Escape

Dime, vagabundo, ¿dónde debo ir para liberarme del dolor humano,

digo, dónde puedo encontrar alivio de corazón y paz mental,

no hay alguna isla que conozcas donde pueda dejar mi preocupación detrás?
Así habló uno en dolorosa desesperación, y yo respondí suavemente:

Sí, hay una isla tan dulce y amable, tan inclinada a la clemencia,

tan serena en amor que los ciegos podrían conducir a los ciegos.
Donde no hay sombra de temor, porque el sol brilla todo el año,

y allí cuelga en cada árbol fruta y comida para ti y para mí:

¡con cada amanecer tan claro y cristalino como puede ser el paraíso terrenal!
Donde en clima suave y amigable perderás todo registro del tiempo,

verás las estaciones mezclarse en una bajo la soberanía del sol,

día con día se resolverán en rima, ensueños y nada hecho.
Te burlarás del rugido del océano, sabiendo que jamás saludarás junto a una laguna abandonada,

escucharás el canturreo de las olas en el mutismo de la orilla, la plata destrozada en la luna.
Ven, abandona este lamentable esfuerzo, busca una vida más sana, más dulce,

ve lejos, bien lejos, parece sólo otra estrella.

Ve donde la felicidad y el amor son abundantes, ve donde hay paz y plenitud”.
Pero él respondió: “Hermano, no, nunca iré a tu isla,

Porque la piedad en mi corazón no me permitirá vivir apartado del mundo de Dios,

de deseo y dolor: me quedaré y cumpliré mi papel, me esforzaré y sufriré… Que sea así”.
traducción: Hugo Müller

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