El soldado de fortuna

‘¡Niega a tu Dios!’ –me rodearon con sus lanzas,

ellos estaban enloquecidos de sangre y apestados de la lucha,

su odio caliente como el infierno, y sus burlas colmadas de veneno,

y un hombre me escupió y mostró un cuchillo.

Y ahí estaba yo, herido, solo y dolorido, yo, el último viviente de la banda masacrada.

¡Oh, cielo siniestro y frío como una piedra!
En una risa roja de horror se tambaleaba la tierra.

Y aturdido y desesperado me enfrenté a sus lanzas,

y como una llama saltó aquel cuchillo desnudo,

y como una serpiente aguijoneaban aquellos amargos escarnios:

‘Niega a tu Dios, y te daremos tu vida’.
¡Negar a mi Dios!, ¡oh, la vida era muy dulce!
Y es dura en la juventud y espero morir,

y allí yacían mis camaradas a mis pies,

y en aquel derrame de sangre pronto yacería yo.

Y aún… casi me reí, pareció tan extraño,

por mucho tiempo no había intentado en vano razonar y darle cuerpo a mi Dios,

y recé por luz, y dudé y negué: negado el Ser que no podía concebir,

negada una vida más allá de la tumba…

Y ahora me preguntan quienes no creen que sólo niegue, darle voz a mi duda,

salvar mi vida que canta así en el sol,

la flor de la juventud todavía roja en mi mejilla, ¡mi única vida!,

¡oh, tontos!, está fácilmente hecha, negaré… y aún no había hablado.
‘¡Niega a tu Dios!’ brillaban todas sus lanzas,

y puedo ver sus ojos sedientos de sangre,

sus voces gruñidoras se estremecen en un grito,

y locos por asesinar, tiemblan por la señal.

¡Negar mi Dios! Sí, podría hacerlo bien, pero aunque lo hiciera

¿qué de mi raza, mi nombre? ¡Cómo me escupirían aquellos perros del infierno!
Me despreciarían y pondrían sobre mí el estigma de la vergüenza.

¡El honor de un hombre blanco! Digo, ¿qué de eso?
¿Podrán estos viles negros gritarme ‘cobarde’ en mi rostro?
Ellos, que perecerían por sus dioses de arcilla,

¿debía profanar a mi país y mi raza?
¡Mi país! ¿Qué es mi país para mí ahora?
Soldado de Fortuna, libre y lejos vago,

todos los hombres son hermanos en mi corazón, lo juro,

el ancho y maravilloso mundo es todo mi hogar.

¡Mi país! Reverente de su espléndida Muerte,

sus héroes orgullosos, sus mártires atravesados con dolor:

para mí su pujante sangre fue derramada vanamente,

para mí sus tambores de batalla laten en vano,

y libre voy, medio desatento a su destino: sin fe, no tengo bandera,

entonces, ¿por qué no buscar la última escapatoria de vida?,

¿por qué hesitar? Lo negaré… y todavía no había hablado.
‘¡Niega a tu Dios!’ sus lanzas enarboladas en alto,

y tensos y terribles esperan la palabra,

y oscuro y más oscuro se ensombrece el espantoso cielo,

y en aquel silencio de horror ninguna cosa se agitaba.

Entonces a través del terror y el odio absoluto que me circundaba

saltó una visión hacia mí, ¡oh, qué lejos!
Un rostro, el rostro de ella… a través de todo mi tormentoso destino

una alegría, una fuerza, una gloria y una estrella.

Bajo los pinos, donde brillan las hogueras solitarias,

en mares abandonados, en medio de tristes desiertos,

¡cómo me contentaba aquel rostro de ensueño!
Y jamás, jamás me había parecido tan querido.

¡Oh, cabello de seda que vela el semblante soleado!

¡Oh, ojos grises tan tiernos y leales!

¡Oh, labios de dulzura sonriente!

¿Debo ahora irme por siempre de tí?
Ah, sí, debo… porque si hago esta cosa,

¿cómo podré volver a ver tu rostro nuevamente?
Sabiendo que me creías más que la mitad de un rey,

con mi corazón anhelante asesinaré mi honor.

¡No, no! Mi mente está decidida.

Miré hacia arriba, al cielo insensato como una piedra,

no por mi credo ni mi país, pero por mi Amor me pararé y encontraré solo mi muerte.

Entonces aunque sea me hundiré en la absoluta oscuridad,

el Dios que vive en mi no ha sido negado, lo ‘mejor’ triunfa sobre la ‘Bestia’,

y así pienso que la humanidad es glorificada…
‘Y ahora, mis carniceros, abrazo mi destino.

¡Vengan! Dejen que la sangre de mi corazón apagué el suelo sediento.

¡Maldita sea la vida que ofrecen!, ¡sacíen su odio!

¡Golpeen, golpeen, ustedes, perros! No negaré a mi Dios’.

Vi las lanzas que parecían saltar para asesinar,

todas se sacudieron hacia la tierra ante la señal del cabecilla,

y en el aturdimiento de un sueño lo escuché decir:

‘¡Vayan, dejen libre a quien sirve tan bien a su Dios!’

 

traducción: Hugo Müller

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