La balada de Salvación Bill

Fue en la borrosa mitad de una dura y húmeda noche ártica,

estaba tan solitario como un somorgujo, así si pueden

imaginen mis emociones de asombro y encanto cuando me encontré con aquel misionero.

Estaba tirado, perdido y muriéndose ante la mirada impúdica de la luna,

y congelado desde la punta de los pies a la punta de los dedos,

el lobo hambriento lo había rodeado, pero él no pareció temerle

cuando presionó su biblia congelada contra sus labios.

Era el límite de mi línea de trampas, con la cabaña a millas de distancia,

y cada paso era como una puñalada de dolor, pero lo cargué como un bebé,

y lo cuidé noche y día hasta que le devolví la salud y la fuerza.

Entonces allí estábamos, en la noche en la sombra del Polo,
y él hubiera probado un pequeño leopardo sin precio

si no se tuviese que preocupar por mi alma bendita,

y citarme su biblia junto al césped.
Ahora yo estaba allí, un tipo fornido, cuyo dios era la nicotina,

con un clavo de ataúd como accesorio en mi taza,
los hice rodar sobre las páginas de una revista de pulpa de madera

y los corté con mi navaja desde el lomo.
Porque oh, para saber la bendición y el brillo que significa el buen tabaco,

sólo lo dejé entre el hielo eterno…

Así juzguen mi horror cuando encontré que la pila de revistas

había sido mascada en una sopa de pescado por los ratones.

Pasó una semana lamentable y no tenía una sóla píldora,

yo que me fumaba mis cuarenta por día,

suspiré, juré, pisoteé el suelo, sentía que me volvería loco:

el promotor del evangelio me observaba con espanto.

Mi semblante estaba húmedo, mis dientes preparados, mis nervios raspaban de crudos,

y aún aquel predicador no podía comprender: así con desesperación luché allí,

cuando de pronto vi el volumen que sostenía en su mano.
Entonces algo chasqueó en mi cerebro, y con un maligno comienzo

el hombre-lobo en mí despertó a la rabiosa furia.

“Salvé tu vida mezquina” digo yo, “así muestra que tienes un corazón

y arráncame una hoja solitaria”.
El se encogió y se consumió ante mis palabras, su rostro se puso blanco estaño,

fue justo como si le hubiese dado un golpe: y entonces…

y entonces pareció hincharse y crecer a la altura del Cielo,
y en una voz que zumbó contestó: “¡No!”

Agarré mi rifle cargado y lo apunté a su pecho:

“Vamos, tú renacuajo, dame aquel Libro” digo yo.
Bien, señor, él era un párroco  pero se apiló con lo mejor,

y por su firmeza tengo que dárselo al muchacho.

“Si permito que desacralices esta palabra santa” dijo él, “mi alma sería eternamente maldecida”,

así que adelante, Bill, estoy preparado. Puedes llenarme de plomo y llevártelo pero tendrás que matarme primero”.

Ahora, yo no soy un loco asesino, aunque estoy lleno de modos de pecador,

y sabía justo allí que el tipo me había golpeado,

porque sentí un amarillo mestizo en la gloria de su mirada,

y arrojé mi tonta arma de fuego a sus pies,

entonces cansadamente me aparté y me dejé caer en mi litera,

y allí estoy y lloraba como un niño.

“Perdóname, leopardo” digo yo al fin “por actuar como un canalla

pero esconde el maldito rifle…” Lo que él hizo.
Y también ocultó su Biblia, que tal vez estaba igual de bien,

porque la visión de todo aquel papel me dio dolor,

y había momentos púrpuras cuando pensaba que iría al infierno
para tener un solo cigarrillo de nuevo.

Y así yacía día tras día, y me puse oscuro y profundo

hasta que una noche pensé que terminaría con todo,

Entonces con rudeza levante al predicador, donde estirado pretendía dormir,

con su mapa de horror girado hacia la pared.
Yo digo: “Mira aquí, mi pío compañero, lo he mantenido lo suficiente…

¡Mira!, mezclé algo de estricnina en una copa,

suficiente para matar a una docena de hombres, créeme que no es una mentira,

ahora obsérvame, porque me la tomaré.
Me has visto aporreado por la desesperación a través de días y noches amargos,

y ahora me verás retorcerme mientras muero.

No tienes que culparte, tu jugaste el juego de acuerdo a tus luces…

¿Pero cómo lo hubiese jugado Cristo? Bueno, adiós…”
Con eso levanté el trago mortal y lo llevé a mis labios,

pero él estaba sobre mí a salto de tigre,

y mientras nos trabamos, tambaleamos y nos mecimos con empuñaduras salvajes y perversas

el veneno de la copa cayó golpeando el suelo.

El gritó locamente: “No lo hagas, Bill. Quizás actué mal.
Mira, aquí está mi Biblia, úsala a tu voluntad pero prométeme,

leerás un poco cuando vayas… ¡Lo harás! Entonces tómala, hermano, fuma para tu contento”.

Y así lo hice. Fumé y fumé desde el Genésis a Job,

y mientras fumaba leía cada palabra bendita,

mientras en la sombra de su litera lo oía suspirar y sollozar, y entonces…

ocurrió la cosa más peculiar. Comencé a leer más y más y a fumar menos y menos,

hasta que cerca del día su corazón estaba roto.

Yo digo: “Aquí, tómala de nuevo, mi compañero. He tenido suficiente, creo.

Tu papel hace una fumada poderosamente podrida”.
Entonces de vez en cuando con ruego y súplica luchó por mi alma,

y yo estaba atormentado y devastado por arrepentimientos.

Pero Dios era bueno, ¡porque sí!, al día siguiente vino la patrulla de policía,
con papel para miles de cigarrillos…

Así ahora me llaman Salvación Bill, enseño la ley viviente,

y alboroto la Biblia con el mejor, y si un tipo no escucha, bueno,
lo golpeo en la mandíbula e imploro el evangelio sentado en su pecho.
 

traducción: Hugo Müller

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