El camino de 98

I

¡Oro! Saltamos de nuestros bancos. ¡Oro! Nos levantamos de nuestras sillas.
¡Oro! Giramos en el surco, hicimos fuego con la fe de los locos.
Sin temor, infundados, desajustados, lejos de la noche y el frío,

escuchamos las convocatorias de los clarines, seguimos la seducción del maestro, ¡oro!

Hombres de las arenas de la tierra del Sol, hombres de los bosques del Oeste,

hombres de las granjas y las ciudades, presionamos hacia la tierra del Norte.

Barbas grises, jóvenes y mujeres, buenos hombres, malos y orgullosos,

dejando nuestros hogares y a nuestras amadas, gritando exultantes “¡Oro!”

 

Jamás se vio un ejército como ese, penoso, fútil, desaliñado,

jamás se vio un espíritu como ese, coraje y valor múltiples.

Jamás se había reunido semejante cohorte bajo una bandera enrollada,

como surgió hacia el borde raído del Artico, urgida por el tentador y arqueado Oro.

“¡Adiós!” girtamos a nuestros seres más queridos, poco nos importó sus lágrimas.

“¡Adiós!” gritamos a la monotonía y el yugo de los años asalariados,

así como un puñado de muchachos, y la gran multitud animándonos y dándonos el adiós.

Jamás hubo corazones tan elevados, jamás estuvieron nuestras esperanzas tan altas.
Las orillas espectrales pasaron volando, y cada remolino de polvo nos lanzaba más cerca de la fortuna,

y siempre planeábamos lo que íbamos a hacer,

hacer con el oro cuando lo tuviéramos,

grandes, brillantes pepitas como plumas, allí en la arena del río,

sacándolas con nuestros pulgares.
Y un hombre deseaba un castillo, otro un caballo de carrera,

un tercero iría en un yate palaciego como un príncipe de sangre de cuello rojo.

Y así soñábamos y presumíamos, millonarios para un hombre,

saltando a la riqueza en nuestras visiones mucho antes de comenzar el camino.

II
Aterrizamos en Skagway, barrida por el viento. Nos reunimos a la masa turbulenta,

vociferando sobre sus atuendos, esperando a trepar la montaña.

Estrechamos nuestras cinchas y correas, nos vinculamos en la cadena humana,

esforzándonos hasta la cumbre, donde cada paso era un dolor.
La alegría se había ido de nuestros rostros, sombríos, pálidos y demacrados,

el contento despreocupado de a bordo fue cambiado por el cuidado del sendero.

Nos arrojamos a la lucha, cargando nuestro sustento en postas,

paso a paso hasta la cumbre en la tormenta de los días invernales.

Debatiéndonos en los profundos sumideros, tambaleándonos afuera nuevamente,

llorando con dolor y debilidad, locos con miedo y pena.

Entonces, de las profundidades de nuestro trabajo, antes de que se quebraran nuestros espíritus,

sombría, tenaz y salvaje, la lujuria del sendero se despertó.
“¡El río Klondike o el fracaso!” llamaba el eslogan, cada hombre para sí.

¡Oh, cómo azotamos a nuestros caballos, pasmosos piel y huesos!

¡Oh, cómo maldijimos su debilidad, la angustia que ellos no podían expresar,

rompiendo sus corazones en nuestra pasión, latigándolos hasta que caían!

 

A nuestro pensamiento el oro significaba comida, y todo lo que caminaba debía empacarse,

la oveja para las carnicerías tropezaban, cada uno con una carga a su espalda,

y aún fueron cargados cerdos, y gruñían, chillaban y rodaban,

y los hombres se volvían locos en el momento, declamando roncamente “¡Oro!”

¡Oh, éramos brutos y demonios, incitados por la lujuria y el temor!

Nuestros ojos estaban enfocados en la cumbre, los debiluchos se caían al borde,

cayendo en montones junto al sendero, con el corazón quebrado, pálidos y cojos,

pero las aberturas se cerraban en un instante, y la cadena continuaba sin prestar atención.

 

Nunca lo olvidaré, allí en la cara de la montaña,

como hormigas, hombres con sus cargas, aferrándose en el espacio congelado,

obstinados, decididos e intrépidos; crueles, fríos e insensibles,

maldiciendo, blasfemando, injuriando, y siempre aquel grito de batalla: “¡Oro!”

