Fleurette

(Habla el canadiense herido)
¿Mi pierna? Me la cortaron por la rodilla. ¿La perdí? Bueno, de algún modo.

Verás que la tuve desde que nací, y últimamente un callo diabólico.

(Casi sonrío con alegría al pensar cómo engañé a aquel callo.)

Pero andaré cojeando muy bien. No es eso, es mi rostro.

Oh, sé que soy una visión espantosa, difícilmente tenga una cosa en su lugar,

especie de gárgola, dirías. Las enfermeras no me darán un vaso,

pero veo a la gente estremecerse y girar mientras pasan,

se dan vuelta en angustia… Espejo suficiente, imagino.

¡Soy alegre! Pueden apostar que lo soy, pero no lo era hace un tiempo.

Si me vieran incluso hoy, la imagen más maldita del dolor,

con esta jeta mía de Caliban, tan devastada, cruda y roja,

puesta contra la pared, bueno, deseando estar muerto…

¿Qué ha pasado desde entonces, desde que estaba acostado con el rostro contra la pared,

el más desesperado de los hombres? ¡Escuchen! Les contaré todo.

Aquel franchute en el camino, con una herida de esquirlas en su cabeza,

tiene una hermana: ella viene hoy para sentarse un rato junto a su cama.

Toda la mañana lo oí inquieto: “¿Oh, cuándo vendrá Fleurette?”
Entonces, de pronto, un grito de alegría, los pasos de pequeños pies,

el suspiro más suave, más tierno, una voz tan fresca y dulce,

clara como una campana de plata, fresca como los rocíos matutinos:

“¡Eres tú, eres tú, Marcel, mi hermano, qué feliz soy!”
Entonces sobre el borde de la sábana levanté mi terrible rostro, y lo vi,

¡cómo lo envidiaba! Una muchacha de gracia tan delicada,

dieciseis años, toda risa y amor, tan alegre como un pardillo,

y aún tan tiernamente dulce como una paloma, mitad mujer, mitad niña, Fleurette.
Entonces me di vuelta hacia la pared nuevamente. (Estaba espantosamente triste, lo ves),

y pensé con un amargo dolor: “estas visiones no son para mí”.

Entonces me quedé ahí como un leño, todo oculto, pensaba, de la visión,

cuando de súbito la escuché decir: “¡Ah!, ¿quién es aquel desgraciado?”

Entonces brevemente lo escuché contar (no importa cómo se enteró)

cómo apagué una bomba que cayó en la trinchera,

y así ninguno de mis hombres fue herido, aunque me destrozó un poco.
Bueno, no parpadeé un ojo, y él conversaba y ella se sentó allí,

y yo fantaseé que la oía suspirar, pero no podría jurarlo.

Y quizás ella no era tan brillante, aunque hablara en un torrente feliz,

y cerré mis ojos aún más fuerte, y aún la veía tan llana:

su pequeña y querida nariz torcida, su delicado hoyuelo en la quijada,

su boca como una rosa en ciernes, y las perlas brillantes adentro,

sus ojos como la violeta: una pequeña princesa tan rara, Fleurette.
Y al fin cuando ella se levantó la luz estaba un poco oscura,

y me aventuré a mirar, y entonces la vi, graciosa y delgada,

y ella lo besaba y besaba, y oh, ¡cómo lo envidiaba y envidiaba!
Entonces cuando ella se fue le dije en una voz bastante espantosa al de la cama opuesta:

“¡Ah, amigo, ¡cómo debe disfrutar! Pero yo, soy un espantajo.

Para mí nunca más la bendición, el estremecimiento del beso de una mujer”.
Entonces me detuve, ¡porque sí!, ella estaba allí,

y una gran luz brillaba en sus ojos, ¡y yo!, sólo podía contemplar,

fui tomado tan por sorpresa, cuando gentilmente ella inclinó su cabeza diciendo: “¿puedo besarlo, sargento?”

Entonces ella besó mis labios ardientes con su boca como una flor perfumada,

y yo me estremecí hasta la punta de los dedos, y no tuve siquiera la energía para decir:

“¡Dios te bendiga, querida!” Y sentí que una lágrima preciosa caía sobre mi mejilla marchita, ¡y maldita sea! No pude hablar.
Y entonces ella se fue tristemente afuera, y sabía que mis ojos estaban húmedos.

Ah, ¡no lo olvidaré hasta el día de mi muerte! ¿Puedes preguntarte ahora si soy alegre?

¡Dios la bendiga, a aquella pequeña Fleurette!

 

traducción: Hugo Müller

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