La balada del cocktail de gusano congelado

Percy Brown vino a Dawson desde Londres en el Támesis.

Tenía un ojo de vidrio y medias en los pies.

Sobre el revés de su abrigo llevaba un peto de cuero

donde descansaba su rifle mortal cuando no estaba buscando sangre,

el cual a menudo había sido, para el alcalde Percy Brown,

acorde a su historia de cazador de renombre,

el que en los páramos de Murrumbidgee había acechado al canguro,

y matado al casuario en los llanos de Timbuctú.

Y ahora parecía seguir al zorro ártico a su guarida,

y era su intención también desafiar a la liebre ártica…

Cuento meramente los hechos concernientes al alcalde Brown porque

me gustaría que lo conocieran por el gran cazador que era.
Ahora el capitán Grey y el diácono White estaban sentados en la cabaña,

y probando el whisky que pertenecía al sheriff Black.

El capitán Grey dijo: “Quiero decir una palabra sobre este Brown:

el cobarde saca pecho como si fuera dueño del pueblo”.

El sheriff Black dijo: “no le faltan mejillas congeladas,

se llama a sí mismo Avezado explorador, cuando sólo ha estado aquí una semana”.
Dijo el diácono White: “Pienso que tienen razón, así que tengo un plan

con el que espero probar esta noche el brío del hombre.

Sólo reúnanse conmigo donde canta el ave del alcohol,

y aunque nuestros modales sean rudos haremos una adecuada masa fermentada de este tipo de Piccadilly”

La banda estaba toda reunida en el salón Malamute, la diversión era rápida y furiosa,

y el pájaro del alcohol cantó alto.

De hecho, la hilaridad de la noche casi había alcanzado su cima

cuando en el centro de tormenta ingresó ligero el alcalde Brown.

Y ante la aparición, con su ojo de vidrio y en cuatro patas,

de cinco alcohólicas gargantas respondieron cincuenta rugidos.

Con gritos de asombro absoluto y alaridos de puro deleite,

surgieron alrededor del extranjero, pero el primero fue el diácono White.

“Bienvenido a esta gran Tierra Blanca” gritó alto.

La hermandad Artica está orgullosa de agarrarle la mano.

Sí, deportista de raza bulldog, de lejanos caminos,

para los hombres del Yukón es aún un día memorable.
Los vocabularios fallan para expresar nuestro júbilo…

¡Muchachos, saluden al gran Cheechako!” Y los muchachos respondieron: “¡Viva!”

“Y ahora” continuó el diácono White para ruborizar al alcalde Brown,

“vea reunida a la crema y nata de Dawson, y una ambición llena sus corazones y hace brillar sus pechos,

quieren hacerle, honorable señor, una alimentación huesuda.

Lo mismo, algunos dicen, es uno que ha visto desvanecerse el hielo del Yukón,
pero las más profundas autoridades dudan de la definición,

y de la genial noción de este encuentro, alcalde Brown,
un avezado explorador es un tipo que bebe… un cocktail de gusano congelado”.
“¡Por Dios!” respondió el alcalde Brown, “eso es estupendo, no saben.

Siempre sentí que debería ser un Masa fermentada certificado.

Y aunque no tengo duda de que su invierno es terriblemente bello,

Mayfair, me temo, puede extrañarme antes de que se quiebre su hielo.

Aún (ruego excusen mi ignorancia en materias como ésta),

puedo entender un cocktail pero, ¿qué es un gusano congelado, por favor?”
El diácono White dijo: “No es extraño que no lo sepa, dado que los gusanos congelados son peculiares de la montaña de Nieve Azul.

Cuando en el borde polar se alza un pico solitario,

y en el humo de la Primavera temprana (un espectáculo único)

como llama salta sobre el lugar y estremece, porque aunque su cono sea de un blanco punzante,

su base es de azul ardiente.

Aún todo está claro mientras se acerque a espiar tímidamente,

hay huestes y huestes de gusanos diminutos, cada hocico de índigo.

Y como no encuentran nutrición para mantenerse vivos se mastican entre sí sus colas

hasta que sobrevive el más rudo.

Aún en esta severa y espartana comida crecen tan rápidamente

que algunos alcanzas seis pulgadas al derretirse la nieve.
Entonces cuando la tundra brilla verde y los de cabeza negra aparecen,

se esconden abajo y no son vistos hasta el año siguiente”.
“Una historia ruda” se rió el alcalde Brown, “lo deben admitir.

Me gustaría ver esta pequeña bestia antes de tragarla”.

El diácono White dijo “Fácil lo haremos, ¡oiga!, barman, apúrese y

tráiganos algunos gusanos congelados en escabeche de la cosecha de la última primavera”.

Pero tristemente quieto estaba el barman Bill, luego suspiró como alguien despojado:

“Hubo una carrera de cocktails, jefe, no ha quedado ni un gusano congelado.

Pero esperen… ¡Por Dios! me parece que alguno de tamaño extra

fue atrapado y sacado para mostrarlo a los tipos científicos”.

