La balada de cómo McPherson sostuvo el piso

Dijo el presidente McConnachie al tesorero McCall:

“Deberíamos tener un gaitero para nuestro próximo baile de San Andrés.

El saxofón chirriando a lo lejos me da los cólicos sincopados.

Estoy harto del jazz, quiero escuchar el sonido agudo de las gaitas”.
“¡Compañero!, es verdad” dijo Tam MacCall.

“Los jóvenes de hoy están locos por el foxtrot y no conocen un rollo de Strathspey.
Ahora, lo que queremos es un muchacho con falda escocesa, preparado con el rocío de la montaña,

para contonearse a la hora de la cena, y tocar una canción rítmica o dos.

En todo el norte hay sólo uno, de él los escuché hablar: su nombre es Jock MacPherson, y vive en Boulder Creek,
un minero de los viejos tiempos, de roca dura, y un chiflado salvaje y derrochador,

que pasa sus noches en la gloria, tocando tonadas tradicionales a la luna.

Lo buscaré sin dudas la noche de San Andrés, orgullosamente escucharemos las gaitas para animar y encantar nuestro apetito.
Oh, los muchachos estaban elegantes y las chicas tan dulces, agraciando el salón de San Andrés,

pero no había nadie tan pleno de diversión como el tesorero McCall.
Y mientras la banda de ragtime de Maloney golpeaba su hit más reciente,

sonrió y puso su sonrisa bajo su mano, y finalmente soltó una risotada: “Esperen un poco”.

Y así con varios con un bufido céltico, con malicia en sus ojos,

observó cabriolar a la alegre multitud hasta que se acercó el tiempo de la cena.

Entonces alegremente él pareció hurtarse y buscar el Nugget Bar,
donde estaba sentado un escocés, tan solo como una estrella,

un hombre grande y peludo de las tierras altas tan fuerte como un viento,

un vaso de whisky en su mano, el saco de su gaita sobre sus rodillas.

“Bebe tu trago, Jock” gritó el tesorero McCall, “el tiempo está maduro para levantarse y tocar,

te esperan en el salón.

Ciñe tus lomos y aprieta los dientes, y aquí hay una pinta de alcohol

para que te recuerde tu brezo natal, sólo ponlo en tu atuendo.

Toca y sigue tocando todas las piezas que eres capaz, nos avergonzarás si te detienes.

Recuerda que eres escocés de nacimiento, sigue tocando hasta que te caigas.

Sí, aunque una banda de maricas sople con fuerza e implore,

por la gloria de las tierras altas, muchacho, tienes que sostener el piso”.

Los bailarines estaban cenando, y las mesas gemían con animación cuando el presidente McConnachie exclamó: “¿Qué escucho? Creo que es como un cantante, y está viniendo del salón”.

“Es Jock MacPherson afinando” gritó el tesorero McCall.
Entonces se levantaron y saltaron con gritos de alegría, y divertidos se apuraron hacia el salón.

Ellos dijeron: “Jamás pensamos que íbamos a ver a un gaitero en el norte”.

Sí, todos los muchachos y muchachas alborotados zumbaron como abejas,

y vieron allí a Jock MacPherson, con sus rodillas rojas y arrugadas.

El dio cuatro pasos majestuosos sobre el piso, un hijo entrecano del Cielo,

con gloria en sus bigotes y whisky en sus ojos.

Con paso patinoso y orgullo escocés se elevó por encima de todos:

“¿Y no es él una hermosa visión?” dijo el tesorero McCall.
Mientras el presidente McConnachie estaba bien sordo de alegría,

y había jubilación en el Comité Escocés.

Pero los bailarines parecían indecisos, y dieron a conocer su duda

precipitándose de vuelta a comer tan rápido como se habían lanzado al salón.

Y algunos propusieron la pregunta entre el café y las tortas:

¿Camina el gaitero para huir de todo el ruido que hace?”
Luego fortalecidos con la comida fantástica lentamente comenzaron a salir,

y observar como patrones al gaitero del norte.

Orgulloso, orgulloso estaba Jock McPherson mientras hacía sonar agudamente sus gaitas,

y mientras ejecutaba su balanceo hacia remolinar sus faldas.

Y el presidente McConnachie estaba saltando como una mosca,

y había diversión y frenesí en el Comité Escocés.

“Sólo déjenlos tener sus saxofones con ráfaga constipada,

tenemos música celestial ahora” dijo el tesorero McCall.
Pero los bailarines se molestaban, y parecían impacientes por Maloney y el jazz de su cuarteto.

Aún unos pocos prestaban atención al gaitero mientras se balanceaba con su cabeza en alto,

lamentando con McCrimmon en las colinas con brezos del Cielo.

Con pasión de la tierra alta en su corazón sostuvo el centro del piso,

sí, Jock McPherson tocó como nunca había tocado antes.
Los melodistas irlandeses de Maloney estaban sentados en su lugar,

y mientras Maloney esperaba había asombro en su rostro.

Seguro era la música encantadora, ¡Dios!, ¿no podía ser grandioso si pudiera conseguir a McPherson como miembro de su banda?
Pero los bailarines estaban abatidos y murmuraban mientras se sentaban alrededor del salón:

“Pagamos para bailar” refunfuñaron, “pero no podemos bailar aquello.

Por supuesto no estamos negando que es un material realmente espléndido,

pero es poderosamente satisfactorio, ¿no creen que hemos tenido suficiente?”
“Han planteado un bonito problema” contestó el tesorero McCall,
“porque en la noche de San Andrés, ustedes saben que es el gaitero quien dirige el Baile”.