Así trabajamos, el ejército de fortuna, en hambre, esperanza y desesperación,

hasta que el glaciar, la montaña y el bosque se desvanecían, y, radiantemente bello,

allí a nuestros pies descansaba el lago Bennett, y corrimos abajo a su bienvenida:

el sendero de tierra había terminado, comenazaba el camino del agua.

III
Construimos nuestros botes y nos lanzamos a ellos. Jamás se había formado una flota semejante,

una caja de embalaje como fondo, una chaqueta como una sábana.

deforme, grotesca, desigual, endeble, improvisada y cruda,

cada hombre a su estilo construido lo mejor que podían.
Cada hombre trabajó como un demonio, mientras corríamos de la proa al timón,

los vientos salvajes gritaban “¡apúrense!”, la voz de las aguas “¡rápido!”

Odiábamos aquella conducción ante nosotros, nos espantaba aquella presión detrás,

maldecíamos la lenta corriente que nos transportaba, orábamos al Dios del viento.

¡Primavera! Y las laderas de las colinas florecían, vívidas en verde esplenderoso,

¡primavera!, y la sangre de nuestros corazones nutría la envidia, el odio y el tedio.

Poco nos importaba el nacimiento de la primavera, debíamos prestar más cuidado

a nuestra riesgosa expedición al gran Canal Blanco, arriesgarnos antes de que lo mejor se hubiera ido.
La codicia del oro nos poseía, la piedad y el amor fueron olvidados,

visiones ávidas nos obsesionaban, los hermanos se peleaban.

Los socios reñían, cada uno reclamando su paga,

reñían y dividían sus equipos, cortando sus botes en dos.

De este modo viajamos al lago Bennett, a Tagish, luego Windy Arm,
siniestros, salvajes y atormentados, augurándonos daño y odio.

En aquella orilla de hierro varios se hicieron añicos,

varios corazones se quebraron en el esfuerzo de remo y barrido.
Nos despertamos en el lago Marsh con un coro, anduvimos por la corriente una milla,

allí estaba el cañón ante nosotros, la cueva, como profanada su oscuridad,

las orillas barrían más rápido, el río se estrechaba a la cólera,

aguas que silbaban desastre se levantaron en nuestro camino.

Debajo el tumulto verde se agitaba, arriba la penumbra cavernosa,

alrededor, girando y retorciéndose rápido, las negras y hoscas paredes de una tumba.

Giramos como una astilla en una carrera de molinos, nuestros corazones martilleaban bajo la sonda,

entonces ¡oh, el alivio en cada rostro gélido! Nos remontamos a la luz del sol y descansar.

Al instante cada mano buscó otra mano. Gritamos “¡se terminaron nuestros problemas!”
Entonces, como el redoblar de un trueno, oímos un rugido melodioso.

Saltando, hirviendo y hormigueando, vimos un caldero humeante,

allí estaba la furia de los rápidos, allí estaba la amenaza de condena.
El río brotaba como un corredor, barría la grieta de una roca,

pero en el fondo acanalado los cantos rodeados se tambaleaban y daban vueltas por el golpe,

salta como un monstruo aterrorizado, se retuerce en su furia y dolor,

entonces con el estallido de un demonio brota hacia otra arremetida.

Nos atrevimos a aquel terror devorador, oíamos su estruendo en nuestros oídos,

llamamos a los Dioses de nuestros padres, falseados y abandonados con nuestros temores,

hundidos hasta la cintura en su furia, lanzados al cielo como un vellón,

entonces, cuando nuestro espanto era mayor, estrellados en la seguridad y paz.
¿Pero qué de los otros que siguieron, perdiendo sus botes por la grieta?

Bueno, podríamos verlos y escucharlos, ensartados y colgados en aquella desolada orilla.

¿Qué de las pobres almas que perecieron? Poco de ellas puede decirse,

en el valle Dorado no hay pausa para enterrar a los muertos.
Entonces hubo días de corrientes, brisas suaves como un suspiro,

la noche revestía su túnica de joyas sobre el piso del cielo.

La luz de la luna era una pitón plateada, sinuosa, vasta,

que se retorcía en una mortaja de terciopelo, bueno, estaba hecho al fin.

Estaban las tiendas de Dawson, allí la cicatriz del deslizadero,

velozmente nos postramos sobre los bajíos, rápido saltamos al costado.

Fuegos bordeaban la boca de Bonanza, la puesta de sol doraba la cúpula,

la prueba del camino estaba terminada, gracias a Dios, ¡gracias a Dios estábamos en Casa!

 

traducción: Hugo Müller

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