La canción de la fogata

I

Escuchen, aliméntenme, tengo hambre, mi lengua está roja de deseo,

ramas de bálsamo, bloques de cedro, leños gomosos del pino,

amontónenlos en mí, déjenme abrazarlos para mi ansioso corazón de fuego,

rugiendo, remontándome hasta el cielo como un símbolo y una señal.

Traigan atados de arce soleado, abedul plateado y tamarack,

saltando, barriendo, los envolveré con mis ardientes alas de llama,

los encenderé a la gloria, golpearé y haré retroceder la oscuridad,

absorbiéndolos, relucientes, los aguijonearé para mi gloria y fama.

Traigan retorcidas extremidades de roble vivo, ayúdenme en mi lucha frenética,

tiras de madera de hierro, caucho escamoso retorciéndose en rojo en mi abrazo,

con mi estocada de espeluznantes lanzas, con mis látigos que flagelan la noche,

ellos brotarán en belleza, sus hojas crecerán doradas.

Dejen que brille en las sierras oscuras, apuñalar con luz los mares interiores,

¡viento vagabundo y oscuridad rugiente!, no busquen piedad en mis manos,

me burlaré de los cielos margosos, encenderé las praderas púrpuras,

alardearé mis estandartes inmortales en tierras remotas, lejanas.

En el vasto y abovedado pino-sombrío donde los bosques pilares fruncen el ceño,

por los hoscos, bestiales ríos que corren donde sólo Dios sabe,

en las playas de coral iluminadas cuando las olas tormentosas caen,

en el hechizo de muerte de los yermos, en el estremecimiento de las nieves,

en un candente cinturón de triunfo de la hoja de palma al pino,

como un símbolo de desafío, ¡sí!, el desierto que abarqué,

y mis faros ardían exultantes como en un signo eterno de la dominación infinita del Hombre,

yo, la Vida, la feroz animadora, yo que lo desteté del lodo,

yo, el ángel y el demonio, yo, el tirano y el esclavo,

yo, el Espíritu de la Lucha, yo, el poderoso Dios del Fuego,

yo, el Hacedor y Destructor, yo, el dador y la Tumba.

II
Reúnanse a mi alrededor, el joven y el de barba gris, hombres de frontera de cada tipo.

Ustedes son pocos, y lejanos y solitarios, aún se forma un ejército detrás:

junto a las fogatas de campamento deberían conocerlos, cenizas esparcidas al viento.
Asómense a mi corazón de solaz, rompan su pan a mi llamarada,

fumando, estírense en refugio holgazán, construyan sus castillos mientras contemplan,

o quizás, en lo profundo del sueño, piensen en los días oscuros, infelices.
Dejen que mi calor y brillo los cuiden, porque sus rastros son duros y sombríos,

dejen que mis brazos de confort los presionen, cicatrizados por la batalla y tallados de hambre,

¡oh, mis amantes!, ¡cómo los bendigo con sus vidas tan locamente estropeadas!

Porque ustedes buscan los espacios silenciosos, y recogen su secreto conocimiento,

porque han conquistado las razas salvajes, y se han destetado del brutal salvajismo,

y yo disfruto de los lugares desiertos, donde nunca ha habido una fogata.
¿Hay algún camino por el que no se hayan atrevido desde el polo a los trópicos?

Y porque abrazan ligeramente a la muerte, así por la muerte serán desperdiciados

(mientras los sabios de las eras han declarado en sus páginas).

En el rugiente Arkilinik en una canoa agujereada, sobre la nube del monte McKinley,

donde la avalancha salta, en la chimenea del Valle de la Muerte, cuando el espejismo destella azul.

 

Ahora una amancha de delgados sauces sobre el cansado Kuskoquim,
ahora una llamarada de gomosos nudos de pino donde la cicatriz de Vancouver es siniestra,

ahora un destello de ceiba soleado, donde se ensombrecen las playas cubanas.

 

Siempre, siempre la gran abertura de Dios: ¡sí! Arderé con luz más aguda en los corredores de silencio,

en los vestíbulos de noche, en medio de hierbas y helechos brillando, ¿hubo alguna vez una gema tan brillante?

 

No para debiluchos, no para mujeres, como mi hermano de hogar,

suenen sus canciones de cólera a mi alrededor, fui hecha para la alegría humana,

en la lujuriosa, borrascosa grandeza, sobre los puntos desnudos de la tierra.

 

¡Hombres, mis maestros!, ¡hombres, mis amantes! Ustedes han luchado y han sangrado,

reúnanse alrededor de mis rubicundas brasas, suavemente brillante es mi lecho,

junto a mi corazón de sueño solaz, ¡descansen y sean reconfortados!

III
Me estoy muriendo, ¡oh, mis señores!, duermen junto a mi ajustada llama,

mis plumas púrpuras de gloria cuelgan abandonadas.
Cenizas grises me sofocan y cubren, y sobre los pinos se arrastran los cautelosos mocasines plateados de la mañana.

Allí viene un ejército infinito, es la Legión de la Luz,

recorre el mundo en brillante triunfo, y ante sus lanzas enjoyadas todas las sombras de la noche son lanzadas de regreso a oscuridades abismales.
¡Salten a la vida nuevamente, mis amantes! Ustedes deben trabajar y jamás aflojar,

el día de atreverse, hacer, brilla claro, cuando el lecho de especioso cedro y la jovial fogata de campamento sólo es un recuerdo de alegría.

Hay esperanza y promesa dorada en el vasto y portentoso amanecer,

hay glamour en el agradecido, fluyente cielo: vayan y déjenme,

soñaré con ustedes y los amaré cuando se hayan ido,

los he servido, ¡oh, mis señores!, déjenme morir.
Un pequeño montón de cenizas, grises y empapadas por la lluvia,

esparcidas por el viento, borroneadas y manchadas por la nieve,

eejen que eso sea todo para decir, y gloriosas de nuevo,

¡ustedes, cosas de verde placer, salten y brillen!
Una cicatriz negra en la luz del sol junto a la hoja de palma o el pino,

ciega a la noche y muerta a todo deseo,

aún oh, ¡de la vida y el ánimo qué símbolo y señal!
Aún oh, ¡qué destino el mío de poder y conquista!
Un pequeño montón de cenizas, ¡sí!, un milagro divino,

la huella del pie de un dios, Fuego todo radiante.

 

traducción: Hugo Müller

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