El presidente McConnachie dijo: “Has dicho una cosa solemne.

La tradición lo mantiene sagrado, y él debe tener su aventura.

Pero pronto, sin duda, se cansará. Tengan paciencia, aguarden un poco”.

“Está bien. Respeten al gaitero” dijo el Comité Escocés.
Y así McPherson anduvo con paso majestuoso sobre el suelo, y los momentos volaron rápido hasta que pasó media hora, mientras la irritación crecía y crecía.

Entonces los bailarines sostuvieron un consejo y con rostros ferozmente compuestos

convocaron a Maloney encabezando su cuarteto:

“Ya esperamos suficiente. Vamos, Mike, toca el Blues”.

Y Maloney hesitó pero no se atrevió a rehusar.

Así banjo, piano, guitarra y saxofón contendieron con el chillido del cantor y del zángano,

y los oídos de las mujeres estaban sordos, tan infernal era el estrépito,

pero McPherson estaba concentrado porque sabía que ganaría.

Entonces dos brillantes muchachos del jazz lo rodearon, y buscaron hacerse los payasos,

pero McPherson saltaba hacia los costados y los Sassenachs caían.
Y como si fuera una señal, con un rugido enojado y salvaje las puertas de la ira se hendieron,

aún McPherson sostenía el piso.
Sí, en medio del tumulto que se levantaba, todavía caminaba con la cabeza en alto,

con cintas alegremente transmitidas, todavía con batalla en sus ojos.

En medio de la tormenta que había reunido aún tallaba su orgullo de las tierras altas,

mientras el presidente y el tesorero se levantaban valientemente a su lado.

Y con ira e indignación eso era glorioso de ver, alrededor de él reunido el cuerpo del Comité Escocés.

Sus dientes apretados con furia, sus ojos encendidos de cólera:

“Vamos a matar al gaitero” era el slogan que levantaban.

Entonces empezaron los golpes, y hombres caían, en medio de la refriega que se alzaba

McPherson se elevaba triunfante, y nunca dejó de tocar.
¡Compañeros!, sus fieles seguidores sólo eran unos pocos galantes,

y enfrentaban la derrota aunque lucharon con toda la habilidad que conocían.

Porque el presidente McConnachie fue visto deslizarse y caer,

y sobre su cuerpo postrado se tambaleó el tesorero McCall.
Y mientras sus enemigos rugían con triunfo y los rodearon,

parecía que había quedado poco de la banda que pronto iba a tocar.

Porque los ojos estaban negros y las narices rojas, aún en aquel campo sangriento,

tan decidido como una roca de las tierras altas McPherson sostenía el piso.
Maloney observó la batalla, y sus cejas estaban tristes,

mientras con él jadeaba y descansaba su cuarteto.

Para los irlandeses seguro era un martirio maligno, que rompía el corazón,

observar una pelea y no tomar parte de ella.

Entonces de pronto él se remontó en alto, ajustó su cinturón y rugió:

“¿Los veremos aplastar a un hermano y a un celta?
Un compañero artista necesita nuestra ayuda. Vamos, muchachos, dénle una mano”.

Entonces se precipitaron a la gresca Maloney y su banda.
Ahora, aunque era el Baile de San Andrés, había hombres de cada raza,

que saludan ante el grandioso dios Jazz y se reunieron en aquel lugar.

Sí, había aquellos que gruñían: “¡Sí, sí!”, y aquellos que chillaban: “¡Nosotros, nosotros!”
Como alemanes, suecos, fineses, polacos, españoles y portugueses.

Aún como grano maduro ante el vendaval de aquella mescolanza nacional,

caían ante la furia de los irlandeses y escoceses.

Sí, aunque cerraban sus filas abiertas y se lanzaban a la refriega

a los Shamrock y los Thistle fue la gloria del día.

Deberían haber visto la carnicería en la babeante luz del amanecer,

aún en medio de la escena de asesinato estaba tocando Jock McPherson.
aún todos yacían debajo de él, aún su cabeza se mantenía en alto,

y tocaba como si estuviera parado frente a los peñascos del Cielo.

Su rostro estaba rígido como el granito, y no pedía ningún favor,

aunque sus poderosos pulmones estuvieran exhaustos y vacía su botella.

Y cuando un enemigo caído gimió: “¡Vamos!, ¿cuándo terminarás?”

McPherson sonrió y respondió: “¡Fuerza! Ella sólo comenzó por la mitad”.

Sí, aunque sus manos estaban sangrantes y sus rodillas salpicadas,

orgullo de las tierras altas, McPherson sostenía el piso.
Y todavía en los valles de Yukón donde los silenciosos picos miran hacia abajo,

cuentan cómo el gaitero fue invitado a la ciudad,

y fue en su gloria escocesa y tocó la gaita delante de todos,

y no pudo detener su concierto hasta que hizo estallar el Baile.
Ellos hablan de aquella homérica pelea, y cómo se desenvolvió la batalla,

con arranques y repliegues hasta que rompió el amanecer.

Y cómo el gaitero se elevó como una roca en medio de la refriega,

y la batalla surgió por él, pero él nunca dejó de tocar.
Sí, junto a las fogatas solitarias, aún ellos cuentan la historia,

cómo los Sassenach fueron vencidos y McPherson sostuvo el piso.

 

traducción: Hugo Müller

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