Mientras se hornea el pan

Enciende tu pipa nuevamente, viejo amigo, y siéntate conmigo,

tengo que ver el pan mientras se hornea, ¡qué reposado es el aire!

Pensarán que estábamos en algún lugar al norte de 63, aunque exactamente no sé dónde,

y precisamente no me importa.

Por todos lados nos rodea una empalizada con montañas del tamaño de un hombre,
el río está rebosando de pescado y ondulaciones plateadas,

el brillo del sol de la medianoche rebosa el abismo,

pensamos que es la División, llegaremos allí en un mes, tal vez, o quizás en un año.
No importa, ¿o sí, compañero? Somos de aquella raza de hombres

con quienes el mundo del vino, las cartas y las mujeres discrepan,

tu problema fue un juego sin techo de poker de vez en cuando,

y “levantando mi codo”, eso es lo que se me escapó.

Somos meramente “indeseables”, más o menos artísticos,

mis manos calientes son como las de Chopin, citas bien a tu Browning,

y aún estamos vagando por oro en este condenado páramo:

la broma es, si lo encontramos, ambos iremos directo al infierno.

Bueno, tal vez no lo encontraremos, y al menos tenemos la “vida”.
Somos ambos tan marrones como bayas, y podríamos luchar con un oso

(ese pan se está elevando bonito, compañero, sólo golpéalo con tu cuchillo).

Allí afuera nos reconocerían como bellos especímenes de humanidad.

Es el rastro, la carga y el empuje al sol, es dormir al descampado,

es la comida tosca, cruda, es el esquí y los remos, y la fogata y la escopeta,

y cuendo pienso en lo que era sé que es bueno.

Sólo piensa en cómo empujamos todo el día por esta extraña pequeña corriente,

desde que la vida comenzó ningún ojo humano ha visto antes este lugar,
¡Qué imponentes son todas las cosas salvajes!

Las orillas con brillo de hierba de ganso, y hay una rata almizclera bronceada hurgando a su puerta.

La mamá pato con su cría de diez viene agachada, perdices marrones de alas blancas vuelan alrededor,
y en aquel estanque dorado, tumultuoso, una brillante y activa multitud,

las truchas están esperando hasta que condescendamos a llevarlas.
¡Ah, sí, es bueno! Apuesto a que no hay doctor como la Naturaleza:

(sólo da vuelta el pan de allí, se está tostando hermoso.)

Debería estar en mi tumba ahora, olvidado y vilipendiado,

o pudriéndome como un vil puerco en algún pueblo lejano, en el extranjero.

Debería ser aquella cosa vil que era, todo parece como un sueño,

una vez le tuve resentimiento a un hombre que sólo la vida podría pagar,

y aún está medio olvidado ahora, ¡qué mezquinas parecen estas cosas!
(Pero aquella es “otra historia”, compañero, te la contaré algún día.)

¡Qué extraño que dos irresponsables estemos charlando aquí!

Pero alrededor del círculo ártico los amigos son escasos y muy alejados.

Compartimos la misma fogata y tienda por cerca de siete años,

y nunca tuvimos una palabra que no fuera animosa y serena.

Dividíamos el trabajo, repartíamos el botín y nos ayudábamos a transportar las cargas,

para toda la masonería libre de lo Salvaje éramos hermanos, auténticos y esforzados,

nos arrastramos en el peligro codo a codo, y luchamos espalda contra espalda,

y tú hubieses muerto por mí, viejo compañero, y yo hubiese muerto por ti.
Ahora estaba el tiempo en que me perdí en la tierra de Rory Bory

(¡qué rápido embestían los vendavales sobre uno a través de aquel mar polar!)
Tú conformaste una multitud de rescate de Uno, y yo vi una mano congelada

que se atascaba en una corriente de nieve, y compañero, era yo.

Pero yo aquel día tenía parejo, ¿o no, el remo que se quebró?
Mientras el agua sobre la mina de cobre, una roca, una canoa rajada,

dos compañeros luchando en la espuma (uno no podría nadar una carrera):

Arrastré a un hombre medio sumergido a la orilla… y compañero, eras tú.

* * * * *
En la tierra de Rory Borealis el invierno es largo y negro.

El silencio parece una cosa sólida, disparada a través del dolor lobuno,

y remando junto a las ansiosas estrellas que parecían saltar de la bóveda de los cielos,
y el hombre parece apenas un pequeño ácaro en aquel altiplano raramente iluminado.

Ninguna otra cosa para hacer salvo fumar y contar historias de vidas salvajes y desperdiciadas,

nos sentábamos junto a la fogata del campamento, las historias que me contaste de amor y odio,

y oportunidad y destinos, ¡y esposas temporales!
en la tierra de Rory Borealis, junto al mar Artico.
Aún recuerdo un historia que me contaste en aquellos días,

parecía como si la hubiese visto, tan claramente la representaste,
Bellona era el nombre, creo, un pueblo de la costa en Brasil,

donde nadie hace otra cosa que pecar y cantar serenatas.
Lo vi todo, el mar enjoyado, la guadaña dorada de arena,

los pilares firmes de las palmeras, el bambú plumoso,

las casas de techo rojo y la tierra morena, dominada por el sol,

la gente por siempre niños, y los cielos siempre azules.
Me contaste de aquella chica tuya, aquel pimpollo de la vieja España,

toda glamourosa, graciosa y bruja, toda pasión, brillo y empuje.

¡Qué enloquecedora debió ser ella! Me hiciste verla plenamente,

allí junto a nuestra fogata, en el silencio y la nieve.

Tú la amaste y ella te amó. Ella tenía un esposo también, creo,

un doctor, me dijiste, que la trababa como a una perra,

un hombre blanco viviendo en la playa, un esclavo de la bebida sin esperanza

(sólo da vuelta aquel pan de allí, el que se levanta contra el leño.)

Esta historia parecía golpearme, compañero, ocurre cada día:

tenías que irte por un rato, luego de algún modo sucedió,

el doctor los descubrió, la abandonó y desapareció,

tú volviste, cansado de ella a tiempo… no hay nada más que contar.

¡Escucha, mira aquellos sauces plateados donde se encuentran el río y el pantano!
Sólo alcánzame rápido mi rifle, ese es el señor alce, lo sé,

lo tengo muerto a la derecha… ¡pero infierno! Tenemos un montón para comer,

no creo en tomar vida, dejaremos que el pobre se vaya.
¡Bueno! Estoy cansado, el pan está cocinado, es hora de que ambos nos demos vuelta.
La niebla matutina es besada por el coral, el cielo matutino es dorado.

La fogata es un confesionario, ¡que historias divertidas hicimos girar!
Me hicieron pensar un poco, aquella historia que contaste.

La hoja de higo cae y Rory Bory tiene extremos tan extraños,

igual después de todo cuán pequeño parece este viejo mundo…

Sí, esa fue una buena historia, viejo compañero, y aún a mí me parece

que has perdido el punto: el punto es que el “doctor”… era Yo…

 

traducción: Hugo Müller

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