Clemenceau

Su ceño fruncido traía terror a sus enemigos,

pero ahora en el crepúsculo de sus días la pura perfección de una rosa

puede despertar frenesí en su mirada.

Donde una vez el balanceó la espada de la cólera, y los pueblos temblaban ante su palabra,

con la azada recorta un camino pensativo y escucha a un pájaro.
Su larga vida fue vivida con ruido, con guerra, esfuerzo y choque de reyes:

pero ahora él está hambriento de las alegrías de la paz y el silencio de las cosas domésticas.

Su viejo perro hociquea sus rodillas y parece decir:

‘Oh, querido señor, ¡por favor nunca me abandone! Somos tan felices aquí’.

Su anciana ama de llaves, cuando el cielo oscurece lo llama

para advertirle que se está enfriando la sopa.

Ella tiraniza a quien una vez sostuvo las armas en alto.

Con zapatillas, gorro viejo y chal él sueña y dormita junto al fuego, suspirando:

‘Contempla el final de todo, el dulce descanso es mi único deseo.

Mi tarea está realizada, mi pluma está quieta,

mi libro está allí para todo lo que hay para ver,

el triunfo final de mi voluntad, inefablemente, mi victoria.

Tigre una vez, pero ahora un cordero, con mano frágil cierro mi puerta.

¡Qué silencioso mi corazón, qué calma mi vida! Su corona, una Rosa’.

 

traducción: Hugo Müller

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