la corriente o las tablas,

en el vacío del páramo o la melancolía del cañón, por la avalancha, el colmillo o la garra,

por la batalla, asesinado o súbita riqueza, por la pestilencia, el alcohol o plomo,

juré sobre el Libro que lo perseguiría y miraría hasta encontrar mi muerto sin tumba.

 

Pero Bill era una especie de delicada maldición, y su mente estaba muy embebida

sobre una bonita parcela con flores y pasto en un lote civilizado del cementerio.

Y dónde o cómo murió, no importó en absoluto

en la medida que tuvo una tumba con adornos y una lápida con epigrama.

Entonces se lo prometí y pagó el precio en una buena moneda de cheechako

(la misma que gasté aquella misma noche en el filete de lomo).

Así que pinté tres pies de un bloque de pino: “Aquí yace el pobre Bill McKie”,
y lo colgué en la pared de mi cabaña y esperé que Bill se muriera.

Pasaron los años, y al fin un día vino un piel roja con una historia extraña,

de una linea de trampas abandonada desde hace mucho tiempo en la cordillera del Cuerno Grande, de una pequeña choza junto a la gran división, y un hombre blanco rígido y quieto,

yaciendo allí en solitario, y supuse que debía ser Bill.
Entonces pensé en el contrato que hice con él, y tomé del estante

la caja negra hinchada con la placa plateada que había escogido para él,

y la rellené con comida y alcohol, y la colgué en el trineo,

entonces alisté mi equipo de perros y partí al amanecer.
Saben cómo es el desierto de Yukón cuando hacen 69 bajo cero,

cuando los gusanos de hielo menean sus cabezas púrpura a través de la corteza de la pálida y triste nieve,

cuando los pinos se quiebran como pequeñas armas en el silencio del bosque,

y los carámbanos cuelgan como colmillos bajo la capucha de la parka,

cuando el humo de la estufa se rompe de pronto y el cielo está extrañamente iluminado,

y la descuidada sensación de un poco de acero arde como un escupitajo al rojo vivo,

cuando el mercurio es una bola congelada, y el demonio de las heladas acecha para matar,

bueno, estaba así aquel día cuando salí a buscar a Bill.

Oh, el horrible silencio que parecía aplastarme cada miembro,

mientras avanzaba a ciegas rastreando para encontrarlo a través de aquella tierra vacía y amarga,

medio aturdido, medio enloquecido en el viento salvaje, con sus sombríos lamentos que estremecen el corazón,

¡y el despiadado esfuerzo por aferrarse a la vida que sólo la masa conoce!
Norte por la brújula, al norte me dirigí, río, montaña y llano,

pasaba como un sueño que perdía al dormirme y me despertaba para soñar de nuevo.

Río, llanura y enorme montaña, ¿y quién podría persistir impávido?
Mientras sus cumbres ardieran, él podía mantenerse firme a los pies del trono de Dios.

Al norte, sí, al norte, a través de una tierra maldita, rehuida por los brutos que friegan,

y todo lo que oía era mi propia palabra dura y el quejido de los malamutes,

hasta que al fin llegué a una cabaña construida en la ladera de una colina,

y atropellé la puerta y allí en el piso, congelado hasta morir yacía Bill.
Hielo, hielo blanco, como una plancha de aluminio, cubría cada pared sucia por el humo,

hielo en el conducto de la estufa, hielo en la cama, hielo brillando por doquier,

hielo chispeante sobre el pecho del hombre muerto, hielo brillante en su cabello,

hielo en sus dedos, hielo en su corazón, hielo en su mirada vidriosa,

duro como un tronco y espetado como una rana, con sus brazos y piernas extendidos.

Contemplé el ataúd que había traído para él y miré al espantoso muerto,

y al fin hablé: “A Bill le gustó su broma, pero aún, ante sus ojos dorados,

un hombre debería considerar a sus compañeros en el modo en que se va y muere”.
¿Alguna vez se pararon en una cabaña del Artico en la sombra del Polo,

con un pequeño ataúd de seis por tres y un dolor que no pueden controlar?
¿Alguna vez se sentaron bajo un cadáver congelado que contempla con una sonrisa,

y que parece decir “Pueden intentar todo el día, pero no lograrán meterme ahí adentro”?
No soy un hombre de los que se dan por vencidos, pero nunca me sentí tan triste

mientras estuve sentado allí contemplando aquella rigidez y estudiando qué haría.

Entonces me levanté y liberé a los perros que estaban olfateando alrededor,

y encendí un fuego rugiente en la estufa y comencé a descongelar a Bill.

Bueno, lo estuve derritiendo por trece días pero no parecía hacerle bien,

sus brazos y piernas sobresalían como clavijas, como si fuesen de madera.

Hasta que al fin dije: “No es de utilidad, está demasiado congelado para ablandarse,

es obstinado, y no se pondrá derecho, entonces supongo que deberé cortarlo”.
Entonces corté las piernas y brazos del pobre Bill y lo acomodé derecho

en el pequeño ataúd que había escogido con la pequeña placa plateada,

y me acerqué para derramar una lágrima mientras lo clavaba seguro abajo,

entonces lo coloqué en mi trineo del Yukon y regresé a la ciudad.

Así lo enterré como establecía el contrato en una tumba estrecha y profunda,

y allí él está esperando la Gran Limpieza, cuando el Juicio barra las compuertas de las cabezas, y fumé mi pipa y medité en la luz del Sol de Medianoche,

y a veces me pregunto si fueron las cosas horribles que hice.
Y sentado mientras habla el párroco, exponiendo la Ley
a menudo pienso en el pobre viejo Bill, y lo duro que fue cortarlo.

 

traducción: Hugo Müller

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