Decadencia

Ante el florido pórtico obsevaba ir y venir a los apostadores,

mientras a mi lado estaba sentada una mujer en un sombrero descolorido,

una criatura estropeada, encogida, arrugada, de aquella sala de casino sedosa,

con ojos de alma perdida buscando el paraíso.

Entonces desde el Café de la Paix vino arrastrando los pies un camarero,

vestido desaliñado, encorvado y gris, con rostro vacío, agobiado y amarillo.

Con pies furtivos ante nuestro asiento vino a una parada respetable

y saludó a mi lamentable bruja, diciendo: “Princesa, beso su mano”.
Ella le dio una sonrisa tan graciosa, y lo saludó permaneciendo a su lado,

entonces hablaron un poco allí de la pompa real y el orgullo del país,

del marqués esto, y el príncipe aquello, de la vieja Viena, la alegría glamourosa…

Entonces él se levantó triste y alzó su sombrero, diciendo: “Debo atender mis mesas”.
“Sí, debe ir, querido conde” dijo ella, “porque las mesas del almuerzo deben arreglarse”.

El suspiró: de su chaqueta de alpaca tomó un paquete en su mano,

“lo lamento, hoy es toda la riqueza adentro, un sandwich de pollo de la cocina”.

Entonces saludó y la dejó luego de que ella le agradeció con dulce dignidad.
Ella empujó el paquete fuera de la vista, en su bolso y lo cerró fuerte,

pero junto a mí la vi irse hacia donde crece el grueso laurel,

y allí detrás de aquella pantalla boscosa, pensando que nadie la veía,

¡aquel sandwich! ¡Cómo la vi aferrarse a él y engullirlo como un conejo hambriento!

Yo pienso: toda aquella charla es un bluff, su cosa de duqes, reyes y cortes:

el modo en que ella comió, porque uno podría decir

que no se había quebrado rápido todo el día.

 

traducción: Hugo Müller

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