La marcha de los muertos

La cruel guerra había terminado, ¡oh, el triunfo fue tan dulce!

Observamos las tropas retornando a través de nuestras lágrimas,

había triunfo, triunfo, triunfo por la calle iluminada de escarlata,

y apenas se podía escuchar la música por las aclamaciones.

Y apenas se podría ver los topes de las casas por las banderas que volaban entre ellas,

las campanas repiqueteaban locamente al cielo,

y todos gritaban por los Soldados de la Reina, y la gloria de una era estaba pasando.

Y entonces vino una sombra, rápida y repentina, oscura y triste,

las campanas se silenciaron, no se producía un eco.

Las banderas se cayeron sombríamente, los hombres se olvidaron de alentar,

esperamos, y nunca dijimos una palabra.

El cielo se puso más oscuro, más oscuro hasta que desde la sombría figura

vino una voz que conmovió el corazón con espanto:

“Derriba, derriba tu estandarte ahora, y cuelga un sable negro,

están viniendo, es el Ejército de los Muertos”.
Ellos estaban viniendo, estaban viniendo, tristes y lentos, espantosos y demacrados,

ellos estaban viniendo, todos los restros carmesí del orgullo,

con rostros chamuscados, mejillas manchadas de rojo y ojos acechantes de dolor,

y agujeros cuajados que el caki no podía ocultar.

¡Oh, el pegajoso semblante de la angustía!, ¡los lívido labios salpicados de espuma!

¡Las replegadas filas de la ruina barridas por el camino!

El miembro que se arrastra, la mano que falla, ¡las malditas puntas de los dedos!

¡Y oh, el espantoso ritmo de su canción!

“Nos dejaron en el lado de la sabana, pero sentimos que no podíamos detenernos en esto,

el día festivo de coronación de nuestra Inglaterra,

somos los hombres de Magersfontein, somos los hombres de Spion Kop,
Colenso –somos los hombres que tenían que pagar.

Somos los hombres que pagaron el precio de sangre. ¿Debe ser la tumba toda nuestra ganancia?
Nos deben. Larga y pesada es la cuenta.

Entonces anímenos por nuestra gloria ahora, y aliéntenos por nuestro dolor,

y anímenos como nunca animaron antes a alguien”.
Los compañeros eran blancos y condenados, y cada lengua parecía pesada con plomo,

cada corazón fue cogido en una mano hueca de hielo,

y cada ojo estaba contemplando el horror de los muertos,

la pena de los hombres que pagaron el precio.

Ellos estaban viniendo, viniendo para burlarse de nosotros en el primer rubor de nuestra paz,

a través de labios marchitos sus dientes estaban todos brillando,

estaban viniendo de a miles, ¡oh, nunca se acabarían!

Cerré mis ojos y entonces, era un sueño.

Había triunfo, triunfo, triunfo por la calle brillando escarlata,

la ciudad estaba loca, un hombre era como un muchacho.

Miles de banderas flameaban donde se encuentran la ciudad y el cielo,

miles de campanas atronaban con alegría.

Había música, felicidad y sol, pero algunos ojos brillaron con arrepentimiento,

y mientras sorprendimos con vivas a nuestros valientes domésticos,

oh Dios, en tu gran misericordia, nunca dejes que olvidemos las tumbas que dejaron atrás, las amargas tumbas.
traducción: Hugo Müller

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