Peregrino florentino

“Haré el viejo pueblucho en un día” me dijo él en su modo quebradizo.

“Dos más, creo, le daré a Roma antes de retomar el camino a casa,

pero mientras esté allí espero tener una audiencia con el Papa”.

Nos paramos ante la aterrazada altura con la soleada Florencia en nuestra visión.

Contemplé y contemplé, demasiado conmovido para hablar hasta que él preguntó:

“¿Qué es aquel arroyo?” “El Arno, señor” dije sorprendido, lo contempló con ojos vacíos.

Yo dije “es la corriente donde Dante solía caminar y soñar, y esperar a que pase Beatrice”.

(Oh, qué tonto me sentía explicando esto.) Con ojos remotos él preguntó: “¿Era un barco Beatrice?”

Entonces en trance por el lejano Fiesole suavmente busqué evadirme

pero su adherencia era severa, no podía curiosear apartado de él:

y así en nuestra caminata al hotel dócilmente escuché su perorata.
“¡Bolonia! Digo, el almuerzo estuvo estupendo, estos italianos saben alimentarte bien.

¡Verona! Allí encontré a una rubia”.

¡Oh, cómo respondía esa chica! ¡Siena! Es la vieja ciudad donde en la plaza nos emborrachamos.

“¡Antigüedades! Porque, eso es una tontería, estatuas y toda aquella basura moldeada

nunca te llevarán a alguna parte…

Mi línea es desnudar a las damas, y algo lindo en la ropa interior femenina

es mejor que una docena de Dantes…
Un día en Florencia es demasiado poco, piensas, quizás, para verlo todo.

Bueno, no importa lo que hayas visto, la cuestión es: puedes decir que has estado”.

 

traducción: Hugo Müller

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