Entonces buscó en un cajón profundamente y allí encontró una jarra,

la cual puso con apropiado orgullo sobre la barra, y en ella,
envuelto en anillos escrupulosos o enrollado en una bola,

un montón de cosas grises y grasientas estaban sumergidas en alcohol.
Sus pechos eran de un azul bilioso, sus ojos de un rojo bulboso,

su espalda era gris, y eran asquerosos, y espantosas sus cabezas.

Y cuando con gusto y un tenedor el barman sacó uno afuera,

debía medir cuatro pulgadas desde su cola a su hocico.

El diácono White gritó con profundo deleite: “Digo, ¿no es eso una belleza?”
“Pienso que es” olfatéo el alcalde Brown, “el bruto más repugnante”.

Su sola visión me da moquillo. Apuesto mi maldito sombrero,

ustedes sólo se están burlando, viejo tipo. Usted nunca tragará eso”.

“¡El diablo que no!” dijo el diácono White.

“¡Ey! Bill, que es un hombre de bien. Prepara cuatro cocktails de gusano congelado,

y sólo pon aquella bola en el mío”.

Entonces el barman Bill se puso ocupado, y con aire sacerdotal procedió

a preparar el logro supremo de su arte.

Sus copas de plata, como hoz de luna, comenzaron a ondular de aquí para allá,

y pronto cuatro cocktails celestiales brillaban en una fila.

Y en las estrelladas profundadidades de cada uno, artísticamente apilados,

un gordo y jugoso gusano congelado elevaba su taza moteada y sonreía.

Entonces presionó más cerca la corona que aparecía, la diversión se había suspendido
mientras el capitán Grey de modo cortés dijo: “Extranjero, por favor tome uno”.

Pero con un gesto de disgusto el alcalde sacudió su cabeza.

“No pueden engañarme. Nunca beberán aquella cosa espantosa” dijo.

“Verá que está todo bien” dijo el diácono White, y sostuvo en alto su cocktail

hasta que su gusano congelado pareció menearse y guiñar un ojo perverso.

Entonces el capitán Grey y el sheriff Black elevaron sus vasos,

mientras a través de la coronilla tensa y quieta pareció pasar un temblor.

“Beba, extranjero, beba” tronó el diácono White.

“Proclame que usted es de los mejores, un valiente explorador que pasó la prueba del cocktail de gusano congelado”.

Y a estas palabras, con todos los ojos fijos contemplando al alcalde Brown,
como una libación a los dioses, cada uno arrojó su cocktail al buche.

El alcalde jadeó con horror cuando el trío chasqueó sus labios.

Giró su ojo de vidrio con las puntas de los dedos titubeantes.

Contempló su brillante cocktail con una mirada penosa,

y su gusano congelado, a su pensamiento, deambuló burlándose incontinentemente.

Aún sobre él había cientos de ojos, aunque nadie habló alto,

porque observando la multitud esperaba en muda expectación.

La mano revuelta del alcalde fue adelante, la banda preparada para brindar,

la mano vacilante del alcalde retrocedió, la pandilla se preparó para burlarse,

el alcalde agarró su vaso brillante y lo reposó en sus labios,

y mientras desesperadamente tomó unos sorbos nauseosos,

desde su rollo de crápula el gusano congelado levantó su cabeza,

su hocico era azul turbio, sus ojos rojo rubí.

Y entonces un cuarto bandido bramó: “Este rígido viene aquí y se pavonea

como si hubiese comprado el maldito Norte, sólo dejemos que muestre sus agallas”.

Y con un rugido la pandilla proclamó: “Cheechako, alcalde Brown,
revele que está hecho de masa fermentada, y beba entero su cocktail de una vez”.
El alcalde echó otra mirada, luego rápidamente cerró sus ojos,

pero aunque elevaba su vaso sentía su garguero elevarse.

Sí, aún cuando su visión estaba sellada, en fantasía podía ver

aquella cosa gris y grasienta que se alzaba y bromeaba burlona.

Aún la multitud monstruosa lo rodeó, ¡y cómo parecían relamerse!
Debe estar hecho… Tragó duro… El bruto estaba en su garganta.

Se ahogaba… él tragó… ¡Gracias a Dios!, al fin el horror había bajado.

Entonces desde la multitud salió un rugido: “¡Hurra a Masa fermentada Brown!”
Con gritos levantaron en alto su espalda, y dieron un conmovedor aliento,

pero aunque lo ensalzaron hasta el cielo el alcalde no escuchó.

En medio de su alegre y demostrativo deleite parecía abandonado,

incluso parecía que se estaba guardando algo de retorno.

Un sudor pegajoso había en su semblante, y pálido como una sábana:

“Siento que me estoy yendo ahora” repetía lastimeramente.

Sí, aunque con tragos y cigarros en abundancia, lo tentaron a quedarse,

con súbita huida ganó la puerta e hizo su escapada.
Y antes de la noche siguiente su historia era el habla de Dawson,

aunque ido y privado de gloria estuvo el encolerizado alcalde Brown,

porque aquel gusano congelado (así se lo dijeron) de tan formidable tamaño era

un bastón de spaghetti manchado con dos manchas de tinta roja como ojos.
traducción: Hugo Müller

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