El cortador de madera

El cielo es como un sobre, una de aquellas cosas azules oficiales,

y sellándolo, para burlarse de nuestra esperanza, la luna, una oblea plateada, se aferra a él.

¿Qué encontraremos cuando la muerte libere la lectura, nuestra sentencia o indulto?
Lo sostengo abajo sobre la pila de basura de Dios, arriba sobre el extremo de la tierra,

sobre mí una amenaza de montañas, un río que rechina a mis pies,

cara a cara con mi propia alma, sopesando el valor de mi vida,

preguntándome para qué fui hecho, aquí en mi último retiro.
¡El último! Ah, sí, es el final. ¿Alguna vez oyeron a un hombre llorar?
(sollozos que lo rastrillan y rinden, justo de la base del pecho).

Así es cómo lloré, oh, tan a menudo, y ahora que mis lágrimas están secas,

me siento en la quietud desolado y espero el descanso infinito.
¡Descanso! Bueno, está tranquilo a mi alrededor, está sereno hasta la médula.

Las  montañas posan en su armiño, las colinas revestidas de dorado,

el enorme, azul Yukón cargado de limo bulle junto a la puerta de mi cabaña,

y pienso que es sólo el río que me preserva de volverme loco.

En el día es un monstruo despiadado, una cosa insaciable, pavorosa,

con burbujas y remolinos aceitosos, con súbitas corrientes de repecho,

por la noche es un titán retorciéndose, murmurando hoscamente,
por siempre picado y siempre clamando por descanso.
Clama por su tributo humano, pero yo nunca me hundiré.

He aprendido la ciencia de mi río, mi río me obedece bien.

He labrado y lanzado mi balsa de madera y me trasladé a Dawson,

donde la madera significa vino y mujeres, e incidentalmente, el infierno.
El infierno y la angustia después. Aquí, mientras me siento solo

daría la vida que he dejado para iluminar alguna carga de cuidado:

(La parte más amarga de la amargura es que se deniegue la expiación,

los labios que se han burlado en el cielo se prestan enfermos a la oración.)
Impotente como un escarabajo perforado por la aguja del destino,

un desgraciado en una celda mortal cósmica, se encumbra a las barras de mi prisión,

sobrecogido por un mundo estupendo, espero lánguido y solitario,

sumergido en un mar de silencio, esparcido con confites de estrellas.
¡Vean! Desde encima del valle un estoque punza la noche,

el blanco rayo explorador de un vapor. Veloz y serenamente se acerca,

una presencia extraña, blanca, orgullosa, una galera brillante de luz,
triunfante, plena de confianza, cargada con esperanzas y temores.
Miro como alguien que tiene una visión, la veo palpitando al lado,

vislumbro rostros radiantes de alegría, oigo la trilla de la rueda.
Mi corazón late un momento como un casco, entonces un silencio se precipita desde el cielo.

Oscuridad apilada sobre oscuridad. Sólo Dios sabe cómo me siento.

Quizá me han visto alguna vez, quizá me tuvieron piedad entonces,

el solitario niño abandonado del campamento de madera, aquí junto a la puerta de mi cabaña.

Algún día mirarán y no me verán, fútil y descastado de los hombres,

debería estar lejos de vuestra piedad, descansando por siempre.

Mi vida fue un problema en cifras, una suma cansadora y ruinosa.

La trabajé estúpido y desmañado, confundido por la negación y la duda.

Cifras cuyo total me confronta. Oh, Muerte, con tu pulgar humedecido,

¡agáchate como un petulante muchacho de escuela, bórrame para siempre!

 

traducción: Hugo Müller

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